jueves, 22 de febrero de 2018

"Beso de amigo" de Juan Madrid y "Tatuaje" de Vázquez Montalbán


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Diversas ocupaciones me han hecho descuidar el blog. Quizá por ese motivo se han escapado un puñado de mis escasos seguidores, qué se va a hacer. Cosas de la blogosfera. En cualquier caso, sigo con el tríptico en torno a los pioneros del género negro en España. Si antes fue García Pavón ahora le llega el turno a Manuel Vázquez Montalbán y Juan Madrid.

En ambos casos sobran las presentaciones. Vázquez Montalbán fue una especie de torbellino hiperactivo, escribió y opinó sobre casi todo. Ha sido traducido (según El País) a más de 24 idiomas, Islandia, Noruega y demás países nórdicos incluidos (¿plantó Carvalho el huevo de la narrativa negra de aquellas latitudes?) y voy a pegar una breve descripción de Enric González en El Mundo, que le va como anillo al dedo.
Hablamos de un tipo enfermizamente tímido y de un tipo formidablemente ingenioso y divertido. Hablamos de un tipo que revolucionó la literatura negra, la literatura deportiva, la literatura política, la literatura gastronómica, la literatura a secas y la columna periodística.
Tatuaje fue la primera novela de la serie que protagonizó este detective singular, Pepe Carvalho. Antes hizo una incursión en Yo maté a Kennedy, pero aquí es donde se comienza a dar forma definitiva al personaje. Estamos en 1974, Franco tiene los días contados y España está a punto de sacudirse la caspa autoritaria. La novela, sin embargo, surge en principio de una cena etílica. Después de vaciar varias botellas de vino, Vázquez Montalbán se apostó con unos amigos que era capaz escribir lo que luego fue Tatuaje en tres semanas. 

La historia comienza con un muerto, faltaría más. Un joven con la cara desfigurada aparece flotando en la playa con un tatuaje que dice “he nacido para revolucionar el infierno”. El señor Ramón, capo de barrio descasado, le encarga a Carvalho averiguar la identidad del fallecido. Mientras tanto, una redada policial nunca vista pone patas arriba el Barrio Chino, ¿existirá alguna relación con el muerto? Sus pesquisas le llevarán a Ámsterdam y de nuevo a Barcelona.

Vázquez Montalbán va modelando lo que será su personaje fetiche. Un sociópata que se define a sí mismo como “ex-marxista, ex-policía y gourmet”. Precisamente este delirio por lo gastronómico y el contraste entre su refinamiento y comportamiento brutal en ciertas ocasiones es lo fascinante de Carvalho. Es un personaje ambivalente, curioso, rudo, desquiciante. No estoy muy familiarizado con el género negro, pero creo que Vázquez Montalbán agrega matices al arquetipo clásico y le aporta un barniz interesante. No me extraña que Enric González en su artículo aluda a esa metamorfosis autor-personaje.

Aparte de Carvalho en sí, cuya sola presencia aporta interés a Tatuaje, hay otras cuestiones de fondo. Las alusiones literarias, por ejemplo. Nuestro detective tiene la sana costumbre de prender su chimenea quemando un libro. Y no uno cualquiera, se trata de España como problema de Laín Entralgo y nada menos que El Quijote, ante el que siente algo de remordimientos por las bonitas ilustraciones del ejemplar en cuestión. ¿Es una puya de Vázquez Montalbán a la España eterna, un rechazo marxista hacia la alta cultura o un simple gesto provocador? En el propio Quijote las sobrinas de Alonso Quijano encienden una pira con las novelas que habían trastocado la mente del hidalgo y el impulso pirómano de Carvalho es casi de mitómano si lo miramos bajo esta luz.

Reciente adaptación de "Tatuaje" al cómic por Migoya y Seguín (fuente: https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20171106/carvalho-comic-tatuaje-migoya-segui-6375709)

El retrato de la sociedad tardofranquista es patente, aunque deformado al nivel de caricatura. La clase alta es tratada con un desdén absoluto, especialmente Teresa Marsé, guiño total a Últimas tardes con Teresa. La hidalguía y orgullo hispánico es despachado como un rasgo hipócrita y rancio, deleznable. Vázquez Montalbán solo parece apiadarse de los emigrantes españoles, “productores” según el eufemismo franquista que a pesar de las penurias no dejan de amar a su país. Hay una escena especialmente patética y tierna en este sentido, que no desvelo.

La principal debilidad de Tatuaje es la abrupta resolución de la historia. Además, Vázquez Montalbán deja varios cabos sueltos y un bouquet final de novela mal rematada. Esta al menos fue la impresión de la mayoría de los lectores. 

Toni Romano, el detective pergeñado por Juan Madrid es de otra pasta. Mientras Carvalho teoriza sobre la superioridad del pan con tomate respecto a la pizza o las miserias del menú del día patrio, a Toni Romano —bautizado como Antonio Carpintero, conserva su apodo de boxeador en homenaje a Rocky Marciano—le basta un bocadillo de queso y un paquete de cigarrillos. 

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La novela se titula Beso de amigo, la primera de una serie de ocho entregas. Juan Madrid también es conocido por sus guiones para televisión y su novela Días contados fue llevada al cine por Imanol Uribe. Película que por cierto es icónica de una época. En traducciones le va la zaga a Vázquez Montalbán, dieciséis según la Wikipedia.

En esencia, se trata de una adaptación patria bastante digna de la novela negra americana. Su protagonista es rudo, desarraigado, sin ambivalencias. No hay refinamiento alguno, salvo en su “pico de oro”. También tiene su colección de ex: ex­-policía, ex-boxeador. Y punto. Es firme, resuelto, habla con frases lapidarias (se podría sacar un buen ramillete de ellas), casi siempre con sarcasmo y parece, solo parece, poco dado a los sentimentalismos.
Nos cuenta la historia en primera persona, a lo Jim Thompson. Todo comienza con una rubia imponente (con sorpresa final) que encarga a Romano la localización de su marido, el cual tiene en su poder ciertos documentos comprometedores para cierto preboste. La cuestión de fondo es una trama inmobiliaria donde están implicados politicastros, hombres de negocios que aprovechan los nuevos vientos democráticos para llenar la buchaca y grupos de extrema derecha. Un contexto verídico que encuentra la inspiración en los tiempos de Juan Madrid como periodista de investigación. De hecho, el escritor afirma que las novelas le permitían contar todo lo que los periódicos, por presiones de diverso tipo, se negaban o no se atrevían a publicar.

Trama de corruptelas aparte, Beso de amigo tiene un interés notable. Se lee de un sorbo, es adictivo y entretiene. Se pueden poner peros, claro que sí, la trama principal se diluye, cae en la indefinición y el final es peliculero, deudor del cine macarrero, reactualizado por Tarantino. Pero es que quizá lo verdaderamente importante no es el tema en sí, sino el retrato de una época en transición. Una época en la que la homosexualidad y el travestismo estaban proscritos y se movían en la marginalidad. En la que los delincuentes de guante blanco, bien relacionados con las altas esferas, desplazaban a los chulos y extorsionadores de toda la vida. Un barrio, Malasaña antes de la "movida", sobre el que Juan Madrid toma una instantánea imperecedera. Un mundo que ve sus principios degradados, se olvida la lealtad, el honor, la amistad, todo en aras del dinero fácil. En este sentido, Toni Romano es un caballero de los de capa y espada, con principios, leal con los suyos. Méritos más que sobrados para darle una vuelta y pasar un buen rato de lectura noir.

La semana que viene, esta panorámica dará un salto de cuarenta años y se plantará en la época actual, con la conferencia de un autor que se fogueó con la etiqueta de “novela negra”, aunque Carlos Zanón se mueve en otras y variadas latitudes. Pero eso lo dejamos para el 1 de marzo, Dios mediante. 

viernes, 19 de enero de 2018

"El reinado de Witiza" de Francisco García Pavón


El reinado de Witiza (1968) es la primera novela larga protagonizada por Manuel González, alias Plinio, jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso. El personaje, sin embargo, tenía cierto recorrido en la obra de García Pavón y había protagonizado algunos relatos, el primero en 1953 y luego con continuidad desde 1965 hasta 1985. La serie, en total, constó de ocho novelas, tres novelas cortas y un conjunto de cuentos recopilados por Rey Lear en 2014. Le cabe el honor de inaugurar la literatura policiaca hispana. Aunque hubo una protohistoria del género, en las novelas de esta temática que publicaba con periodicidad semanal la editorial Bruguera y cuyos autores utilizaban seudónimos anglosajones, estas no hacían sino serializar los tópicos del género negro, sin barniz ni agregado local de relevancia y al decir de los entendidos, con escasa calidad estilística. De ello se queja el propio García Pavón, en el prólogo a los primeros cuentos de Plinio, cuando dice:
En España nunca creció de manera vigorosa y diferenciada la novela policíaca y de aventuras. Lectores hay a miles. Transcriptores, simuladores y traductores de las novelas policíacas de otras geografías, a cientos. Nuestra literatura de cordel y crónica negra cuenta desastres y escatologías para todos los gustos y medidas; sin embargo, al escritor español, tan radical en sus gustos y disgustos, nunca le tentó este género que, tratado con arte e intención, podía haber alumbrado muchas parcelas de nuestra vida y distraído a infinitos lectores. 
Yo siempre tuve la vaga idea de escribir novelas policíacas muy españolas y con el mayor talento literario que Dios se permitiera prestarme. Novelas con la suficiente suspensión para el lector superficial que sólo quiere excitar sus nervios y la necesaria altura para que al lector sensible no se le cayeran de las manos.
Vamos, que a García Pavón le tentaba el género, pero era consciente de que debía hilar fino para lograr ese equilibrio tan preciado que es un poco la piedra filosofal de todo escritor con pretensiones: el de una trama que enganche y una prosa con enjundia. En El reinado de Witiza, en palabras de Kiko Amat, hay “una trama adictiva, intrigante, sin más sordidez que la necesaria” y añadiría que de cierta complejidad. Hay giros inesperados, callejones sin salida, todo lo que se pide al género policiaco. Adobado con un lenguaje rico y sutil, cervantino en su impronta (el propio Plinio es definido como “la flor de la detectivesca”), con diálogos inteligentes, llenos de matices. García Pavón tiene siempre un as en la manga, una palabra que colarnos y lo hace con una habilidad sobrenatural. Uno no puede sino reflexionar sobre lo rico y hermoso —y añejo, porque es una forma de hablar y de escribir en desuso— que suena el castellano cuando lo rellenas como un pavo y en comparación, mucha literatura no parece sino inglés traducido.


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Antonio Casal (Plinio), liando un pito. Fotograma de la serie. 
Por ejemplo, se puede pensar o “darle vueltas al molino”, tener orígenes humildes o ser “carne de cepa”. Uno no permanece sentado en silencio fumando, “sino acluecado, perdido en sus humos” y Plinio, que es de carácter tranquilo, flemático se podría decir, es descrito como alguien que “en cuanto a ideas y criterios solía tener su alma en almario y no se dejaba arrastrar por esos ventisqueros de cabeza” y que, al resolver casos difíciles, “ha sacado ascuas muy grandes del fogón criminal”. Un léxico con un fuerte localismo, porque Plinio es Tomelloso y La Mancha por extensión, sus usos y costumbres. No se puede imaginar al jefe de la GMT fuera de su contexto, aunque haga incursiones a Madrid en otras novelas y aquí se mencione a su vez. Pero es un Madrid, por decirlo de algún modo, mancheguizado. Como señala David G. Panadero: “da la impresión que el escenario es el personaje más importante”.

Plinio es un detective cerebral, pero también un hombre de familia apegado a sus costumbres y un genial contrapunto al tradicional antihéroe de la novela negra. Aunque hace gala de una moral intachable, no es alguien por encima del bien y del mal. Al contrario, es comprensivo con las debilidades del prójimo, precisamente porque conoce de buen grado a sus semejantes y en ello, junto a sus famosas intuiciones o pálpitos, basa la resolución de sus casos. A Plinio se le toma aprecio por su combinación de humanismo y humanidad. No es un ángel exterminador, no es el sumo sacerdote de la virtud y por ello creo que su lectura es necesaria. El rapto de las Sabinas y Las hermanas coloradas, acabaron de redondear un híbrido, dicen, entre el Maigret de Simenon y el Montalbano de Camilleri, que cuenta con la ayuda de otro híbrido, esta vez de Watson y Sancho Panza, que es médico, pero de mulas: don Lotario, trocado el rucio por un Seat 600.

Pero vamos con la novela. Tras unos primeros compases donde se describe con maestría una tarde de junio, en la que “el cielo estaba de un gris gordo y obsesionante que aplastaba las casas y la torre, se metía por puertas y ventanas, amainaba pájaros y gritos, empozaba el pueblo” el engranaje de la novela echa a rodar con la aparición del nicho tapiado que Antonio el Faraón, corredor de vinos, tenía comprao y disponible en el cementerio. La sorpresa viene cuando al picar el tabiquillo del nicho, descubren dentro un cajón con el cadáver embalsamado de un desconocido. Para lograr su identificación, Plinio pedirá al fotógrafo del pueblo unos retratos y su difusión en la prensa. Esto y unos pregones para que el pueblo se acerque por si el muerto les resulta conocido, provocará toda una cascada de situaciones a cada cuál más berlanguiana.

García Pavón, como si hiciera pleita de esparto, irá entrelazando estampas costumbristas y pesquisas policiacas, haciendo desfilar una galería de personajes de esperpento. En las aventuras de Plinio hay menos ternura de la que uno puede encontrar en sus Cuentos Republicanos o Los liberales, porque se impone la sátira, picante, por ejemplo, en las tres aristócratas que acuden a reclamar el cadáver, su doble moral y las servidumbres de la autoridad civil y eclesiástica con las gentes de orden. En la mezquindad del prójimo cuando se trata de reconocer los méritos del vecino, “ante el hombre vivo que destaca el Juan particular se siente molesto. Cuando muere aquel, el Juan particular presume de paisanaje”. También un humor tirando a negro, cuando la popularidad del muerto crece tanto entre la gente del pueblo que un emprendedor rural decide hacer máscaras y venderlas en el mercado. Por allí merodea el tabloide de la época, El Caso, dejando claro el gusto ibérico por el morbo y lo grotesco.

       
La serie de Plino está en Youtube, por si queréis echarle un vistazo. Aunque la caracterización está bien lograda, falta todo el humor y gracejo de la novela. 

Y a salto de mata, se cuela una filosofía popular añeja, que quizá con los años ha enranciado, sobre todo cuando trata el tema femenino.  No quiero decir que cambiase nada de Plinio, ni un ápice. Cada uno es hijo de su tiempo y hay que ver las cosas en su contexto, no nos pase como a los del Teatro del Maggio de Florencia que cambiaron el final de Carmen por "machista". Imagino que dentro de treinta años habrá quien se eche las manos a la cabeza con ciertos comportamientos actuales que la mayoría encaja dentro de la normalidad. En cualquier caso, sirvan estos dos ejemplos puestos en boca del filósofo Braulio:
Cuando ciertos padres se ponen tan prósperos con sus hijos, y les dicen que bastante favor les han hecho con traerlos al mundo, me da una rabia… La faena, coño, ha sido traerlos a las galeras y tormentos que acopia la vida del más pintado… Como inocentes engañados debían tratarlos, y arrepentirse de haberlos metido en este berenjenal… Por eso, sin saber muy bien lo que me hacía, un servidor no se casó. Ni tuvo hijos en lo ajeno. Y ahora con mi conciencia tranquila de no haber embarcao a nadie en esta cardenchera… 
Lo que os digo. Las mujeres tenían que vivir solas en un barrio. De la plaza pa’l norte. Allí que chillaran, se pusieran verdes, dieran de mamar a los hijos y se lavaran las vergüenzas. Y los hombres, de la Plaza pa’l sur. Tranquilos, en sus negocios, su vino, sus pitos y su parla. Íbamos a vivir como Dios… A la hora de la fornicativa, el campanero tocaba la campana mayor y cada uno pasaba al norte a echar su mandao. Y después al barrio sur. No hay más cáscaras. Veríais qué paz.
Uno de los momentos más entrañables de las aventuras de Plinio son esas pausas de zen manchego, donde los hombres se esparcen, lían un cigarrillo y degustan un vino de tinaja, dejando su lugar al silencio.
Era tan bueno el fresco de la cueva, tan tragadero el blanco y aromático y viril el tabaco del señor veterinario, que los tres hombres tardaron mucho en romper a hablar. Allí permanecían acluecados, perdidos en sus humos, sus tragos y sus imaginativas.
El resultado, despachado de forma algo desdeñosa por otro de los fundadores de la novela negra en España, Vázquez Montalbán con “un mero estudio de costumbres en un pueblo de la Mancha”, tiene sin embargo un relumbre cervantino, un ritmo y un uso del diálogo que te lleva en volandas. García Pavón quiebra la indiferencia del lector página tras página, bien con una carcajada, bien con un gesto de intriga. Así que picando un poco es evidente que hay algo más que costumbrismo y si Vázquez Montalbán no lo quiso admitir, con poco que leyera lo tuvo que ver.


Algunos participantes del grupo de lectura, entre los que se encuentra un servidor. 
El personaje de Plinio alcanzó altas cotas de popularidad y se rodó una serie televisión en los años 70, aunque con el tiempo Pavón ha caído en el olvido. Acusado de conservador en lo político y costumbrista en lo literario, su éxito durante el tardofranquismo le pasó la minuta o quizá la historia de la literatura es así de caprichosa, pero sonroja comparar su prosa con escritores de su época y un poco posteriores que siguen en los altares. Hay quien puede ver el olvido de Plinio, frente a sus homónimos urbanitas como un capítulo más del tradicional ninguneo de la ciudad y la periferia al mundo rural de interior, que se percibe como simple, brutal y en decadencia. Ambientando sus novelas en Tomelloso, haciendo a su detective beber cazalla, lavarse con agua del pozo, desayunar café con churros y tener como lugarteniente a un veterinario de mulas, García Pavón hizo algo único, pero se ganó el menosprecio de los que consideran el campo un peldaño más abajo en la evolución o como mucho un vacío pintoresco para pasar los días de puente (dicho esto sin acritud). Sobre el tema os dejo este enlace.

Sin embargo, aquí en su pueblo García Pavón sigue vivo. Eso no significa que medio Tomelloso esté aferrado a un libro (ni siquiera un cuarto), pero sí que las andanzas del jefe de la GMT y don Lotario son apreciadas y conocidas. Además, entre los que matamos parte de nuestro tiempo escribiendo, García Pavón es un referente ineludible y una influencia de primer orden. En 2019 se cumplirán cien años de su nacimiento, toda su obra mayor ha sido reeditada por Rey Lear y una editora local, Ediciones Soubriet, así que no hay excusas.

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Para acabar, todo el que se acerque a la obra del manchego y se sienta intrigado (o se llegue a calentar la cabeza) con su léxico tan particular, puede consultar el diccionario donde su hija, la también escritora Sonia García Soubriet, recopiló los vocablos y expresiones más peculiares de su narrativa, legado de la imaginación y capacidad del propio Pavón con no pocos neologismos y de un castellano castizo, de raíz manchego-tomellosera. Hay que ponerse en situación y pensar en el pobre traductor al que le tocó verter al sueco o al polaco (las novelas de Plinio han sido traducias a siete idiomas) palabras como “asura”, “cansinear”, “rompetoscas”, “almorchón” o “candorro”. 

domingo, 31 de diciembre de 2017

LA NOVELA DEL CRIMEN EN ESPAÑA, 2018 EN NEGRO


La literatura es como un gran restaurante temático. En su carta, hay espacio para todos los sabores del mundo. Y cada lector elabora su menú según sus gustos o necesidades, que no siempre coinciden. Me ha salido esta metáfora gastronómica, como es lógico, después de diez días largos de cenas, comidas, meriendas, cañas y lo que queda hoy. Bueno, pues en mi menú habitual no suele entrar la novela negra, salvo alguna excepción. Los géneros se me repiten un poco, por previsibles. Me tienen que ofrecer algo más y si es así, no dejo ni las migas del plato.

La novela negra es un fenómeno editorial global. La etiqueta vende y sus ingredientes básicos, a saber: un crimen, una investigación detectivesca donde abundan las pistas falsas y los callejones sin salida, su buena dosis de intriga, otro tanto de erotismo, un personaje principal carismático y voltereta al final, dejan al lector mojando sopas.

Según he leído las primeras novelas policíacas fueron las de Edgard Allan Poe, Arthur Conan Doyle, Ágata Christie y George Simenon. Son historias que proponen un acertijo intelectual, los buenos son muy buenos, además de incorruptibles. Son novelas impregnadas de cierta frialdad analítica. Pero después del chasco de la Gran Depresión, aparece en EEUU una novela policíaca diferente, llena de tipos duros y canallas, donde se bucea en los bajos fondos y se destapan las inmundicias de una sociedad podrida. Este género, denominado hard-boiled, que desarrollaron escritores como Dashiell Hammet o Raymond Chandler, es el negro propiamente dicho y parece ser que fue el que echó raíces en España en los setenta. No era para menos, puesto que nuestro país pasó por una época de cambios en todos los niveles, no solo en lo político. El escenario de la novela negra permitía sacar de las cloacas a la verdadera España.

A la hora de buscar un tema para el programa de fomento de la lectura del Ministerio de Educación y Cultura, un compañero y yo nos decidimos por rastrear esos orígenes del género en nuestro país. Y después de leer, preguntar y pensar, hemos escogido tres títulos fundacionales. Uno de ellos, por sacar pecho, se creó y transcurre en el mismo solar donde nací, crecí, me multipliqué y la mayoría del tiempo, vegeto. Fue una vía, la de una novela policíaca cerebral, a lo Conan Doyle, pero con tradición castellana, cervantina en su ejecución, local y universal a la vez, rural en todo su sentido (no en el actual, donde el campo es un lugar siniestro, enloquecedor, que propele al crimen), que quedó en parte abortada y fue comida por otra más urbana, nihilista y menos amable, donde hay una visión crítica, una radiografía a la sociedad del momento para mostrar sus entresijos.

Os invito a leer y comentar estas tres novelas fundacionales del género en España, la distancia impide compartir después un café, pero como si lo fuera.

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Precisamente mi última lectura ha estado relacionada con el tema y sigo con ello, porque ya he empezado el libro de García Pavón y tengo el nuevo de Zanón en la mesita. Pero  quería concluir este post con La Carcoma, de Daniel Fopiani, Premio Valencia Nova 2017. Una novela de género, pero con ese aliño que lo potencia y convierte en algo más. 

La historia comienza cuando un escritor inmerso en una severa crisis creativa recala en un pueblo de la sierra gaditana, La Carcoma, en busca de la soledad y tranquilidad necesaria para acabar su libro. Lo que encuentra, en cambio, es la hostilidad de una gente que abomina de los forasteros (en sintonía con la reciente “turismofobia”) y unas misteriosas marcas que aparecen en la cabaña, desde el número 12 y hacia atrás. Con este planteamiento, se sucede un thriller donde Fopiani mezcla diversos géneros:

Hay una incursión al terreno de lo sobrenatural, porque la naturaleza de los números es cuanto menos ambigua. 

Hay novela negra, como no, cuando un guardia civil con un particular defecto en el habla se hace con las riendas del caso. El hecho de que el guardia civil infunda algo de compasión en el lector ya retuerce un poco al típico antihéroe de estas novelas, que aunque suele tener, digamos, un pasado difícil, diversos traumas, no suele ser ridiculizado. 

Para acabar, Fopiani añade localismos (el habla gaditana del mecánico, la tostada de sobrasada, el chiringuito de la playa donde comienza todo) y remata así el adobo de una historia que tiene la virtud de enganchar, dejar en tensión y sorprender al lector. 

Fopiani dosifica bien la intriga, crea callejones sin salida, sorprende, maneja a la perfección las convenciones del género y añade algo más. Quizá la visión de un lugar rural y remoto, con sus habitantes reservados y huraños, donde las ofensas se guardan y no se olvidan, sea un tópico urbanita. También entronca con esa España negra que siempre es rural, la resolución del crimen de Diana Quer hace pocas horas añade más leña a este fuego. En cualquier caso, les recomiendo un paseo por La Carcoma, con precaución porque por allí pulula una fauna variopinta. Y seguir a Fopiani (nacido en 1990) en su nueva faceta de novelista.

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Aparte, entre estas y otras cosas en 2018 voy a tener que levantar el pie, dejando bastante de lado lectura y escritura. Haré una actualización mensual de la llanura, por no perder el ritmo ni los amigos que he hecho en dos años, al menos y con suerte hasta julio. Luego, ya veremos.

Feliz entrada de año.

sábado, 2 de diciembre de 2017

PESADILLA

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Descansamos; una pesadilla puede envenenar nuestro sueño. Despertamos: un pensamiento errante nos empaña el día... (P.B. Shelley)

Cuando abre los ojos, le sorprende la vista del cielo raso. Trata de mover las manos, pero no puede. Su párpado derecho cimbrea. Pequeñas briznas de color rojo y verde se consumen como fósforos. Se pregunta si no habrá sido engullido por el televisor. Tragado por el mando a distancia. Lo intuye sobre la mesita, con una capa de mugre alrededor de cada tecla y el cerco de cinta aislante para evitar que se caiga la tapa de la pila, que está rota. Los pensamientos le llegan en ráfagas. Hay momentos en los cuales un zumbido se instala en su cabeza y el techo relampaguea. Otros en los que tan solo percibe el ritmo de su respiración y el pecho expandiéndose y contrayéndose.

Aguza el oído. Oye a los vecinos de arriba arrastrar los muebles. Debe ser domingo, suelen tener comida familiar los domingos. Si es así, lleva en ese estado casi veinticuatro horas. Chasquea la lengua y nota la saliva reseca en la comisura de los labios. Tiene sed y le quema la garganta. Se pregunta si no se habrá transformado en algún insecto horripilante, como le pasó a Gregorio Samsa. Al principio su familia trató de encajar los hechos. Pero él está solo. Nadie se espantará de sus patas de artrópodo, ni de su voz metálica, apenas comprensible. Nadie retorcerá el pie sobre su caparazón para extraer a conciencia sus entrañas.

Un rayo de luz repta a lo largo de su cuerpo y durante unos minutos, se instala en su barbilla, le lame la cara como si fuera un gato. ¿Dónde estarán sus gatos? Les escucha arañar la puerta y luego nota una lengua áspera, su astringencia sobre la cara.

Pasa un tiempo y le sorprende un movimiento reflejo de la mano, que se abre y vuelve a cerrar. El párpado sigue aleteando, siente una sed que le abrasa.

La mujer de la limpieza llega los jueves. Es la única persona que cruza el umbral de su casa. Cuando acaba y recoge el dinero que hay sobre la mesa de la cocina, cierta fragancia, de tierra mojada, se instala en el apartamento. Pero luego pronto regresa el hedor, el olor malsano al que ya se ha acostumbrado. Los orines de los gatos, las perlas de arena y excrementos en el parqué, el aire viciado por la falta de ventilación, el olor a sudor y comida recalentada. La costra cuarteada de grasa en la sartén. Pensando en los días que faltan, repara en su propia muerte. Tose, vacía sus tripas y tiembla por el frío. De repente se oye el chasquido del termostato y el mugido de la caldera al encenderse.

Lleva mucho tiempo deseando morir. Se lo dijo al psiquiatra, antes de que le tendiera la receta con el seropran, cipramil o cipralex, no recuerda. Parecen obra del peor escritor del mundo, salvo prozac, ese le gusta, ese suena bien. Pero, ¿cómo quitarse la vida? No fue la esperanza la que frenó la guadaña. Fue el miedo, ¿duele morir motu proprio? ¿Qué pasa con el alma después, con esos veintiún gramos que ocupa su masa? En cualquier caso, ya da igual. Ve llegar a la muerte gota a gota. Como el suicida que después de tender la cuerda por encima de la rama de un árbol, de comprobar el nudo corredizo y subir por el tronco para dejarse caer, es alcanzado por un rayo.

Piensa en la pobre mujer de la limpieza, cuando abra la puerta y al hedor habitual, se sume el de su cadáver en descomposición. Piensa en sus gatos, hambrientos. Recuerda las noticias de animales domésticos que, en su encierro, devoran a sus dueños. Casi siente los agudos colmillos del animal desgarrando su carne azulada. Las emanaciones de su cuerpo fermentando. Se duerme.

Se despierta al notar en su espalda una tenue vibración en la madera, apenas un cosquilleo. La pantalla del teléfono brilla sobre el parqué, pero se ve incapaz de alcanzarlo. Alguien ha avistado su naufragio, por instinto o intervención divina. De nuevo abre y cierra la mano, se arrastra. Un lado de su cuerpo está paralizado. Araña la madera con las uñas. El teléfono enmudece y la mano se desploma. Quiere llorar y una lágrima le enturbia el ojo sano. Pasado un segundo, nota de nuevo el cosquilleo y el teléfono reptando, moviéndose en círculo como un pollo descabezado. Vuelve a estirar el brazo, avanza, casi roza la pantalla. La toca. Una voz emerge de la caverna. ¿Va todo bien? ¿Estás ahí? Manuel abre su boca, una parte cuelga inerte, pero consigue articular algo. Pero, ¿por qué? ¿Quién contaba con él en los últimos tiempos, si no era para señalar su degradación, para apartarse arrugando la nariz o cabecear a todo lo que decía? Con esa sonrisa de suficiencia que tragaba sin rechistar. Era amarga, pero le alimentaba. Mejor eso que estar solo. Ahora lo comprende.

Grita, y le sale un quejido. Es como el gorjeo de un animal al sentir que lo degüellan. La voz al otro lado del teléfono le responde alarmada. El brillo de la pantalla se apaga entre sus dedos crispados.

Por la ventana entreabierta le llega una luz naranja intermitente. Llaman a la puerta. Aporrean la puerta. De nuevo el grito, el bramido que saca esta vez de su estómago, incomprensible, pero, y es lo que importa, audible. Después de unos minutos, la puerta se abre.
***
Los dos amigos se calzan las botas. Antes han tenido que sacudirlas, golpearlas contra el suelo para desprender el barro seco, los excrementos y las briznas de paja. Son botas de caña alta, les llegan hasta la rodilla. Verdes, impermeables. Abren la puerta y los cerdos desfilan por el pasillo. Son lechones, casi ciegos, rosados y frágiles sobre sus patas puntiagudas. Buscan con ansiedad el pecho que les amamanta y cruzan por la estrechez de la galería atropellándose. Los amigos cierran las puertas y los animales se sienten aprisionados. Su instinto les alerta, chillan levantando el hocico. Los dos amigos sonríen. Les brilla la mirada. Comienzan a agitar los brazos, los animales retroceden con espanto, tropiezan. Forman un nudo de carne en el centro del pasillo, tratan de zafarse, pero apenas si pueden moverse. Los dos amigos se dividen y con sus botas, sus botas de trabajo, calzadas para la ocasión, saltan sobre el primero de los lechones. Los huesos del animal se quiebran y el chillido reverbera y esa invocación de auxilio, de piedad, que conmovería un corazón de piedra, alimenta el furor de los dos amigos, que prosiguen su tarea destructiva casi con lujuria. Patalean, saltan y quiebran. En la piel rosada afloran manchas oscuras, emanaciones de ceniza, violáceas y turbias.

Una ambulancia le traslada al hospital. Su párpado marca los fragmentos de segundo, tiembla como los cerdos moribundos en la oscuridad del hangar, en el pasillo que los dos amigos han sembrado de muerte. La luz de la cámara, el ojo de la cámara testifica y retiene el lúgubre paisaje, el empedrado de cuerpos amoratados, los rostros sudorosos de los matarifes, las botas embadurnadas de sangre y secreciones.

Manuel no sabe nada de esto, porque no puede ver la televisión o leer el periódico por Internet. Ni siquiera puede estar seguro de si vivirá o podrá volver a hablar y moverse con normalidad. Es un cerdo aplastado, reventado por una vena caprichosa que ha anegado su cerebro y que, en su propia soledad, ha visto levantarse a la muerte.

Mientras, un arqueólogo cepilla los huesos de un cuerpo semienterrado. Han pasado diez mil años, y este cuerpo yace como Manuel, pero con una flecha de obsidiana alojada en el esternón. Sucumbió allí mismo y para beneplácito de la ciencia, no fue despedazado por las alimañas. Dicen los expertos que pudo sobrevenir una riada o una lluvia de barro que cegó aquella infamia durante diez mil años o sus propios verdugos los sepultaron. Las costillas sobresalen entre el polvo rojo. Ese armazón óseo que nos sustenta, que aguanta nuestros sueños y al que hacen temblar nuestras pesadillas y que no es más sólido que el polvo. Cráneos donde se abren, escabrosos, agudos orificios. Consumidas las vísceras, roídas por el tiempo, solo queda el espacio vacío y negro. Hay una mujer en posición de haber sido maniatada, con el cadáver de un niño en el regazo. Todos muertos, aplastados, como los cerdos de la granja. Violencia de hombres contra animales o contra otros hombres o contra sí mismos. Hombres que matan, refocilándose en la sangre. Hombres que se agostan, hasta que los hilos que les manejan se rompen. Hombres que son devorados o devoran a otros hombres.

La ambulancia llega al hospital y Manuel ingresa en la unidad de cuidados intensivos. El hombre mata y el hombre trata de atenuar el dolor; trata de reparar lo que él mismo estropea. Cuesta a veces hablar de una generalidad que en ocasiones se disloca, pero qué nudo de contradicción es el hombre. 

En la sala de urgencias, mientras la camilla cruza con el cuerpo de Manuel, un padre manosea una hoja cuadriculada. Ha sido arrancada de un cuaderno escolar y contiene las últimas palabras de su hijo. De ese niño, queda apenas un cuerpo reventado que agota su tiempo conectado a una máquina. No han sido las botas de plástico, las botas de caña alta las que han quebrantado sus huesos. Ha sido el callejón sin salida al que se había visto abocada su breve existencia. Intuyó en la muerte un descanso. En esa carta con la que se despide de sus padres, no hay titubeos en su caligrafía. No hay rastro de una sola lágrima que haya arrugado el papel. La mano del niño estaba guiada por la determinación, por una promesa de descanso. En ella, el niño incluso sueña con el próximo viaje, con que el suelo se transforme en su inconsciencia en un blando lecho, en un lago encantando, en un pasadizo hacia otra parte. 

Estas cuatro historias las viví en un mismo día (una en mi entorno y el resto a través de la prensa) y al llegar la noche estaba tan deprimido que no me quedó más remedio que soltarlo todo para no envenenarme. Me había olvidado del texto y aprovecho el parón lector para rescatarlo. Os pido perdón por el chute de pesimismo pre-navideño. La pintura que ilustra estas páginas es "Esqueletos disputándose un arenque ahumado", de James Ensor. 

jueves, 23 de noviembre de 2017

LA SEQUÍA DEL LECTOR Y SU LISTA DE ESPERA


En todo este mes de noviembre no ha caído ni una gota. Donde vivo, la gente se queja del agua: dicen que sabe mucho a cloro y en la ducha deja la piel como papel de lija. Las autoridades argumentan que es debido al bajo nivel del embalse. Es curioso cómo este cielo terrible de la llanura, sin nubes, de un azul amenazador ha acabado aplastando mi ritmo lector (desde luego, no quiero comparar en magnitud una cosa con otras, estaría bien. Pero como el blog va de libros...). Bueno, tampoco es correcto achacarlo todo al cielo. Si los anticiclones que, como gorilas de discoteca, disuaden al aire húmedo del Atlántico de darse un garbeo por la piel de toro, son los responsables de la pertinaz sequía, son otras ocupaciones las que me impiden leer y escribir. Aunque escribir sí escribo algunas noches, por limpiar mi cabeza de podredumbre que a la larga puede atascarla. Pero poco. Leer, pues un ratillo los fines de semana, aparte de las visitas furtivas a blogs amigos. El bagaje es escaso, mucho. Pero, en fin, al menos la lectura de La señora Dalloway ha sido profunda y provechosa.
Queriendo hablar de esa nebulosa que son las lecturas pendientes, que acaban tomando cuerpo en una lista interminable o en pilas de libros esperando su turno, me vienen a la cabeza los hongos y setas que afloran después de las lluvias de otoño y la gente que recorre el monte con un cesto para luego darse un festín o por puro afán andariego. Este año me parece que se les va a ver poco el pelo.
Vivo, haya sequía o no, en una alfombra de polvo. Setas hay pocas. Es curioso, porque apenas te mueves treinta kilómetros y te das de bruces con suelos fértiles que parecen merengue y humedales con flamencos, somormujos y ánades con el cuello azul. Qué hermoso es ver esos afloramientos en medio del llano, charcos donde las aves que cruzan los Pirineos hacen parada y fonda. Mención aparte merecen las Lagunas de Ruidera, mil años encantadas por Merlín, bendito sea, porque las aguas azul turquesa, el carrizo, las formas de la roca caliza, los álamos, las rugosas encinas, todo ese arsenal de naturaleza es digno de ver. Aunque también están siendo azotadas por la sequía y algunas se han secado.
Mi madre dice que cuando mi abuelo regresaba del campo, montado en su bicicleta de hierro macizo, con el pañuelo de hierbas anudado como un pirata y la azada y el escavillo atados en la espalda, en forma de equis, le traía paloduz y huevos de codorniz. Yo recuerdo que debajo de la boina también llevaba grillos, que metía en una caja de zapatos, hechos los respiraderos y luego le daba su dosis de lechuga, para que vieran que como entre humanos, no se vive en ningún sitio. Pero nada de setas.
Os habréis dado cuenta de que me tomo mi tiempo hasta ir al meollo, es curioso, porque me pasa solo escribiendo, cuando hablo soy más bien parco. Mi escritorio, por suerte y siguiendo con la metáfora del principio, es menos seco que la llanura donde fui a nacer y yazgo.  Una visita a la blogosfera, una lectura que lleva a otra, un puro relámpago y zas, libro que apetece. ¿Dónde lo apunto? El recurso de los post-it fue desterrado desde que mis hijos desarrollaron su psicomotricidad fina y aprendieron a abrir y vaciar cajones, usar pegamento, tijeras y rotuladores. Así que una cuartilla en sucio me vale, es mi cazamariposas.
No es nada atractiva, lo sé. Es aburrida y fea. Se va llenando y emborronando, hasta quedar lamentable. Cuando me viene una fiebre de orden, se rompe, va a la bolsa de papel para reciclar y o bien paso los títulos a limpio, a un cuaderno en condiciones o me olvido de la lista, uno que es voluble. Puede que algunas nunca sean leídas y las olvide. ¿Algún criterio? El caos.
Aunque pensándolo bien, podría ordenarlas por temas: está por ahí el famoso psicólogo conductista Skinner, que ideó una especie de sociedad perfecta parafraseando a Thoreau en el título, Walden Dos (lo tengo en epub) y Oliver Sacks, su autobiografía que compré en septiembre y todavía no he leído. ¿Suena sugerente, no? Hay libros a los que he llegado por otros libros, y añadas más contemporáneas, lo que decimos por aquí “vino joven”. Tengo en lista ni se sabe a Isaac Rosa. Un guiño a lo minoritario: Hasier Larretxea, poeta que recita acompañado de su padre aizkolari (los que talan troncos) en plena performance y rarezas, ésta por sugerencia bloguera: Tainaron de Leena Krohn. Relatos, como no, Mariana Enríquez, Las cosas que perdimos en el fuego, La bandera inglesa, del Nobel Imre Kertesz y Los demonios exteriores de nuestro compañero David Rubio. Y más, me llegó ayer de Círculo de Lectores Tierra de Campos, del también cineasta David Trueba y tengo La Carcoma de Daniel Fopiani, Premio Valencia Nova de Narrativa. Para morderme las uñas con un Thriller, la literatura de género también está en su derecho.

Así voy llevando mi lista de pendientes, ¿cómo organizáis la vuestra? ¿Impera también lo heterogéneo como en mi caso? Seguro que sois más limpios…

viernes, 10 de noviembre de 2017

DILEMA NOCTURNO


El cambio de hora tiene a Miguel un poco desquiciado. Son sesenta minutos que dilatan la tarde y la traen de los pelos, quiera o no. Lo copiaron los ingleses de los alemanes, en tiempos de guerra. Pero la costumbre sigue, aunque en las trincheras ya ha crecido la hierba y nadie llora a aquellos muertos, que fueron muchos. Durante días a Miguel le cuesta conciliar el sueño, hasta que se impone la fuerza de la costumbre. Tener los ojos abiertos en la oscuridad es un derroche, ¿qué registra la retina?, ¿la nada? Tanta sinapsis por el sumidero. Pero aparte del juego de tenis que se traen con el reloj nuestras autoridades, algo más perturba a Miguel. Al menos hoy. 
Se tumba boca abajo, hunde la cabeza en el almohadón para forzar el cierre de los párpados, pero sus circuitos neuronales siguen alerta. Esta tarde le han llamado para invitarle a dar una conferencia sobre su especialidad, que es el patrimonio industrial y ferroviario, esos cadáveres llenos de óxido que sin embargo hicieron de partera del capitalismo. Es dentro de dos semanas. Doscientos kilómetros en línea recta, al noroeste de Madrid. Ha dicho que sí, que iría, ningún problema. Pero resulta que Miguel siente aprensión cada vez que se pone al volante, es un síndrome que tiene nombre de griego antiguo, de antes de Sócrates mínimo. Adentrarse en la capital con su coche le hace sentir como esos marineros del Medievo, cuando encaraban el vasto océano y temían el ataque de calamares gigantes o a las ballenas, pensando que se los tragarían como el que sorbe un fideo (ahora sabemos que no es posible, que las ballenas tienen la garganta del tamaño de un dedal).
En cualquier caso, Miguel se ha comprometido. Tendrá que ir, es una persona de palabra. Así que da vueltas en la cama, hace cálculos elementales (sumas y restas) y concluye en lo siguiente: deberá salir con tiempo, a las tres de la tarde o antes. Pero esa hora es terrible para mí, piensa, me suele entrar mucho sueño. Podría no comer o picar algo, un sándwich y té verde. Beber una Coca-Cola. O quizá sería peor, porque los gases le provocan retortijones. El sonido de sus tripas sería demasiado discordante. Miguel sigue con su particular centrifugado sobre el colchón. Por fin decide comer temprano y dar una cabezada antes de salir. Esta decisión también encuentra dificultades para abrirse paso en la espesura: seguro que por efecto de la tensión no podrá pegar ojo y será peor. Miguel sabe que debe salir con cierto margen. Una hora o más. Porque puede perderse, le ocurre a menudo: o equivoca la salida o duda al cambiar de carril y pasa de largo. Y luego está la cuestión del aparcamiento. ¿Habrá cerca un aparcamiento vigilado? Miguel visualiza la luna reventada al salir y la guantera revuelta. Algo bastante improbable, porque su coche es viejo, la tapicería está gastada y en la guantera solo lleva los papeles del seguro. No es ningún cebo tentador, pero en estos tiempos nunca se sabe. 
Miguel hincha la barriga y la deshincha lentamente, le han dicho que ayuda a calmar la ansiedad. En realidad, llegar no es nada difícil. Ha calculado el itinerario antes de irse a la cama en Google Maps. Hay que coger la A-4 casi todo el camino, luego tomar la salida 17 y un par de rotondas. Callejear un poco, pero no mucho. Lo peor es volver, se lamenta Miguel, porque será de noche, y por culpa de la miopía pierde mucha visión por la noche. Aunque su intervención dura una hora escasa, es el último ponente. Miguel duda si ir vestido para la ocasión o cambiarse en el aparcamiento, llevar la camisa y la americana en una percha colgando del asiento de atrás. Y el desodorante, que no se le olvide, porque con los nervios le da por sudar. Tiene un olor corporal fuerte, además, como alcanfor o suavizante para la ropa. No le han comentado si hay cóctel después, parece un acto más bien austero.
Miguel da otra vuelta en la cama, suspira y agarra a su mujer por detrás, tantea entre sus piernas, pero ella le aparta de un codazo. ¿Y si le digo que me acompañe? Miguel cree que le daría seguridad durante el viaje: es agradable tener a alguien con quién hablar. Recuerda que hay gente que comparte coche con desconocidos a través de Internet, para ahorrar gasolina. Con su timidez, solo imaginarlo le da pavor. Tampoco cree que el hipotético acompañante fuera demasiado cómodo a su lado, porque resulta un conductor pésimo, se le notaría que no sabe bien donde va. ¿Y al contrario? ¿Por qué no buscar a alguien que le lleve? Demasiadas combinaciones, demasiados desconocidos. Comparar opiniones, fotos de perfil. Conversaciones telefónicas, intercambio de mensajes, escribir en Whatsapp. Miguel teme hacer el ridículo y recibir luego la fusta de un comentario despreciativo, acabar claveteado o expuesto para escarnio en la picota digital. Le da un escalofrío, tira de la manta y mete dentro los brazos, encogiéndose.
Decide pedir a su mujer que le acompañe, si le dan el día libre en el trabajo y así pasan la tarde juntos. Pero una nube negra descarga el granizo de un presentimiento: ¿y si sufrieran un percance? Los accidentes ocurren. Casi dos mil muertos el año pasado en las carreteras, más de veinte cada fin de semana. Es viernes, habrá tráfico. Crecen las posibilidades. A Miguel se le hace un nudo en la garganta al pensar en sus hijos, desamparados. Durante un tiempo cada vez que cogía el coche pensaba en la muerte, incluso una vez, desquiciado por la inminencia de un viaje a Barcelona para una lectura en la UAB, escribió una carta de despedida y la dejó dentro del cajón del escritorio, sellada y firmada. A Kubrick le daba miedo volar y hacía todos sus viajes en coche. Menudo inconsciente, se dice Miguel, que descarta ir con su mujer. La ida está hecha, si me pierdo a la vuelta y acabo en Segovia o en Badajoz, pues aprovecho para hacer turismo. Turismo de madrugada, Dios. Me tocará pagar un hotel. Espero llevar el teléfono con suficiente batería, se lamenta Miguel. El número de su mujer es el único aparte del suyo que ha conseguido memorizar. ¿Siguen teniendo teléfono público los bares de carretera? Si no, cualquiera puede dejarle hacer una llamada con su móvil. La gente es amable, en general. Y todos dicen que tiene cara de buena persona…
Son más de las cuatro, pero Miguel no lo sabe porque se resiste a mirar el despertador. Recuerda que a treinta kilómetros vive su amigo Michel desde hace un año. La verdad es que lleva tiempo sin hablar con él. Podría avisarle para que le acompañara y luego cenar por ahí. Podría incluso quedarse en su casa y regresar a la mañana siguiente.  Lo más seguro es que le ponga alguna pega. Está enfrascado en su tesis, se sienta cada día a escribir, como si fuera a la oficina de nueve a ocho (horarios españoles). Solo sale a respirar aire puro cuando va a la biblioteca o al despacho de su tutor y dependiendo de los niveles de monóxido de carbono. A lo mejor le molesta perder una tarde y una mañana por su culpa, puede que ni le coja el teléfono. Desprecia la tecnología y tiene un viejo terminal del grosor de un bocadillo, con la pantalla de cristal líquido. 
Miguel ya ha descartado la opción del transporte público, el horario del autobús no le viene bien, lo miró en Google. En tren, tendría que bajarse en Atocha. Coger allí el cercanías o el metro. Después un autobús o un taxi. Demasiados trasbordos, se perdería. Miguel barrunta la posibilidad de llegar tarde. No está acostumbrado al ajetreo de la ciudad, a la gente corriendo, toda esa cantidad de gente. Esta mañana yendo al trabajo, durante cinco minutos, no se ha cruzado con nadie. Ni siquiera un coche. Vive rodeado de vacío, en apenas sesenta metros cuadrados (que tardará en pagar treinta años) y el choque de la multitud es demasiado para él. Le perturba. Es casi una conmoción. Es una aventura que entraña demasiados riesgos. Pero no quiere seguir dándole vueltas, necesita descansar.
¿A quién le puede importar el tema de mi conferencia?, se dice. Y quizá tenga razón. A lo mejor después de todo no van ni diez personas. Le ocurrió en aquel curso de verano sobre patrimonio industrial, donde descontando al concejal de cultura y al encargado de abrir y cerrar la biblioteca eran cinco. Al menos pudo ir en tren y la organización le recogió en taxi. Todo a cuenta de la teta del Estado.
Miguel acaricia de nuevo a su mujer. Su placidez le reconforta. Por fin se decide. Saldrá temprano, tomará un sándwich en el camino. Con su coche y para volver lo mismo. Que sea lo que Dios quiera. La cita es el viernes 15 de abril. Alto, se dice. Las gramíneas, el polen zumbando, entreverado con las partículas de diésel y carbonilla, letal. Los antihistamínicos le dan sueño, aunque dice en el prospecto que no, que está clínicamente testado. Pero Miguel se conoce, se promete llevar el coche al taller para que le revisen los filtros anti polen, o si no pasará la mitad de la conferencia sorbiendo mocos y estornudando.
Ha dado tantas vueltas que se ha quedado aprisionado entre las sábanas, parece envuelto en una mortaja. Recuerda ese cuento de Poe en el que un individuo cree haber sido enterrado vivo y en realidad sufre una pesadilla en el cubículo de su camarote. Un rayo de sol ilumina levemente la habitación, porque son las siete. Pero Miguel está satisfecho, ha resuelto el dilema. Ahora solo le queda pensar en cómo plantear la conferencia, pero eso lo deja para la noche siguiente…

Fotografía: Vincent Van Gogh, Old man in sorrow

viernes, 3 de noviembre de 2017

"Crónica de los Wapshot" de John Cheever

Crónica de los Wapshot es una de las dos novelas que componen La familia Wapshot y que se pueden leer por separado (mi caso) o en alguna edición conjunta. Esta reseña la escribí hace un par de años, pero la deseché porque no quedó muy allá. Ahora, aprovechando que estoy con los cuentos completos de Cheever en inglés y que, dicho sea de paso, ni escribo ni leo mucho, la recupero con algunos cambios.

Cheever es uno de los grandes del relato y en cierto sentido, Crónica de los Wapshot se podría leer como una serie de historias cortas. Con esto no digo que estemos ante una mera acumulación de anécdotas yuxtapuestas. Pero más que una novela canónica y estructurada, es un todo orgánico, con un nudo inicial a partir del cual crecen multitud de ramificaciones. Ese bulbo primigenio es la familia Wapshot, que vive en Saint Botolphs, un pequeño y paradisíaco pueblo de Nueva Inglaterra. Está formada por Sarah, una mujer implicada en la vida de su comunidad y Leander, su marido, que maneja un barco turístico. Tienen dos hijos, Coverly y Moses. La vida de los Wapshot es supervisada por la excéntrica tía Honora. Esta posee una gran fortuna que ha prometido legar a los muchachos, a condición de que formen una familia y tengan hijos. Es precisamente la partida de los dos hermanos para tratar de prosperar lejos de sus padres lo que pone en movimiento la maquinaria de Crónica de los Wapshot. Hasta aquí todo muy de manual, lo que ocurre es que la sucesión de hechos es de lo más imprevisible y lo que podría haber sido una novela de aprendizaje se convierte en algo mucho más poliédrico.  

La prosa de Cheever es precisa y cortante, estilo marca de la casa, aunque a veces muta hacia lo poético y descriptivo. Lo cierto es que se mueve con maestría por diferentes registros, completando un gran fresco que deja su impronta. Hay un sentido del humor algo absurdo, casi surrealista. Alterna momentos de total transparencia  y otros más opacos, con cambios fulgurantes, extrañas ambigüedades, confesiones y giros repentinos del destino.

Dentro de los personajes impactantes podría destacar —y perdón por entrar tanto en detalle— a la excéntrica tía Honora, que encuentra en su huerto una zanahoria que le recuerda al miembro de su difunto marido y se la regala a una vecina a la que ve con necesidad. Tronchante. La vieja Justina, ama y señora de la decrépita mansión de Clear Haven, me ha recordado a la Miss Havisham de Dickens. El episodio entero de la estancia allí de Moses, sus viajes a través del tejado para acostarse con su prometida, la crisis depresiva de ella, la súbita aparición de un exmarido que lo resuelve todo es memorable y como digo, podría funcionar como un relato aparte.

Me ha encantado también, y supongo que será una crítica a la clase media americana (el libro es de los 50 del siglo pasado), la narración de la nueva vida de Coverly junto a su esposa Betley en una ciudad residencial cercana a la base de cohetes donde trabaja. Las casas todas iguales, el mismo jardín, la misma sucesión de calles, la misma altivez y falta de confraternización, la hipocresía, el automatismo de la época contagiado a las relaciones humanas, todo es descrito en absoluto contraste con la paradisíaca Nueva Inglaterra de Saint Botolphs de donde procede Coverly. Cheever es un maestro para, a través de situaciones cotidianas y absurdas, mostrar las entretelas del alma, despojar a los personajes de su careta y dejar expuesta su vulnerabilidad. El ser humano es poco más que un pajarillo indefenso en una sociedad cínica, hipócrita y cruel.   

Mención aparte merece la irrupción de Leander como narrador. Extractos de su diario personal se superponen a las vicisitudes de Moses y Coverly. Con frases cortas, punzantes, casi telegráficas, aporta complejidad y estilo a la novela. Para mí marca la diferencia, aunque al principio resulte desconcertante. Yo es que soy así, como lector me gusta que me tiren de las orejas: odio el puré. Cheever no agota este recurso, sino que prescinde poco a poco de Leander, pero lo recupera al final, en una nota con sabios consejos para sus hijos de los que transcribo los siguientes: el miedo tiene el sabor de un cuchillo herrumbroso, no dejarle entrar en casa. Erguir la espalda. Admirar el mundo. Gozar del amor de una mujer dulce. Confiar en el Señor. Suscribo casi todo.