domingo, 27 de noviembre de 2016

KILÓMETRO

                      

Para recorrer casi todo el escenario de mi vida, la tabla donde transcurre mi existencia, me basta apenas un kilómetro. Son quince minutos, algo menos a buen paso. Es mi jaula, los límites del prado donde pazco. El cerco, la barrera y en su interior mastico con parsimonia, rumiando los días que me han sido asignados. Desconociendo, como todos, el final.

Para ir al trabajo recorro un pasillo arbolado, una cúpula de ramas, bronquios y alvéolos que se estiran hacia el cielo, retorcidos al despegar, erizados al fin en su extremo, como si hicieran un último esfuerzo por alcanzar lo que no se puede tocar. Su tronco se bifurca. Son los árboles mis testigos, los postes que acotan mi camino. Ahora es invierno y sus extremos, como púas, tejen una tela de araña sobre mi cabeza. A veces distingo en algún tronco una protuberancia, como un tumor. Se retuerce y abre como una llaga. Esa bóveda me conduce al trabajo, sí, y también a la casa de mi adolescencia. En su buhardilla ahogué muchas tardes entre mis dedos, perdí el tiempo, un tiempo irrecuperable. Se perdió y ahora viven desconocidos en ella, otro niño mora bajo el tejado, asomado a la ventana, contemplando el mar de tejas, los límites de su jaula.

Apenas unos metros de donde vivo, pasé mi infancia. Las calles eran de barro y enfrente, las eras pedregosas y el trigo salvaje brotaba entre las piedras. Había un viejo caserón, derribado el tejado por un rayo. Viejas tierras que arañaron mis pezuñas, con el tiempo recalificadas y construidas. Allí acabé viviendo, en el mismo suelo en donde ardían los rastrojos y los grillos excavaban sus galerías y los esqueletos de los galgos yacían consumidos por el sol.

Trazo otra línea y me ubico en la casa donde nací. En una cama, asistido por una vieja comadrona. No hay que andar mucho para llegar a la casa de mis abuelos, donde quemé los primeros años de mi infancia. Todo resumido en un cerco tan estrecho. Apenas he salido de aquí. Es mi jaula. Poco más lejos nacieron mis hijos y conocí a mi mujer. Poco más lejos, tengo reservado un hueco en el camposanto. 

Foto: Multicoloured rib cage, Alexis Robiov (saatchiart.com)

viernes, 11 de noviembre de 2016

LEONARD COHEN

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Cuando le concedieron el Nobel a Bob Dylan leí todo tipo de opiniones al respecto. Algunas, bien argumentadas, exponían sus reservas e incluso su rechazo hacia un reconocimiento que opinaban, como poco, exagerado. Otras, se burlaban haciendo alarde de ignorancia. Ya sabemos los estragos del fenómeno denominado “cuñadismo”. Una tercera posición era la de los que defendían el premio, aludiendo entre otras cosas a la tradición de los trovadores. Entre los primeros y los terceros (no los cuñados, claro), surgía de cuando en cuando un nombre que por desgracia hoy es protagonista de periódicos, telediarios y de este post, el del poeta y músico canadiense Leonard Cohen. Para los entendidos, tan merecedor del Nobel como Dylan, pero con mejores credenciales en lo que a literatura se refiere. Un músico y poeta, aquí si estaba claro el binomio y sí había unanimidad, que ha marcado a tres generaciones. 

Al respecto, reconozco que las raíces folk y luego la transición al blues y el rock de Dylan, junto a las versiones que otros artistas llevaron más allá en lo musical (pienso en Jimi Hendrix y su All along the watchtower), me han atraído más del músico norteamericano que su pulsión poética, sin dudar de ella, sobre todo porque no me he puesto a la tarea, aunque he escuchado a apasionados defensores de su valor, como Benjamín Prado. En cuanto Leonard Cohen, hay algo subyugante y místico en su voz grave, que alcanza elevadas cotas de expresividad y su perfil indudable de poeta además de músico. En casa tengo un disco doble suyo con unas treinta canciones, que curiosamente no contiene las letras (luego se rasga la industria discográfica las vestiduras con la piratería, pero vaya manera de tratar a un artista de la palabra). En el libreto del disco, eso sí, hay una foto preciosa de Cohen sentado de espaldas (la reproduzco a continuación), frente a un paisaje de casas blancas y tejados típicamente andaluces, puesto que el músico vivió en España y se familiarizó —y adaptó—con la poesía de García Lorca. 

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Todos tenemos un archivo de canciones que han forjado o se han adaptado a nuestro carácter y sensibilidad, acompañándonos un largo trecho. Leonard Cohen me ayudó a aflorar ciertas emociones enquistadas en algún momento, fue mi terapeuta emocional, me hizo feliz y canalizó mi angustia, mi tristeza, para evitar que se desbordara y acabara ahogándome. Y cuando nació mi hijo mayor me ayudó a relajarlo durante aquellas tardes interminables que nos dio el llamado “cólico del lactante” y dijeron los médicos con razón que se solucionaría solo, pero lo cierto es que la poesía y la música lo atemperaron y había que ver a unos padres primerizos en el brete. Por cierto, algún remanente ha quedado, porque en cuanto he puesto la canción ha subido a ver lo que estaba tramando y me ha traído una porción de bizcocho recién hecho. Bonito edén, ¿verdad? Cohen, un ángel rubio de cuatro años y un bizcocho —falta el chocolate caliente, pero lo ponemos si queréis—. Tan solo me queda elegir una canción para ilustrar este post urgente en homenaje al maestro, se trata de la hipnótica y emocionante “Waiting for the miracle”, que he encontrado con subtítulos en castellano en Youtube. Y seguir escuchándolo, como tantos millones de personas de todos los países, culturas y edades imaginables esta tarde. Si las ideas religiosas o politicas desunen, la poesía y la música, que duda cabe, son el verdadero pegamento de este mundo. Por eso molestan tanto a los fanáticos.

          

sábado, 5 de noviembre de 2016

PASÍFAE EN UN PASO DE PEATONES



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Fue en un paso de peatones con semáforo. A pesar de que estaba en verde, no perdía de vista la furgoneta negra que, encabezando una larga fila de coches, reducía la marcha para no parar. Los peatones cruzaban con paso marcial en ambas direcciones. Disponíamos de apenas diez segundos, al compás del pitido carcelario del semáforo. Vigilando la cuenta atrás proyectada en la pantalla, un muñeco verde se deslizaba bajo los números.

Diez, nueve, ocho…Y entonces chocó conmigo, pero no de manera fortuita sino con toda intención, porque fue algo tan leve y contenido como una caricia. Siete… Ralentizó la marcha y me miró de reojo y yo también la miré, alargando lo que pude esa décima de segundo, que en algún universo paralelo duró un siglo.

Seis, cinco… Seguí caminando, sin voluntad, como una hoja arrastrada por la corriente y sin mirar atrás, no sé por qué. Cuatro, tres… Llegué al final del paso y entonces sí, me di la vuelta. Zapatillas de deporte, un estrecho pantalón corto de lycra, camiseta rosa fluorescente con el número 20. Dos, uno… El muñeco pasó del verde al naranja y finalmente al rojo. Luego se quedó estático, imitando mi pose escrutadora.

Me concentré en el vaivén de las caderas de la joven, que pronto se perdería inexorablemente, engullida por las fauces de una inoportuna esquina. Y sucedió algo milagroso, porque justo entonces se detuvo y quizá advertida por los ojos de su nuca, giró la cabeza exhibiendo su perfil de nariz afilada, frente alta y labios pequeños de princesa minoica y clavó sus ojos en los míos, lanzando un dardo sobre mis pupilas, que se cuartearon como si fueran de cristal.

Ahora los coches atraviesan el paso de peatones. Un operario conduce una furgoneta cargada de material de construcción, mientras por detrás, en un coche familiar, un padre con expresión hastiada chasca los labios. Sus dos hijos adolescentes se entregan con frenesí a sus teléfonos móviles. Una ruidosa moto les adelanta. Súbitamente aparece de entre la bruma un coche tuneado, con las ventanillas traseras tintadas. El conductor reduce la marcha y exhibiendo su brazo hipertrofiado fuera de la ventanilla, me mira con desdén y estira el cuello hacia la esquina donde se ha perdido mi princesa Pasífae. Resoplando, se aleja convertido en un toro blanco, hasta que regresa el tac-tac y el muñeco vuelve a deslizarse como si fuera en patines y comienza de nuevo la cuenta atrás, diez, nueve, ocho…

viernes, 21 de octubre de 2016

"Amistad de juventud" de Alice Munro

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Alice Munro (1931) es una escritora canadiense a la que buena parte de la crítica considera la “maestra del cuento contemporáneo”. Nació y se crió en una zona rural de la provincia de Ontario, se casó con tan solo veinte años y tuvo tres hijas. Según he leído en una entrevista, su ajetreada vida doméstica apenas le concedía una pequeña tregua durante el tiempo de la siesta, que era cuando podía darse al placer de escribir. Así se fue fraguando su estilo, de manera tan sólida, que cuando sus hijas crecieron ya había quedado atrapada en el laberinto de contar mucho en pocas páginas y lejos del arquetipo de escritora de largas y meditadas novelas. Ese proceso de destilación literaria, de elaboración pausada en los intersticios de la vida doméstica, probablemente fortaleció su singular capacidad para concentrar un universo, una novela entera, en treinta o cuarenta páginas. 

Se trata de diez historias de unas treinta o cuarenta páginas de extensión cada una. Los protagonistas suelen ser mujeres y por tanto, el punto de vista es netamente femenino. Los hombres quedan en general tan solo abocetados, poco definidos, apenas rasca la autora en su superficie. En cambio, ellas son expuestas con todo detalle. No son perfectas, al contrario, no hay una mitificación de la mujer ni un combativo feminismo, no son víctimas, ni tampoco seres trascendentes. Se relata su vida, los momentos de transición o las encrucijadas que tienen que afrontar, la manera en la que rompen la cáscara conyugal, sus infidelidades, divorcios, su búsqueda de la propia identidad, desafiando al destino. Sus problemas domésticos, en fin, su cotidianidad.

La escritora canadiense Alice Munro. | AFP
Alice Munro ganó el Premio Nobel de Literatura en 2013 (Foto: El Mundo)

Atrapan porque Munro logra crear una relación de intimidad entre sus personajes y 

el lector. Por ejemplo en “Oh, de qué sirve” nos relata la historia de dos hermanos, Morris y Joan y una niña que vive en su vecindario, Matilda. Con saltos temporales, la autora expone varios momentos de sus vidas, hasta su madurez. Ocurre también en “De otro modo”, donde dos amigas, Maya y Georgia, se reencuentran después de treinta años sin verse y rememoran su pasado.
La cuestión temporal es interesante. Se superponen espacios y tiempos, la voz narradora salta de un lugar a otro. Se detiene y dilata en aquellos momentos trascendentes, mientras que pasa por encima de lo banal. Son relatos construidos a través de instantáneas, como si cualquiera repasara su vida en carrusel y decidiera detenerse en este u otro punto, y rememorar con detalle, pasando rápidamente después hacia otro lugar. Esto proporciona cierto aire de nostalgia, especialmente en “Agárrame fuerte, no me sueltes”, en el que una viuda viaja al lugar donde su marido pasó parte de su juventud. El paso del tiempo ha hecho tales estragos, que nadie parece recordarlo. Es angustioso pensar que los años pueden verter esa capa de olvido y borrar nuestro rastro de lugares que nos han marcado. Da mucho que pensar en la existencia de uno mismo y su relativismo.

En cuanto al estilo, es bastante realista. No hay alusiones, todo se dice y queda al descubierto. Es preciso, sin alardes retóricos. Hay matices, eso sí, dispersos aquí y allá, como breves relámpagos. Son cuentos que requieren una lectura pausada y minuciosa, son para degustar como un producto culinario elaborado, no engullirlos como fast food. Y sobre todo releerlos, por lo que palpita en ellos esa condición del relato que lo distingue de la novela y lo aproxima a la poesía, la necesidad de ser revisitado.

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Entorno rural cerca de Ontario, similar al contexto en el que se desarrollan buena parte de los relatos
(Foto: http://fotosmundo.net/paisajes-hermosos-ontario/)
La mayoría de las historias se desarrollan en un medio rural humilde, en pequeñas granjas o aldeas, lo que conecta con la propia experiencia vital de Alice Munro. Hay un gusto por el detalle, por los objetos y el entorno familiar y doméstico. Otro punto a favor es su maestría con los diálogos, certeros y naturalistas, perfectamente insertados dentro del relato.

El tema de la amistad, que da nombre al libro, actúa como hilo conductor en la mayor parte de las historias. La amistad con su fecha de caducidad, irrecuperable cuando se pierde o abandona, imposible de revivir después en las mismas condiciones. Hay traiciones y olvido, nostalgia, remordimientos y miedo. Aquí la autora supongo que expone su propia experiencia: con ochenta años el recuerdo de la amistad de juventud se emborrona y da pavor incluso certificar su fin.

Amistad de juventud es uno de esos libros que dejan huella y una herida que nunca cierra. Una desazón que solo se calma releyendo, como una fotografía que se saca del álbum y se mira miles de veces y cada vez nos evoca cosas nuevas y nos hace revivir emociones que creíamos haber olvidado.


Esta reseña la escribí el verano pasado, cuando leí el libro y la tenía olvidada entre tantas. De momento, mientras recupero el ritmo lector no está de más recordar a una de las grandes del relato contemporáneo y reivindicar de paso el Premio Nobel de Literatura. 

viernes, 7 de octubre de 2016

PUBLICAR A TODA COSTA



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Paso por un momento, quizá contagiado por este otoño tan seco y caluroso, de sequía lectora. Me gusta dedicar tiempo a mi trabajo fuera de la jornada matinal, nadando a contracorriente de lo que la mayoría presuponen. También por supuesto estoy con mi familia y hago deporte, el que puedo: la actividad física es un potenciador natural, especialmente del bienestar psicológico. La noche suelo dedicarla a leer o escribir, generalmente las dos cosas porque soy multitarea, a mi pesar. Digo suelo porque llevo un mes en el que mis hijos están francamente rebeldes y se niegan a irse a la cama a una hora razonable para su edad (casi cuatro y dos añitos). Uno de los rasgos de mi carácter que he fortalecido con la paternidad es el de la paciencia y me aplico a la tarea de dormirlos como si fuera un Buda. Revoluciones aparte, la cuestión es que a las once y pico de la noche, cuando consigo que ronquen, ya estoy en el punto crítico del agotamiento. Así que mis ansias lectoras (que vosotros, blogs amigos, alimentáis) se ven interrumpidas, pero no menguan. Lo mismo ocurre a la hora de escribir, estoy todo el día en estado de ebullición, con la tapa bailando encima de la olla de mi cabeza y en cuanto agarro el teclado el tableteo de ametralladora de mis dedos (por suerte escribo rápido), durante treinta minutos o una hora, es casi incesante. El resultado, pues algo como esto. Un ruina montium, al estilo de los romanos. Agua, barro y espero que alguna pepita, aunque sea de oro “golfi” (se escribe “gold-filled”). 

Se me olvidaba el motivo por el que me he sentado a escribir ahora, cerca de las doce. En parte es por no perder el hábito. Como no tengo lecturas nuevas (todavía estoy acabando Los detectives salvajes y tengo un libro de Savater a medias, pero este no cuenta), pues os cuento mis cuitas literarias, ya que el blog va un poco de eso. 

Esta semana he recibido dos emails un tanto desconcertantes. En el primero, me anunciaban el fallo de un concurso de novela corta. Dejo un pantallazo, borrado lo esencial, que tampoco me quiero meter en líos. Bastante tengo con el mundo real para embarrarme con el virtual. Para los perezosos, el mensaje dice que no he sido el afortunado (naturalmente, pero el caso es probar), pero que han hecho una selección de obras (intuyo que es mentira) “que tendrían cabida en su sello editorial” y debido a la falta de presupuesto, no pueden publicar. Eso sí, si considero “oportuno aportar los recursos económicos necesarios”, pues ellos encantados. Les ha faltado pedirnos que saquemos la basura y al perro. En fin, yo sé que la autoedición es moneda corriente en autores nóveles, pero esta “oferta” es ya pasarse de listos. Aunque soy muy ignorante del mundo editorial y lo mismo el que se está pasando de listo soy yo. Lo peor es que el mensaje toca un tema peliagudo y es el de la vanidad, que todos tenemos en mayor o menor medida. “Hemos hecho una selección de 20 novelas”, entre trescientas y pico. Uno se pregunta, ¿será verdad eso de que estoy en el Top-20? Pues mi intuición, que falla poco, me dice que no. Esto es una táctica comercial. Así que a la papelera de reciclaje. 



El segundo mensaje va en un sentido parecido. Este verano acabé un conjunto de relatos que tengo sobre el tema del desarraigo, la memoria y tampoco os quiero cansar, pero se me pasó por la cabeza tratar de publicarlos. Una editorial me contestó esta semana con otra oferta “tentadora”. En resumen, más de lo mismo. Tocan la fibra de la vanitas (corto y pego: la difícil situación por la que atraviesa el mercado editorial ha impedido valorar positivamente las posibilidades comerciales de una obra cuyo autor aún no goza de la notoriedad que merece) y luego me ofrecen una coedición, cosa de poco: desembolsar mil eurillos para comprar cien de mis libros. Eso sí, una inversión—aseguran— fácilmente recuperable. No he contestado todavía a este email. 

Ambos mensajes me han hecho pensar en la cuestión de publicar. No tengo mucho tiempo, ya lo comentaba. Además, escribo ficción desde hace unos dos años. Antes le dedicaba tiempo a un diario personal y a pergeñar poesías espantosas, sin rima ni nada, pero que me servían de purgante. A pesar de todo, ya tengo una producción más o menos copiosa, teniendo en cuenta las circunstancias. La gran mayoría no lo ha leído ni mi mujer. Algunos han recibido algún premio menor o han sido finalistas y por ahí andan, en antologías de andar por casa. De todo esto, me ha extrañado no tener ilusión por publicar, una vez que he recibido estas dos ofertas que aún a pesar de sus condiciones leoninas, me deberían hacer dudar. Pero en mi caso, casi me han llevado a desistir de seguir intentándolo. Es decir, seguir enviando material a concursos o a editoriales (esto será temporal, espero). Si publico algún día, no quiero arrepentirme luego. No quiero avergonzarme. No sé si es soberbia por mi parte, pero me gustaría que mereciera la pena lo que hago si me decido a darle visibilidad, no para entrar en el Olimpo, que desde hace tiempo está cerrado a cal y canto. Pero como escuché hace poco a Benjamín Prado, y ya son las doce y media, tengo que acabar porque luego me ataca el insomnio, vocación y equivocación son palabras demasiado parecidas. No quiero equivocarme y ese miedo, me parece a mí, convierte a la vanidad en una cucaracha que apetece escuchar crujir bajo el zapato.  

*La fotografía del principio es la Alegoría de las Artes de Vicente Palmaroli González (1834-1896) (laalcazaba.org)

viernes, 23 de septiembre de 2016

"La bailarina de Izu" de Yasunari Kawabata



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Yasunari Kawabata nació en Osaka en 1899. Quedó huérfano con tan solo tres años; en realidad, tal y como señala en alguno de sus relatos, perdió a casi todos sus parientes siendo muy joven. Mantuvo una estrecha amistad con otro de los grandes escritores japoneses, Yukio Mishima. Además de la literatura también se dedicó al cine, participando como actor y guionista en algunas de las adaptaciones de sus historias. En 1968 se convirtió en el primer escritor japonés en recibir el Premio Nobel de Literatura. Murió en 1972 por inhalación de gas, se cree que de manera intencionada. 

La bailarina de Izu (Seix Barral, 2016), es en realidad una colección de relatos. Está dividida en dos partes. En la primera, denominada “UNO”, figura el relato que da título al libro y Diario de mi decimosexto año, junto a otras tres historias; son las que más me han impactado y en las que voy a centrar mi reseña. Las historias breves que el autor denominó “Historias de la palma de la mano”, están agrupados en la parte denominada “DOS”. 
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Yasunaria Kawabata padeció de insmonio durante toda su vida (Foto: alchetrom.com)

En La bailarina de Izu un joven estudiante que realiza un viaje a pie desde Tokyo se une a un grupo de músicos ambulantes; entre ellos va una muchacha de unos catorce años (aunque el presupone de mayor edad), de la se enamora de la forma más simple, porque para caer a los pies de alguien basta siquiera un segundo. La descripción del paisaje y la naturaleza no solo como escenario, sino como elemento que fluye con el espíritu, el sosiego y ritualización de cada gesto, por insignificante que sea; la sencillez y delicadeza de todo el relato, las emociones que nunca se desbocan, sintetizan el ambiente tan particular creado por Kawagata. Es una historia que se alimenta de miradas y silencios, de un erotismo contenido y fugaz. Refleja la ternura y pureza del primer amor, la timidez y desorientación de ese sentimiento que al principio uno no sabe muy bien cómo manejar. Habla de la frustración también, cuando parece inalcanzable. 

Llegamos a la cima de la montaña. La bailarina colocó el tambor sobre un banco en el césped seco y se enjugó la cara con un pañuelo. Comenzó a limpiarse el polvo de las piernas y luego, de pronto, se agachó a mis pies y comenzó a limpiar el dobladillo de mi hakama. Me aparté con un violento estremecimiento, y ella se dejó caer de rodillas haciendo un ruido sordo. Limpió el polvo del bajo de mi kimono, luego soltó el dobladillo. Yo me quedé de pie allí, respirando profundamente. 

Por su parte, Diario de mi decimosexto año es un curioso ejercicio literario. Presentado como un diario verídico que el propio Kawagata tomó de su puño y letra durante la agonía de su abuelo, incluye aclaraciones con corchetes hechas por el autor años después, junto a reflexiones intercaladas. Kawagata rescata un episodio de su pasado, al que asiste con estupor, puesto que no siempre coincide con sus recuerdos. Uno de los mayores alicientes que encuentro en la lectura es su capacidad para mover a la reflexión. La distancia entre lo que de verdad ocurrió y esos recuerdos falsos; la manipulación que realiza nuestra propia memoria, alterando o directamente eliminando lo vivido me parece un tema muy sugerente y que en el fondo me obsesiona. Transcribo aquí un par de párrafos al respecto:

No puedo imaginar que algo simplemente se haya “desvanecido” o “perdido” en el pasado tan sólo porque no lo recuerdo. Esta obra no pretendía resolver el enigma del olvido y la memoria. Tampoco tenía intenciones de responder a los interrogantes de tiempo y vida. Pero es verdad que ofrece cierto indicio, alguna evidencia.

Mi memoria es tan mala que no puedo creer con firmeza en ella. A veces pienso que el olvido es una bendición. 

Pero hay más en este diario, porque un joven Kawagata tiene que hacerse cargo de su abuelo, ciego y paralítico, asistirlo en sus necesidades fisiológicas, controlar la irritación que le provoca su carácter, agriado por la enfermedad, por la derrota definitiva que es verse a las puertas de la muerte: en ese momento no hay nada que hacer, salvo abandonarse. Es algo sobre lo que también leí este verano con La muerte de Iván Ilich de Tolstoi. 

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Kawabata durante el rodaje de La bailarina de Izu (Foto: conoce-japon.com)
El mismo tema sobrevuela otros dos de las historias más destacadas, también autobiográficas: “Aceite” y “Experto en funerales”. El primero es el relato de un niño privado no solo de sus padres a temprana edad, sino de cualquier recuerdo propio sobre ellos. Pensar en ello me asusta, porque mis hijos son tan pequeños, que en caso de morir pasado mañana sería para ellos poco más que un fantasma; si acaso el origen de un trauma, como el que Kawagata va deshilando tras una conversación con su tía en la que le cuenta cómo rompió las velas y vertió el aceite de la vasija del altar durante el funeral de su padre.
Cuando oí la explicación de mi tía, me di cuenta, por primera vez, de que mi propio dolor estaba incluido dentro de la historia. Para mí, que odiaba la luz de la lámpara de aceite del altar, la muerte de mis padres quizá se había filtrado en mi corazón como el olor del aceite.
El segundo, ese experto en funerales a la fuerza, porque asiste periódicamente a la debacle de su familia, de parientes que nunca ha conocido y que comenzó con la muerte de sus padres, es una historia sobre la soledad del huérfano, expresada de forma rotunda ya en la primera frase: desde pequeño, no he tenido mi propia casa ni tampoco un hogar y que nos enfrenta con la muerte, en frases demoledoras e intensas imágenes.
Cuando alguien habla de mis padres no se qué actitud adoptar al escucharlo. Mi único deseo es que finalice pronto. 

Lo único que recuerdo de mi hermana es la imagen de su ropa blanca de luto mientras un hombre la cargaba de espaldas. Aun cuando cierro los ojos e intento pegarle una cabeza y unos miembros a esa imagen, solo aparecen en mi mente la lluvia y la arcilla roja del sendero.
Es una estética que alaba lo insignificante, que compone la historia con breves retazos, con palabras claras y certeras. Una literatura de sensaciones; me recuerda a la propia caligrafía japonesa: sencilla en apariencia, pero que requiere precisión y exactitud en el trazo. Sobre ese fondo blanco, como en la caligrafía, los párrafos de Kawagata se rebelan pequeñas piezas maestras, donde se expresa justo lo que se quiere expresar, cargados de imágenes poéticas y simbólicas, que evocan emociones e inspiran, como la meditación, pensamientos profundos.