domingo, 27 de mayo de 2018

"El corazón es un cazador solitario" de Carson McCullers


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Cuando escasea el tiempo y la concentración para leer, se vuelve uno un poco sibarita. No entra cualquier cosa, el estómago donde van los libros está especialmente levantisco y ataca con sus ácidos sin compasión. Hasta da ardor leer el trabajo propio y eso que como te conoces tiendes a ser benévolo. En tal coyuntura, autores como Carson McCullers son garantía de una digestión apacible. El corazón es un cazador solitario fue publicado en 1940, cuando la autora contaba con apenas veintitrés añitos. Si no recuerdo mal, la crítica también lo considera su trabajo más atinado. Desde luego, allí volcó toda su sensibilidad, ternura y talento. La mía es una edición de Círculo de Lectores, con motivo del centenario de su nacimiento, con traducción de Rosa María Bassols. Viene con una sobrecubierta desplegable, el libro pesa un quintal, cada hoja es densa y tirante, como una cuchilla. Me alegro de tenerlo en mi estantería, porque me sobrevivirá y es algo que no pueden decir los libros de bolsillo y colecciones de periódico que compré en los tiempos de penuria estudiantil.

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Mi edición de Círculo. No he encontrado una fotografía mejor (fuente: Circulo.es)
                                                       
Es un título que la mayoría conoce, pero no está de más contar a trazo grueso su argumento. Luego desgrano alguna de las cosas que me han removido, emocionado o hecho pensar, porque para eso leo. Para evadirme veo la tele o tomo cañas. La historia está ambientada en una ciudad industrial del sur de EEUU (¿quizá en el estado de Georgia? No recuerdo que se mencione), a finales de los años 30. Tenemos por tanto segregación racial, clasismo, pobreza a raudales y otoños calurosos. John Singer y Spiros Antonapoulos son sordomudos y amigos inseparables. Componen una pareja de contrastes, ya que Singer es estoico y centrado, mientras Antonapoulos es perezoso y glotón. Sin embargo, ellos se complementan y conviven felices, aislados del mundo pero aferrándose a ese hilo que su lenguaje de signos y complicidad mantiene tenso y firme. 

Todo cambia cuando Antonapoulos pierde la cabeza y es confinado en una institución mental. Singer, perdido su único amigo, alquila una habitación y en torno a su silente quietud convergen varios personajes atormentados, cada cual más variopinto. Mick Kelly, una adolescente que sueña con convertirse en pianista; Jack Blount, un agitador político que entra y sale de las brumas del alcoholismo, desquiciado porque sus ideas caen en saco roto. El doctor negro Benedict Copeland, varado en tierra de nadie por su educación, insólita entre los de su raza y sus ideas redentoras que caen, como en el caso de Blount, aunque por diferentes motivos, en terreno baldío. El cuarto satélite que orbita en torno a Singer es Biff Brannon, el dueño de la taberna donde Singer acude cada día a almorzar. Brannon es un observador inteligente, pero tiene un vacío secreto, un amor paternal que al morir su mujer se torna irrealizable. 

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Foto extraída de una adaptación teatral de 2017 (fuente: arktimes.com)

Los cuatro personajes acuden a Singer, le hablan desde lo más profundo de su ser. El mudo atiende, sonríe, ellos creen que les comprende. A partir de aquí pasan muchas cosas. McCullers nos muestra, con increíble sencillez estilística y a través de un narrador omnisciente, los entresijos del alma humana. La debilidad de ese corazón, un cazador solitario que parece condenado, como un titán, al sufrimiento. La novela dará un vuelco al final, aquí me tiemblan los dedos, pero desvela algo insólito y que a lo mejor uno no acaba de darse cuenta, pero es que el propio Singer también es un cazador solitario. Y también sufre.

Me resulta extraordinario que con esa sencillez se pueda ahondar tanto, llegar al alma misma de los personajes. Que son seres de ficción, no existen, o sí, es algo que a veces llego a dudar. El escritor es una especie de Dios creador. Y de hecho, así conciben a Singer esos cuatro personajes. El sordomundo es visto como un sabio, alguien con el que pueden compartir sus sentimientos y a quien revelar aquellos sueños más inconfesables. Es como esa figura de Cristo a la que se dirigen plegarias, pero de la que nadie obtiene respuestas.

Todos están solos en esta novela, se sienten aislados de los demás y además sufren, mucho y tienen sueños, quimeras en realidad, porque al lector le queda claro que son irrealizables. A pesar de todo, es el combustible que les alienta a seguir. Porque así es el ser humano, su existencia se sustenta en la creencia en ficciones. Ahí es donde reside nuestra singularidad. 

Y es que el propio Singer sufre esa misma soledad, al verse alejado de su querido Antonapoulos. Es un sentimiento profundo, más allá de la relación homosexual que se pueda intuir. Es tener a alguien con el que poder comunicar tus sentimientos y a quién amar sin condiciones, ¿quién lo tiene? Pensad un poco, ¿a quién podéis desvelar hasta las entrañas? Da terror pensarlo y de hecho, uno se podría sentir tan indefenso. El pobre Singer es ciego, además de sordomudo. Porque Antonapoulos es egoísta, perezoso y no corresponde del mismo grado a Singer, un tema que McCullers también trata en La balada del café triste. Pero a nuestro héroe no le importa. Singer ama sin recibir ni una pequeña fracción de lo que ofrece y esto, dar sin la pretensión de obtener un gracias, sin sumisión, es la verdadera generosidad y es un don tan escaso que acabo viendo a Singer como una figura religiosa, sí, igual que los cuatro desesperados que acuden a su habitación y comparten un cigarrillo y hablan al mudo y este les mira sin pestañear para leer sus labios. Singer simboliza la esperanza, es una almohada donde se posan con suavidad los sueños de Mick, el doctor Copeland o Blount. 

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Sandra Locke como Mick Kelly, en la película de Robert Ellis (foto: fanpop.com)

Si hay un personaje donde McCullers vuelva su espíritu creo que es Mick, la joven que espera ser pianista y a falta de dinero para un instrumento compone melodías imaginarias en una libreta. Es inteligente, despierta y hay una escena donde hace una excursión con un amigo del barrio a un paraje cercano y contiene una descripción maravillosa del momento crucial en el que deja de ser una niña, con una delicadeza perturbadora. Es el paso al abismo, al del mundo adulto y asistimos así a una novela dentro de otra, a una novela de descubrimiento. 

Hay también una parte sociológica, el retrato de las desigualdades y las diversas formas de opresión, no solo racial, que también merecerían su análisis. Se puede hacer una lectura política, incluso, que alcanza su punto culminante con la agria discusión entre el doctor Copeland y Jake Blount. Como véis, sin ser experto me atrevo a decir que El corazón es un cazador solitario es única y excepcional. Que cada cual lea y juzgue. 

En 1969 la historia fue llevada al cine y nominada a dos Óscar. La película es notable y los personajes están muy logrados, aunque Mick es una actriz veinteañera y la acción se desarrolla en los sesenta y no en 1939. Merece la pena también. En fin, decía Bukowski en un poema sobre McCullers:

Todos esos libros suyos
de aterradora soledad
esos libros
sobre la crueldad
del amor sin amor
es todo lo que de ella queda.

Y digo yo, ¿es que te parece poco? Para el que quiera otra taza, una reseña más centrada aquí.

viernes, 4 de mayo de 2018

DELIRIOS DE UN OPOSITOR


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Se acerca el temido y esperado momento de las oposiciones para aquellos que aspiran a convertirse en enseñantes. Un sistema decimonónico para el siglo veintiuno (edulcorado en los últimos años por la presión sindical), donde se trata de demostrar que posees unos conocimientos que con mucha probabilidad nunca vas a utilizar, dejando fuera de la bolsa cuestiones de vital importancia para este trabajo tan poco valorado. Hace mucho que pasé aquel martirio, pero se me ocurrió utilizar la experiencia para escribir una especie de delirio o relato corto y la Red de Bibliotecasde la Comunidad de Madrid lo ha premiado. Lo expongo aquí, como homenaje a esos valientes y reivindico de paso el valor de la Historia más allá de la mera exposición de datos, junto al libro como tabla de salvación a la que me aferro con uñas y dientes. 

***

Sergio arqueó la espalda hacia atrás para estirar las vértebras, comprimidas como el fuelle de un acordeón y así dar nueva vida a sus músculos entumecidos. Después volvió a agachar la cerviz sobre los apuntes. Leyó el enunciado “Tema 46, los Estados balcánicos en el siglo XX” y se concentró en su ficha-resumen, tapando el primer párrafo con la mano, para repasar lo aprendido meses atrás. En su mente comenzó a materializarse el puente de Sarajevo, cada piedra de su único vano sobre el río Miljaka compactada con la argamasa de miles de personas que perecieron durante el asedio en 1995. Un francotirador emergió entonces de entre la bruma y la bala se instaló en su cráneo limpia y silenciosamente.
Levantó la cabeza y cerró los ojos. Dayton, esa era la palabra que no conseguía discernir bajo el fuego de mortero. En su imaginación, el humo de las casas incendiadas cubría la ciudad como las nubes grises de una tormenta.
Acuerdos de Dayton, repitió para sí y lo garabateó al margen.

Sumaba. Era cuestión de pura aritmética. Veinte horas a la semana le daban para repasar diez temas, dos por día, si se concentraba. En dos meses podía repasar el temario completo. Un año daba para estudiar el temario seis veces. A esas jornadas había que añadir algunas horas extra. En ese momento ignoraba que la mayor parte de todo ese alud que le estaba sepultando, le sería de escasa utilidad en su futura vida profesional, pero pretendía, como un alquimista, convertirlo en oro. La veta aurífera anhelada, el pesado lingote de muchos quilates, era una de las cincuenta y cuatro plazas de profesor de Educación Secundaria por la especialidad de Geografía e Historia. En menos de un mes llegaría el día D, la hora H y Sergio daba el repaso final armado hasta los dientes, preparado para el desembarco. 
Todas las tardes acudía a la biblioteca de cuatro a ocho. Todas y cada una de las tardes. Allí encontraba el silencio y la concentración necesaria. Por eso no admitía distracciones. De ningún tipo. Se encerraba en una de las salas menos transitadas y tan sólo hacia una breve pausa si el dolor de cervicales le impedía seguir o si una duda atroz se instalaba en su mente como una liendre, extrayendo su seguridad en sí mismo y tenía que levantarse para consultar una fuente autorizada y calmar sus nervios.
En los momentos de sueño y agotamiento extremo acudía al socorro de la máquina de café y bebía su brebaje como un vaquero del oeste su puño de whisky, de un solo golpe. El líquido ardiente quemaba en el esófago, pero le ayudaba a recargar su agotada batería y le permitía seguir estudiando.

Era el mes de mayo y la biblioteca había sido tomada por una horda de estudiantes universitarios, buscando el refugio de sus paredes silenciosas. Sin embargo, el ser humano es en el fondo un simio chillón y los jóvenes que iban llenando la sala asestaban continuas estocadas al silencio, desangrándolo. Sergio, componiendo un semblante de duro y misántropo espécimen, se había ido librando aquella tarde de cualquier ruidosa compañía y tres sitios permanecían todavía libres a su lado. Estratégicamente había esparcido algunos libros, para desanimar a los que, ignorando su mirada de hostilidad, se atrevieran a ocuparlos.     
Repasando el inicio del tema, levantó la vista hacia el pasillo. Gavrilo Princip pasó a su lado con la pistola humeante y le miró, moviendo su espeso bigote. Sergio entornó los ojos y se concentró: un recorte de periódico cae en las manos de Princip, que apura el vaso de cerveza y discute con sus compañeros, mientras golpea repetidas veces con el puño la foto del archiduque, que irá de visita a Sarajevo. A los pocos días, abre fuego sobre el heredero y su esposa. Recordaba aquella historia punto por punto, no necesitaba repasar nada. Pero Princip permanecía frente a él, rascándose la coronilla, amarillo y sudoroso, tosiendo oscuros esputos con fragmentos de pulmón sanguinolento.
— Esfúmate, te tengo más que visto.
Lo dijo en voz alta y varias cabezas en la sala se movieron en su dirección. El opositor plegó de nuevo el cuello sobre los folios, apesadumbrado. Quizá estaba estudiando demasiado. Quizá su cálculo, la fórmula del éxito, funcionaba sobre el papel, pero era irrealizable para la voluble voluntad de un ser humano de inteligencia normal, y por qué no decirlo, para un niño mimado de clase media poco dado al esfuerzo sostenido como era él.
Una postal voló desde lo alto del techo, hasta posarse en su mesa. Sergio observó la fosa repleta de cadáveres descomponiéndose y leyó el remite. “Srebrenica”. Una postal desde la tumba. El libro de Emir Suljagic se encendió en una de las estanterías. Sergio se sintió tentado de levantarse, releer aquella frase que se había grabado a fuego en su memoria: “yo he sobrevivido, muchos otros no. He sobrevivido del mismo modo que ellos murieron”, pero se contuvo. Le pareció que aquellos apuntes descarnados no expresaban todo el horror de un siglo, pero decidió pasar página y consultó de nuevo su ficha resumen. Este era el repaso definitivo, no se podía escapar ni un detalle. Una voz femenina resonó entonces en la caverna de sus oídos:
  ¿Está ocupado?
Sergio movió la cabeza como si fuera una vieja momia. Se escuchó el crujido de su cuello apergaminado en toda la sala. Fijó sus ojos de cuervo en la muchacha, que le miraba acariciándose el pelo de manera compulsiva. El silencio del opositor no la desalentó, al contrario. Como si del mariscal Tito se tratara, tomó la iniciativa y se sentó, apartando con un brazo los libros que Sergio había colocado como parapeto.
Su línea Maginot había sido superada por los panzers de la enigmática muchacha, que sin mediar palabra, sacó un archivador y el teléfono móvil y se hundió en sus apuntes con la celeridad de un submarino alemán.
El mariscal Tito, Yugoslavia. Expulsión del Kominform en 1947.
Sergio reescribió en su ficha de repaso remarcando bien la K y suspiró aliviado.
— Está. No lo he olvidado. Sigue en mi cabeza.
— ¿Has dicho algo? —le interpeló la chica.
— No, disculpa, sólo pensaba en voz alta.
Todo arreglado con un intercambio de falsas sonrisas. Cada uno a lo suyo. Bien, ahora venía la peor parte, vamos a ver qué pasó con Rumanía y Bulgaria. Aquí Sergio se concentró aún más. Repitió mentalmente el nombre del dictador rumano: Ceaucescu. Unos médicos remueven los huesos consumidos de una tumba. En el cráneo, una herida de bala certifica los restos del líder comunista.
Sergio notó entonces a la chica agitarse y un ligero temblor que iba in crescendo. La vibración comenzó a desplazar uno de sus bolígrafos hacia el borde de la mesa. Sergio lo contemplaba sin intervenir. De súbito, una vampírica figura se posó a su lado y recogió el bolígrafo al vuelo.
— ¿Esto es tuyo?
Sin esperar respuesta, se sentó junto a él, apartándole unos escasos centímetros con el codo.
Después de la Primera Guerra Mundial, Rumanía recibió Transilvania y parte del Banato. Fue en la paz de Trianon. Lo subrayó, deletreando: T-r-i-a-non.
El vampiro que tenía a su lado alzó su cintura sobre la mesa y abrió la boca en dirección a la muchacha. Sergio observó de reojo como besaba los labios gruesos de ella, que lo atrapaba como una mantis. Comenzó a marearse. El vampiro le miraba de reojo. Algo de sangre restalló entre sus dientes, afilados como agujas alpinas. Los Cárpatos, recordó: Los Cárpatos, Los Montes Cámbricos, el Macizo del Jura, el Karst eslovaco, los Apeninos, los Balcanes...
Los nombres desfilaron en su mente como las tropas soviéticas por la plaza Roja el día de la victoria. Estos son de otro tema, pensó. Era hora de hacer una pausa. El vampiro aleteó satisfecho en su sitio, mientras la muchacha, pálida de anemia, se iba desvaneciendo sobre la mesa.

Sergio aprovechó el descanso para fumar despacioso un cigarro y después renovar los libros que tenía en préstamo. Allí le esperaba una de las bibliotecarias, con la que llevaba meses flirteando sin dar el asunto por concluido. Si los albañiles sueñan con modelos de pasarela callejera que sonrían ante sus groseros piropos y los soldados heridos en batalla con enfermeras de carnes generosas, los opositores lo hacen con guapas bibliotecarias, monumentos eróticos con gafas de pasta. Sergio contempló en silencio a su musa, que guiñaba los ojos delante del ordenador, precisamente porque había olvidado las gafas.
— Hasta el día 25.
— Los traeré antes.
— ¿Cuándo son las oposiciones?
— El 21 de junio.
— Seguro que vas bien preparado, no fallas ni un día.
Sergio no sabía si seguir la conversación o quedarse varado contemplando a la muchacha, mientras fingía buscar algo en el índice del diccionario de términos históricos que acababa de renovar. La alegría de charlar con ella unos minutos pronto comenzó a ser devorada, como un Saturno caníbal, por un oscuro pensamiento. Tantas horas invertidas, ¿y si fracaso? El opositor comenzó a imaginarse el día del examen, frente al papel, titubeando, incapaz de destacar entre el resto de sus rivales, comprobando una y otra vez, con infinita desolación, el 4,95 final que le impedía pasar a la siguiente fase. Abrumado por esa posibilidad, comenzó a palidecer y la bibliotecaria le miró con mayor atención, reparando en su aspecto desvaído.
— ¿Te encuentras bien?
Sergio no contestó. En ese momento estaba siendo tragado por su pesimismo. Trató de esbozar una sonrisa, que se diluyó como una meada en el mar. El ruido de unas botas militares resonó en su cabeza, aproximándose. Dos agentes uniformados de la Securitate lo agarraron de los brazos, arrastrándolo a lo largo del pasillo y lo encerraron en el baño. Sergio vomitó el café y después encendió un cigarrillo. El humo mitigó un poco el sabor a bilis.
Resuenan las bombas sobre Sarajevo, las tropas serbias se retiran a Albania y los soldados mueren como alimañas;  los judíos griegos son enviados a los campos de exterminio desde Tesalónica —tantas malditas muertes en doce folios, tema 49—Slobodan Milósevic sufre un ataque al corazón en una oscura celda en La Haya.
El opositor tiró de la cadena y la sensación de opresión se fue por el sumidero. Regresó al mostrador. Su bibliotecaria seguía allí, con la nariz pegada a la pantalla del ordenador, que amenazaba con engullirla como a la niña de Poltergeist. De repente le miró:
— ¿Estás mejor?
—Supongo que sí.
—No tienes buen aspecto, creo que te exiges demasiado—la bibliotecaria, como ya tenía confianza con Sergio, pensó en preguntarle si de verdad le merecía la pena todo ese esfuerzo y si sentía verdadera vocación, recordando los días que su madre, profesora, llegaba desquiciada y no podía ni probar bocado. Al final, se contuvo—Esta noche podríamos tomarnos ese café que me tienes prometido y así desconectabas un poco.
Sergio sintió deseos de saltar por encima del mostrador, pero se contuvo.
—Es que el examen está tan cerca… Cada minuto que pierdo me siento culpable.
La decepción se adueñó del semblante de la bibliotecaria con la rapidez con que los alemanes dominaron la península del Peloponeso y entraron en Atenas como los nuevos persas. Por suerte, Sergio rectificó:
—En fin, tienes razón, me vendrá bien quitarme las oposiciones de la cabeza. Es cierto que entre unas cosas y otras nunca nos tomamos el dichoso café. ¿Te parece bien a las ocho?
—A las ocho acabo, te espero aquí. Y prohibido hablar de oposiciones, que quede claro.
—Sí, sí. Clarísimo.
El opositor regresó a la sala de estudio. Su sitio permanecía vacío, rodeado por Drácula, la ninfa y un sujeto que vibraba como si tuviera debajo del culo un motor al ralentí, y movía los labios, repasando la lección o quizá preparándose para un atentado suicida.
El sonido del Whatsapp resonó en la sala y fue tan vergonzoso que su silbido se ralentizó hasta hacerse imperceptible. La usuaria del móvil cantarín lo hizo enmudecer con una rápida combinación de teclas.
Sergio contempló la extensa sabana que era aquella biblioteca como un avezado naturalista. Los bloques de estanterías cubrían las paredes, trufados de libros, como extrañas flores de baobab. Las caras sobre la mesa, en posición de inusitada penitencia estudiaban en relativo silencio.

Llegó el turno del tema 50, “Las revoluciones rusas, creación, desarrollo y crisis de la URSS”. El sonido de la bocina del acorazado Aurora resonó en el corazón de Sergio, que seguía pensando en su bibliotecaria y en el encuentro que tendría lugar dentro de dos horas. Mientras, los marineros del Kronstadt  deambulan por las frías habitaciones del Palacio de Invierno...
El opositor reescribió Kronstadt en su ficha de repaso y se regodeó pensando en su princesa Anastasia detrás del mostrador, desafiando a sus asesinos entre la nieve. Sabía que la ciencia había certificado que el cuerpo de la última hija del zar había sido sepultado en otra fosa, y por tanto no había sobrevivido, pero aquella leyenda le gustaba. Se abandonó un poco a su fantasía. Doctor Zhivago se iluminó esta vez en la estantería y Sergio se levantó, movió la silla hacia atrás sin hacer ruido, abrió el grueso volumen y leyó con deleite, como el que arranca la cabeza de una gamba y chupa sus entrañas: “¡Piense qué tiempos son éstos! ¡Y nosotros los estamos viviendo! Cosas tan increíbles tal vez sólo ocurran una vez en la eternidad”. Después dejó el libro otra vez en la estantería, se sentó en su sitio y volvió a reclinarse sobre la mesa.
Repasó mentalmente las fases de la revolución y su cronología; imaginó la brillante calva de Beria en su oficina de la Lubianka bajo la luz de una vela, organizando viajes a Siberia sin billete de vuelta.
Un ruido ensordecedor hizo crujir las ventanas y todas las cabezas se volvieron un instante. El vuelo de un reactor militar hizo que algunos se levantaran estirando el cuello, pero sólo pudieron atisbar el perfil de dardo grisáceo de un F16 alejándose hacia su base. Al menos la Guerra Fría ha terminado, se dijo y miró su reloj, que se resistía a rebasar las siete de la tarde.
La biblioteca es un espacio que asemeja un vacío. Las paredes de libros, la luz que entra por la ventana apenas tamizada por los delgados estores, componen un ambiente de misterioso limbo. Sergio notaba cómo su rendimiento se disparaba, pero después de su encuentro con la bibliotecaria le costaba centrarse. Retomó el cuarto plan quinquenal y sintió un leve vértigo al repasar las miles de toneladas de trigo y acero. Luego subrayó en su ficha estajanovismo y notó un fuerte dolor de riñones y sus manos hinchadas, incapaces de sujetar el bolígrafo.
La puerta de la sala se abrió. La bibliotecaria entró empujando el carrito con los libros para ser devueltos a su sitio y los fue colocando uno a uno, con delicada parsimonia. Sergio reparó en uno de los títulos: El espía que surgió del frío. Berlín. El muro, recordó. Derribado el 9 de noviembre de 1989. Otra vez aquel automatismo. Cualquier experiencia, una raíz brotando de un castaño, una zanja abierta para reparar una tubería, un niño sosteniendo un globo, la transformaba en dato histórico-geográfico, lo vinculaba a sus apuntes como si viviera encerrado en un juego de palabras encadenadas.
La bibliotecaria se acercó hacia donde estaba y le tocó con la varita de sus dedos.
— ¿Qué tal, cómo vas?
—Pues aquí estoy, repasando la revolución rusa. ¿Te ayudo?
—Si quieres…
Las manos de la bibliotecaria se deslizaban por el lomo de los libros, que parecían arquearse de gusto como un gato, a veces coincidían con las de Sergio y ese leve roce, agitaba su respiración y le llenaba de expectativas. La atracción amorosa es la única fuerza que puede transformar una actividad aburrida y mecánica en una experiencia placentera. Las hojas de los libros se transformaron en una lluvia fina que les envolvió durante ese escaso minuto de complicidad, como a Lara y Yuri en su dacha de verano, rodeada de narcisos amarillos. Fue una deliciosa pausa para Sergio, que vio como se alejaban por un momento sus obsesiones.
—Regreso al mostrador, te dejo con tus rusos.
Sergio levantó el puño y contempló a la bibliotecaria de espaldas alejándose, arrastrando el carrito vacío. Perestroika. Glasnot. Esto se acaba. Gorbachov se acercó entonces y con gesto serio se lo llevó de nuevo hacia su mesa.

sábado, 7 de abril de 2018

ERCKMANN-CHATRIAN


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De mis lecturas imberbes recuerdo con cariño una serie de novelas juveniles en las que el protagonista era un tal Flanagan, adolescente aspirante a detective. La primera tenía el sugerente título de No pidas sardina fuera de temporada y le siguieron muchas más. Me vino de inmediato a la cabeza cuando cayó en mis manos, por recomendación de Paco Castillo en La Metáfora del Viento, los Cuentos de las orillas del Rin. No porque tengan nada que ver en lo argumental, sino porque ambos fueron escritos a dos (o cuatro, siendo rigurosos) manos. Años después, ya no tan flaganadicto, con barba, pero sin mucho conocimiento, Andreu Martín vino a mi ciudad. Obtuve la autorización de mi profesora de Lengua para asistir a la charla que iba a dar en la Biblioteca Municipal. Y sí, fui yo solo, raro, pero eso lo pensáis porque no me visteis con diecisiete años. Un par de horas sin mí en clase seguro que era un alivio. Parece mentira haberme convertido ahora en don sermones. Pero bueno, a lo que iba. Al señor Andreu Martín le hice dos preguntas, la primera, lo molesto que estaba porque en sus novelas los malos siempre eran heavies. La segunda, cómo era capaz de organizarse para escribir con otra persona. Recordar sus respuestas sin inventarme nada sería mucho pedir. Vamos con lo segundo, parece algo difícil, ya que el acto de escribir tiene mucho de onanismo, pero no imposible. Sé de muchos guionistas que trabajan no en parejas, sino en equipo, ¿por qué la literatura debe ser diferente?

Émile Erckmann (1822-1899) y Louis-Alexandre Chatrian (1826-1890) nacieron en la región de Lorena, que con la vecina Alsacia fue zona de disputa franco-alemana y polvorín europeo. Erckmann en la pequeña ciudad de Phalsbourg y Chatrian en Lunéville, que según he visto en Google maps están a tiro de piedra, cerca también del Parque Natural de los Vosgos. Una región plena de ese verde atlántico y alpino, con fuerte impronta germana, por lo que se ve en las fotos. Añado estos detalles porque su tierra natal es la materia prima con la que trabajan Erckmann-Chatrian, con independencia del tema. Una colaboración que se extendió de manera ininterrumpida desde 1847 a 1886, nada menos. Fue una relación fructífera y exitosa, a partes iguales. Precisamente, parece que disputas respecto al reparto de los derechos de autor fueron las que rompieron la entente y truncaron la máquina de producir historias que, si han envejecido en algunos sentidos, siguen siendo emocionantes y perturbadoras. Hay que precisar que el reparto de tareas no era al cincuenta por ciento. El esbozo de las historias lo hacían entre los dos, pero las obras eran escritas en su mayor parte por Erckmann. Chatrian hacía después las labores de representante-administrador y negociaba contratos, derechos, etc.

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Vista aérea de Phalsbourg, localidad natal de Erckmann (Foto: http://www.hotelroomsearch.net/city/phalsbourg-france)

La producción de Erckmann-Chatrian, como la de numerosos escritores de la época, es notable en cantidad (casi el centenar, entre novelas y piezas teatrales) y calidad a decir de la crítica. Aunque no tuvieran procesadores de texto y el acto mecánico de escribir fuera más farragoso, carecían de redes sociales, teléfono móvil y todos los distracciones de hoy, aparte de que había un mercado y no existía Netflix. Cultivaron diferentes géneros. Mis lecturas han sido dos novelas histórico-patrióticas, pero con una fuerte orientación pacifista y un libro de cuentos de temática fantástica. En este sentido, Valdemar publicó una antología que ya no tienen en catálogo y espero decidan reeditar. Se titula Hugo el Lobo y otros relatos de terror, si algún buen samaritano la tiene en epub puede contactar conmigo a través del formulario y ganarse el cielo. Valdemar si mantiene disponible La invasión, o el loco Yegof, que describe la campaña de Rusia y es el precedente de las novelas que históricas que yo he leído.


Los Cuentos de las orillas del Rin son una antología con la traducción actualizada de Mercedes López-Ballesteros. Lo editó Reino de Redonda y contiene un sustancioso prólogo de Javier Marías. Son ocho historias ambientadas en la tierra natal de Erckann-Chatrian, tienen por tanto un tono costumbrista y popular: se retratan los tipos, las costumbres y corre la cerveza. Me ha sorprendido el pulso y habilidad con la que están contadas. No llegan a ser de terror, pero si tienen un importante elemento sobrenatural y cierto tono jocoso, burlón, o eso parece. La ladrona de niños te tiene en un puño todo el rato y el final es escalofriante. Son relatos que se mueven en los márgenes, en esas zonas de sombra de la naturaleza humana, como hace también E. Allan Poe, aunque a mí me recordaron más a E.T.A. Hoffmann. Ese ramalazo romántico es palpable en el primer relato, el más largo, titulado El tesoro del viejo duque, deudor de la célebre historia del sueño de Las Mil y Una Noches. He leído varias reseñas después y en general, creo que todos coincidimos en el placer de caer en el saco de un verdadero contador de historias, la evocación de un tiempo lejano, para leer a la luz de la lumbre, donde casi nada tenía explicación y la noche era, por definición, patrimonio de las tinieblas y el sueño, no de la luz azul.

Las otras dos novelas tienen como protagonista a José, joven aprendiz de relojero de Falsburgo (localidad natal de Erckmann). Con tres páginas leídas ya le vienen a uno a la cabeza los primeros episodios nacionales de Galdos y Gabriel Araceli (¿influirían en Galdós los escritores franceses?). Aparte de ese protagonista de origen humilde, son historias que se desarrollan en el contexto de hechos históricos relevantes, pero desde el punto de vista de una persona del pueblo, corriente y moliente. La traducción, además, es obra de Manuel Azaña, presidente de la II República española, así que el tono castizo refuerza todavía más la impronta galdosiana. La primera es Historia de un quinto de 1813 (1864) y la otra es Waterloo (1865), en una edición antigua de Espasa Calpe, aunque están disponibles en la Biblioteca Cervantes Virtual.

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Son muy entretenidas, narradas en primera persona, costumbristas y de aventuras, hay de todo un poco. Tienen partes que han envejecido mal, como es lógico y otras que mantienen el pulso y la emoción con la que fueron escritas. El pobre José quiere casarse con su prima Catalina, pero a Napoleón se la ha puesto entre ceja y ceja dominar Europa. José se ha librado de las quintas porque es cojo, pero tras la debacle de la invasión de Rusia es llamado a filas. Asistimos a las cuitas del nuestro recluta, en marchas interminables y batallas cruentas donde los soldados se disponen como peones en un tablero de ajedrez y son barridos por la metralla o luchan como animales por salvar el pellejo. Estas guerras napoleónicas (que cubren un ciclo de veinte años) quedan tan lejos que uno pierde la perspectiva, pero historiadores serios estiman que el número de víctimas rozaría los seis millones (solo en España fueron medio millón y la campaña de Rusia costó la vida a 600.000 soldados del bando napoleónico, sumando muertos rusos nos vamos al millón), a los que habría que añadir mutilados. Esto en una población europea de 180 millones. Vamos, para tomárselo en serio. Y Erckmann-Chatrian se lo toman. Aunque nacieron con posterioridad a los hechos, es casi seguro que utilizaron fuentes orales para preparar sus historias, hay una carga de veracidad innegable.

Aparte de José, destaca el personaje del Señor Gulden, maestro y mentor, antiguo jacobino que representa la esencia del republicanismo que abanderaban Erckmann-Chatrian. La tía Gredel, con su pragmatismo, hace de contrapunto, especialmente en Waterloo. Porque la guerra en estas novelas es vista como un horror, como una perturbación en la vida de gentes sencillas que son lanzadas a matar a otras, sin motivo real, tan solo el capricho de una élite hambrienta de poder que ha traicionado los principios de una revolución loable. Sirva de ejemplo un fragmento de este encendido discurso del citado señor Gulden:

Si los que nos mandan, diciéndose enviados por Dios, para hacer nuestra felicidad en este mundo, pudieran figurarse al comenzar una campaña a cuántas pobres viejas e infelices madres van a desgarrar las entrañas por satisfacer su orgullo; si pudieran ver sus lágrimas y oír sus lamentos en el instante en que les dicen: ¡Tu hijo ha muerto...; no le verás más! Ha desaparecido bajo los cascos de los caballos, o destrozado por una bomba, o en un hospital lejano — después de sufrir una amputación —, abrasado de fiebre, sin consuelo, clamando como cuando era niño...; si pudieran imaginarse todo eso, creo que no habría ninguno tan bárbaro que se atreviese a seguir adelante. Pero no piensan en nada; creen que los demás no quieren a sus hijos tanto como ellos: ¡toman a las gentes por bestias! Se engañan: con todo su inmenso genio y todas sus grandiosas ideas de gloria, no son nada, porque un pueblo — hombres y niños, mujeres y ancianos — no debe hacer la guerra sino cuando atacan su libertad, como hicimos nosotros en 1792 (…)

Waterloo, la continuación de Historia de un quinto de 1813, es más larga y al principio, más tediosa por los amores (ingenuos para nuestros estándares actuales) de José y Catalina. Me parece notable la descripción de la restauración borbónica, el regreso de los emigrados y el cambio de chaqueta de los oportunistas (una abrumadora mayoría). De adorar a la diosa razón, gritar vivas al Emperador y acudir a misa en tromba, muchos pasan sin un pestañeo. También la situación en la que quedan los veteranos de guerra, que son tratados como sarnosos cuando no habían tenido más remedio que batirse en las guerras que dictaba Monsieur Bonaparte y defender el suelo patrio de rusos y prusianos cuando todo se viene abajo. El relato de la batalla de Waterloo y la retirada posterior es vibrante, a ras de tierra, José no ve a Napoleón más que de refilón. Pero es un relato bélico de altura.

Para acabar, no he podido dejar de pensar en el destino del traductor, Manuel Azaña y algunos pasajes del libro, que seguro tuvieron que venir a su cabeza en medio de la vorágine política que le tocó vivir. Por ejemplo, cuando el señor Gulden dice:
El amor de Dios, a la patria y la familia son una misma cosa. Pero lo que nos entristece alguna vez es ver que el amor a la patria se desvía para satisfacer la ambición de un hombre y el amor a Dios, para exaltar el orgullo y el espíritu de dominación de un corto número de personas.
Cuántas veces ideas nobles son manipuladas para servir fines egoístas. Desde luego, Erckmann-Chatrian sabían de qué va nuestro mundo.

jueves, 22 de marzo de 2018

"Taxi" de Carlos Zanón

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En Taxi, la nueva novela de Carlos Zanón, se relatan las idas y venidas de Jose sin tilde, alias “Sandino” por su devoción al triple de los Clash, “Sandinista”. De hecho, cada capítulo es nombrado como una de las canciones del disco. Treinta y seis, para ser exactos, a las que hay que añadir tres descartes, el número de catálogo, fragmentos de una frase y las iniciales del Frente Sandinista. ¿Detalle molón o rompecabezas?

Durante siete días y seis noches de insomnio, primera alusión mítica en un libro plagado de ellas, acompañaremos a Sandino en su Toyota Prius por las calles de Barcelona. Una semana donde parece concentrarse toda una vida, uno de esos momentos de crisis existencial que jalonan la madurez. Y es que Sandino huye de todos y de sí mismo, pero vuelve como un yoyó. Su mujer le espera para tener con él una conversación, algo serio, se entiende. Sobre todo, vista la promiscuidad de Sandino, que dice querer a su mujer y no desea perderla, pero aprovecha los intersticios que le deja el trabajo para dejarse caer en los brazos de sus numerosas amantes, presentes y pasadas. Por si no le bastara con eso, Sandino se pone nuevos retos y se enamora de “Llámame Nat”, una pija inalcanzable casada con un escritor y para la que trabaja como chófer particular dejando a sus hijos cada mañana en el colegio. La clásica historia de “me gustan todas, pero te quiero a ti”.

Zanón construye un personaje agarrado con uñas y dientes a su inmadurez. Todavía haciendo gala de un mote que le pusieron a los diecisiete años, revoloteando como un niño, dando vueltas en círculo en torno a la vida adulta sin atreverse a entrar. Uno se pregunta qué será de Sandino cuando se tope con la vejez, que en realidad tiene a la vuelta de la esquina, si seguirá tumbándose en la playa a ver los aviones remontando el vuelo desde el Prat. Y es que el personaje de Sandino es el plato principal de Taxi, que viene acompañado, sin embargo, de numerosa guarnición. Y es curioso, porque esta se sirve, como en las bodas, la una detrás de la otra. A los aperitivos les sigue el marisco, luego la carne, el sorbete, el consomé y acaba uno con los chupitos, café y postre. Si te dejas algo, lo recoge el camarero y no vuelves a saber nada más.


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Foto de Carlos Zanón durante la promoción de Taxi (fuente: Abc.es)
   
La novela comienza con la historia familiar de Sandino, el entierro de su abuela y una urna de cenizas con las que tiene algún que otro contratiempo. Aparece intercalado el diario olvidado de una niña huérfana, a través del cual se indaga en las raíces sociales del protagonista y un choque de clases que aflora al final. El taxi, las diversas anécdotas donde brilla el trabajo de documentación y una Barcelona nada turística de fondo, es un telón que para mí no es más que eso, decorado. Por mucho que haya un exmosso corrupto y dolido por unos cuernos o clubes donde se aturde a los borrachos con burundanga para sacarles las entrañas o marroquíes que pasan sin transición del hachís y el rap a la yihad. Pero como reclamo publicitario, decir que es un retrato de la Barcelona real, la gran novela sobre Barcelona y etcétera, seguro que funciona.

Entradas aquí y allá, clientes que arrastran su historia personal de desespero. Parece que el taxi es el mejor diván, o el mejor escritorio, porque sus usuarios lo mismo se sinceran, entran en catarsis que mienten y fabulan. Cuestión esta, la de la mentira, muy interesante y que Zanón trabaja en varios momentos nada secundarios. Luego se irá agregando una trama criminal, junto a las derivas sentimentales de Sandino, que eclosiona en un último tramo de delirio, con sus peleas, contusiones, careo mafioso, destrozos y por lo que parece, ningún muerto. Para acabar, vuelta a la calma. Sandino seguirá huyendo, sin querer llegar a Ítaca. Detrás quedan varios interrogantes sin resolver, pero da igual. Stop the world.

Taxi es una novela que se resiste a las clasificaciones. Tiene un adobo de novela negra, un buen tercio de páginas destinadas a este fin. En realidad, es una manera de tenernos enganchados. Un aditivo, el glutamato monosódico que potencia el sabor del relato. Pero no creo que sea la historia última que Zanón pretende en Taxi. Temas como la incomunicación, la búsqueda del amor, la mentira, el clasismo, el desarraigo, las relaciones familiares. Todos universales que otorgan una larga fecha de caducidad a Taxi. No es una novela ni mucho menos perecedera, de usar y tirar.

El estilo de Zanón ya lo conocemos. Es versátil y a la vez tiene su sello propio. Hay poesía encubierta o deliberada, hay momentos de ametralladora y pausas filosóficas. De completo ensimismamiento. Aún con sus resbalones, se mantiene en pie con gran dignidad. Me gusta, me conmueve. Cualquiera se siente a veces como Sandino, aferrado a su pasado, sin futuro, deambulando por el presente como si le hubieran echado burundanga en el vaso. ¿Y qué hacer? Tirar hacia delante, ayudar a los amigos. Vengarse y ser vengado. Tener sexo sin amor y amor sin sexo. Enamorarse, sobre todo de uno mismo y desear justo lo que uno no tiene en ese momento, en un bucle sin fin. Tomar decisiones estúpidas para meterte en líos y luego, ocupado en salir de esos embrollos, eludir el fondo de la cuestión, ¿qué hago con mi vida? Un kamikaze que quiere matarse y a la vez salir ileso, sin poder explicar esa paradoja. Ese es Sandino. Una novela al servicio de un personaje. Tan narcisista como empático. Tan preocupado por sí mismo como por los demás.

Post scriptum

Escribí esta reseña del tirón, después de acabar Taxi, hace un mes o así. Apenas si he corregido algunas repeticiones, de ahí su tono tan crudo. De paso, me he dado cuenta, sobre todo después del encuentro con Zanón el pasado 1 de marzo, que hay cuestiones nada desdeñables que pasé un poco por alto. Por ejemplo, en una entrevista en El Periódico, Zanón afirma lo siguiente:
A medida que va avanzando la novela Sandino va entendiendo cosas de la vida de su abuela, que es una novela en sí, y el paralelismo del desclasamiento en una sociedad como la de Barcelona que no se ve, pero es muy clasista. Su abuela llega hasta un punto en que esta integración en una familia que a priori era la suya se trunca, y a Sandino Llámame Nat le dice ‘hasta aquí’. Quería una novela que se saliese del marco y manchase la pared. Una sociedad clasista funciona creando la apariencia de que no lo es, hasta que te dejan claro que no eres de ellos.
En fin, que hay mucha miga en Taxi. Acabo con un nuevo link, porque Zanón, como cualquier escritor que se precie, siempre está con el cazamariposas preparado y sacó tema para su tira semanal en La Vanguardia a partir de una anécdota personal de uno de mis compañeros de trabajo, que entronca de paso con Taxi. Se titula Geppetto y las cien mil camisas. Lo podéis leer aquí. Me despido con mis mejores deseos para esta semana tan santa que se avecina.

viernes, 16 de marzo de 2018

QUE VIENE EL GRUNGE

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Cuando era niño, en la cocina de mi casa había una pequeña radio. Mi madre sintonizaba la emisora local, donde pinchaban una y otra vez los hits del momento. Al contrario que mis ídolos musicales, que crecieron escuchando jazz y rhythm and blues, lo mismo en la radio que en un burdel, la banda sonora de mi infancia fue más prosaica. Junto al reproductor de casetes siempre había alguna cinta con las mejores muestras de la canción melódica. Es lo que tenía mi padre, podía ser más bruto que una reja con vertedera, pero en el fondo era un romántico. En la cúspide de esta pirámide, como el embutido y la carne procesada, reinaba Isabel Pantoja. Viendo la portada de sus cintas, me parecía una señora guapa, con algo de barba y pecho prominente. Un alma cándida que cantaba letras de amor, la desamparada viuda de un torero. No imaginaba, con mis escasos cinco o seis años, que guardara el dinero negro en bolsas de basura.

Por allí andaba también Julio Iglesias, sobre el que sobran las palabras y un cantante que se hacía llamar El Puma. Desde niño he sido propenso a sufrir ataques de melancolía. Cuando me sobrevenía uno de ellos, me dedicaba a vagar por las eras desoladas, entre los brotes de trigo irredento, escuchando el eco lejano de los perros, inventando al compás de la música de la radio letras donde relataba mi vida sin sustancia.

Durante este periodo de aprendizaje hubo también flamenco al calor de la lumbre los domingos de invierno, la boca llena con un pedazo de longaniza cocinada entre las brasas, sorbiendo a escondidas de la bota de vino tinto. Redondeaban la función las sintonías de los dibujos animados, la música de los anuncios y las series de televisión. Mi favorita era la del Equipo-A, con el redoble de caja al principio, la melodía principal con las trompetas y después la guitarra eléctrica acompañada del piano, en fin, una pequeña joya.

Estos momentos musicales se llegaron a entremezclar con un incipiente deseo sexual, sobre todo cuando presencié de manera subrepticia la actuación de Sabrina, sobrecogido por el silencio de los adultos varones que en la habitación se hallaban petrificados frente al televisor. Las canciones infantiles eran positivas y luminosas, se memorizaban fácilmente y siendo ya mayor me divertía añadir palabras obscenas o modificar la letra a mi gusto. Con toda probabilidad me ayudaron a interiorizar la escala mayor natural.

Por supuesto, carecía de cualquier tipo de destreza musical. Según me han contado, en el colegio a mi madre le dijeron que tenía facilidad para entonar e inventar melodías y para el dibujo, porque reproducía de manera bastante fidedigna para mi edad todo lo que veía, incluido al profesor de la entonces llamada gimnasia. Abortada la posibilidad de aprender música de manera reglada, optaron por llevarme a dar clases de dibujo con una señora mayor, casada, pero sin hijos y que me acogió como el suyo propio, dedicándome mucho tiempo, pero sin lograr dar al mundo otro Antonio López. Murió en un accidente de autobús junto con su tía octogenaria, recuerdo ir al entierro acompañado de mi madre. Su casa fue demolida para levantar pisos y me pregunto qué fue de aquella foto de primera comunión que mis padres le regalaron y que colocó orgullosa en el aparador de la entrada.

Abriéndose paso junto con la adolescencia, bregando contra el techno-pop que pinchaban en las discotecas y el bochorno al ejecutar la coreografía del Saturday Night para poder arrimarse al racimo, en medio de todos estos elementos adversos apareció un día un compañero de colegio con una camiseta que me atrajo como un imán. En ella aparecía un bebé de pocos meses sumergido en una piscina, tratando de alcanzar un billete de un dólar prendido de un anzuelo. Estoy seguro que no fui el único si afirmo que aquello supuso un giro copernicano en mi idea de lo que la música era o debía ser. Me identificaba con Kurt Cobain, su voz desgarrada, la distorsión y el ruido, despertaba en mí emociones y sentimientos reprimidos. Aquella música era un espejo donde mirarme. El vacío y la banalidad del techno, las melodías almibaradas de la música melódica que escuchaba mi padre, por ejemplo, eran un apósito: algo extraño, castrante, sin vida. Pero Nirvana era como mi sombra, porque se proyectaba a partir de mí mismo y era un reflejo aproximado de lo que yo sentía. En medio de la tormenta adolescente, conseguí divisar un faro hacia el que nadar y ponerme a salvo, un punto de apoyo para dejar de bambolearme y descubrí que se llamaba música Rock y que había más y que Nirvana era algo nuevo, que calificaban como Grunge, qué sabía yo. 

Ese compañero de clase se llamaba Víctor. Había vivido en Madrid, era dos años mayor, iba en moto, llevaba un largo flequillo teñido de rubio con agua oxigenada y pendientes de aro. Andaba siempre con chicas detrás en procesión, como si fuera el flautista de Hamelín. En fin, cumplía todos los requisitos de cualquier chico malo, y por alguna razón permitía que hablara con él o compartiéramos un cigarrillo de vez en cuando. En otra de sus camisetas, con la efigie de la estatua de la libertad, descubrí que la mayor banda del mundo eran los Guns N´ Roses y que la gente llenaba estadios, miles de personas, ¡solo por verlos! También que el mejor grupo español, en opinión de Víctor, era Barricada y un grafiti en una tapia acabó de refrendarlo. Años más tarde estrelló su moto contra un muro, dejando un cadáver joven, condenadamente joven. Es extraño pensar que las personas que me iniciaron en el arte murieran de esa forma violenta, pero así es la vida, te estalla en las narices como una bomba si apenas rozas, con intención o sin ella, el cable equivocado.

jueves, 8 de marzo de 2018

"El ADN dictador" de Miguel Pita


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Además del terreno seguro de lo literario, me atraen las lecturas divulgativas, no solo de Historia, Filosofía o Antropología, donde tengo más puntos de referencia, también me gusta asomarme al mundo de la Biología y la Física. Hay autores valiosos, magníficos y el formato libro te permite ahondar más que el clásico documental cuyo efecto en muchas ocasiones dura lo que una nube de verano. Para el caso que nos ocupa hoy en la llanura, El ADN dictador, se trata de una eficaz introducción al mundo de la genética. Lo dice un lego en la materia que en ningún momento se ha sentido desorientado ni confuso con su lectura (de ahí lo de “eficaz”). Su autor, Miguel Pita, es doctor en Genética y Biología Celular. Imparte clases de Evolución y Genética en la Universidad Autónoma de Madrid y este bagaje docente intuyo que ha sido clave para ofrecer un libro instructivo y ameno a la vez.

El ADN dictador está estructurado en torno a cuarenta capítulos muy breves, que por separado podrían funcionar como artículos periodísticos (o un post). Estos capítulos tienen una entradilla con sugerentes ilustraciones, donde se lanzan preguntas que a todos nos asaltan de vez en cuando y ante las cuáles la ciencia puede ofrecer indicios de respuesta. Por ejemplo, el primer capítulo, que se titula “el microchip que llevamos dentro”, comienza así:
¿Somos por completo dueños de nuestro destino, o estamos condicionados desde que fuimos concebidos por nuestros padres? ¿Estamos sometidos al designio de nuestros pequeños dictadores, los genes? ¿Nacemos o nos hacemos?
Hay un tono didáctico muy marcado, como debe de ser. El hilo conductor es una mujer ficticia, Ale, cuyas dudas y observaciones cotidianas dan pie a muchos de los temas tratados. Los ejemplos, datos y cifras, a veces son meramente ilustrativos (el autor siempre lo advierte) y sirven para reforzar la comprensión de aquellas cuestiones más arduas. Pensando en esto, quizá no sea un libro para expertos, pero, ¿para qué quiere uno que le expliquen lo que ya sabe? La cuestión es cultivar la tierra inculta, no arar lo ya arado.

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El ADN dictador está bien estructurado y se mueve de lo general a lo particular. Después de ofrecer una panorámica general o introducir un concepto, por ejemplo, la nutrición, le sigue algo más concreto y sugerente, en este caso nuestra humana afición al dulce.

La selección natural es planteada a fondo, Pita trata de desmontar la tergiversación decimonónica que todavía persiste y que el define como “La (chorrada de la) supervivencia del más fuerte”. De gran interés son los capítulos dedicados a la deriva por azar. Ambos conceptos conducen al meollo de la cuestión, “el 2-ADN, la macromolécula que nos configura”. Es sugerente pensar, sobre todo por el difícil encaje con el reduccionismo-apisonadora actual, que cada persona es una de entre millones de combinaciones posibles. En concreto:
Tener el 2-ADN dividido en 23 pares de cromosomas quiere decir que para cada matrimonio hay 70.000.000.000.000 de posibles hijos distintos, aunque muy parecidos entre sí, que son las formas de combinar los 23 pares de paquetes (sin contar el sobrecruzamiento ni las mutaciones).
En el capítulo “la mutación es bella”, Miguel Pita nos enseña que las modificaciones casuales del ADN “son las culpables de la evolución, para bien y para mal”. Puede que una simple mutación esté en el origen de la expansión del neocórtex humano, un clic casual que encendió la mecha de nuestra inteligencia. De verdad que no entiendo por qué la gente se devana los sesos con las religiones, con lo fascinante que es la ciencia. Como es rutina en El ADN dictador, Miguel Pina trata de desmontar mitos respecto a las mutaciones, que serían pre adaptativas y no al revés.

Conocer que existe un nexo de unión entre todos los seres vivos del planeta es hermoso, hay una poesía que subyace, aunque enseguida venga un jarro de agua fría: los virus. Esos “supervivientes a costa ajena”.

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El autor (en la foto) aborda cuestiones que han hecho devanarse los sesos a cerebros de generaciones y culturas diferentes: el libre albedrío y la teoría de la tabla rasa. Una de las cosas que me gusta de este libro es que no ofrece respuestas categóricas. Se aportan indicios, pruebas, afirmaciones, con infinita prudencia. Se deja un campo para el debate y la reflexión. No es dogma y esta es diferencia esencial entre ciencia, religión e ideología (que no deja de ser una forma de religión, ya que el matiz se persigue como disidencia).

Hay que decir que Miguel Pina se moja. ¿Influye —que no determina—la genética en la infidelidad? ¿Y en la orientación sexual? ¿La monogamia tiene una base cultural o hay indicios en nuestra naturaleza? ¿El comportamiento reproductor de hombres y mujeres puede estar condicionado por sus células sexuales (la llamada varianza de fitness)? Hay unos capítulos muy interesantes respecto a lo que él llama “la pareja perfecta”, esto es, lo que el ADN nos señala a la hora de buscar una media naranja, que no es sino una vía de nuestro gen dictador para perpetuarse y saltar otra generación. Sin llegar a negar la maleabilidad de nuestra especie, fuertemente influida por su nicho cultural y con un cerebro, como explica Pita, bastante mentirosillo.

El amor, el miedo a la muerte y otros comportamientos inconscientes son tratados al final, creo que con menos consistencia o detalle que los anteriores. Quizá Miguel Pita creyó que el libro se alargaba demasiado (350 páginas de ciencia, buff, aunque yo las prefiero a mil de Ken Follet). O temía entrar en terrenos pantanosos. Expresión de los tiempos que vivimos, donde cualquiera puede sentirse ofendido y hay que hacer pasar todo (quepa o no) por el aro de lo que debe ser, es el epílogo final. Voy a citar un extracto, donde me apena que el autor deba pedir disculpas por si las moscas. El resto lo suscribo por completo y dejo así aleteando el mensaje sabio de un sabio para acabar.
Espero que la lectura no provoque reacciones adversas. La vida es un acontecimiento impresionante, aunque puede tener aspectos que no coinciden con los deseos expresos de las sociedades humanas contemporáneas. Querría que tampoco ofenda a nadie lo que escribo sobre comportamiento humano, pues no es mi mundo ideal, es el que observamos quienes dedicamos tiempo a analizarlo y describirlo (…) La biología es como es y la buena noticia es que podemos controlarla; no perdamos el tiempo criticándola ni desacreditando a quienes la estudian (…) Miremos hacia los lugares que necesitan un arreglo, y que nadie abomine ni reniegue de nuestra naturaleza, pues está en nuestras opciones atemperarla (…) El que abomine de algo, que lo haga de cuanto hacemos y dejamos de hacer con nuestras decisiones libres en nuestra sociedad y a lo largo de nuestra corta e insignificante historia.
Si te has quedado con ganas de más, una estupenda entrevista al autor aquí.