sábado, 7 de abril de 2018

ERCKMANN-CHATRIAN


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De mis lecturas imberbes recuerdo con cariño una serie de novelas juveniles en las que el protagonista era un tal Flanagan, adolescente aspirante a detective. La primera tenía el sugerente título de No pidas sardina fuera de temporada y le siguieron muchas más. Me vino de inmediato a la cabeza cuando cayó en mis manos, por recomendación de Paco Castillo en La Metáfora del Viento, los Cuentos de las orillas del Rin. No porque tengan nada que ver en lo argumental, sino porque ambos fueron escritos a dos (o cuatro, siendo rigurosos) manos. Años después, ya no tan flaganadicto, con barba, pero sin mucho conocimiento, Andreu Martín vino a mi ciudad. Obtuve la autorización de mi profesora de Lengua para asistir a la charla que iba a dar en la Biblioteca Municipal. Y sí, fui yo solo, raro, pero eso lo pensáis porque no me visteis con diecisiete años. Un par de horas sin mí en clase seguro que era un alivio. Parece mentira haberme convertido ahora en don sermones. Pero bueno, a lo que iba. Al señor Andreu Martín le hice dos preguntas, la primera, lo molesto que estaba porque en sus novelas los malos siempre eran heavies. La segunda, cómo era capaz de organizarse para escribir con otra persona. Recordar sus respuestas sin inventarme nada sería mucho pedir. Vamos con lo segundo, parece algo difícil, ya que el acto de escribir tiene mucho de onanismo, pero no imposible. Sé de muchos guionistas que trabajan no en parejas, sino en equipo, ¿por qué la literatura debe ser diferente?

Émile Erckmann (1822-1899) y Louis-Alexandre Chatrian (1826-1890) nacieron en la región de Lorena, que con la vecina Alsacia fue zona de disputa franco-alemana y polvorín europeo. Erckmann en la pequeña ciudad de Phalsbourg y Chatrian en Lunéville, que según he visto en Google maps están a tiro de piedra, cerca también del Parque Natural de los Vosgos. Una región plena de ese verde atlántico y alpino, con fuerte impronta germana, por lo que se ve en las fotos. Añado estos detalles porque su tierra natal es la materia prima con la que trabajan Erckmann-Chatrian, con independencia del tema. Una colaboración que se extendió de manera ininterrumpida desde 1847 a 1886, nada menos. Fue una relación fructífera y exitosa, a partes iguales. Precisamente, parece que disputas respecto al reparto de los derechos de autor fueron las que rompieron la entente y truncaron la máquina de producir historias que, si han envejecido en algunos sentidos, siguen siendo emocionantes y perturbadoras. Hay que precisar que el reparto de tareas no era al cincuenta por ciento. El esbozo de las historias lo hacían entre los dos, pero las obras eran escritas en su mayor parte por Erckmann. Chatrian hacía después las labores de representante-administrador y negociaba contratos, derechos, etc.

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Vista aérea de Phalsbourg, localidad natal de Erckmann (Foto: http://www.hotelroomsearch.net/city/phalsbourg-france)

La producción de Erckmann-Chatrian, como la de numerosos escritores de la época, es notable en cantidad (casi el centenar, entre novelas y piezas teatrales) y calidad a decir de la crítica. Aunque no tuvieran procesadores de texto y el acto mecánico de escribir fuera más farragoso, carecían de redes sociales, teléfono móvil y todos los distracciones de hoy, aparte de que había un mercado y no existía Netflix. Cultivaron diferentes géneros. Mis lecturas han sido dos novelas histórico-patrióticas, pero con una fuerte orientación pacifista y un libro de cuentos de temática fantástica. En este sentido, Valdemar publicó una antología que ya no tienen en catálogo y espero decidan reeditar. Se titula Hugo el Lobo y otros relatos de terror, si algún buen samaritano la tiene en epub puede contactar conmigo a través del formulario y ganarse el cielo. Valdemar si mantiene disponible La invasión, o el loco Yegof, que describe la campaña de Rusia y es el precedente de las novelas que históricas que yo he leído.


Los Cuentos de las orillas del Rin son una antología con la traducción actualizada de Mercedes López-Ballesteros. Lo editó Reino de Redonda y contiene un sustancioso prólogo de Javier Marías. Son ocho historias ambientadas en la tierra natal de Erckann-Chatrian, tienen por tanto un tono costumbrista y popular: se retratan los tipos, las costumbres y corre la cerveza. Me ha sorprendido el pulso y habilidad con la que están contadas. No llegan a ser de terror, pero si tienen un importante elemento sobrenatural y cierto tono jocoso, burlón, o eso parece. La ladrona de niños te tiene en un puño todo el rato y el final es escalofriante. Son relatos que se mueven en los márgenes, en esas zonas de sombra de la naturaleza humana, como hace también E. Allan Poe, aunque a mí me recordaron más a E.T.A. Hoffmann. Ese ramalazo romántico es palpable en el primer relato, el más largo, titulado El tesoro del viejo duque, deudor de la célebre historia del sueño de Las Mil y Una Noches. He leído varias reseñas después y en general, creo que todos coincidimos en el placer de caer en el saco de un verdadero contador de historias, la evocación de un tiempo lejano, para leer a la luz de la lumbre, donde casi nada tenía explicación y la noche era, por definición, patrimonio de las tinieblas y el sueño, no de la luz azul.

Las otras dos novelas tienen como protagonista a José, joven aprendiz de relojero de Falsburgo (localidad natal de Erckmann). Con tres páginas leídas ya le vienen a uno a la cabeza los primeros episodios nacionales de Galdos y Gabriel Araceli (¿influirían en Galdós los escritores franceses?). Aparte de ese protagonista de origen humilde, son historias que se desarrollan en el contexto de hechos históricos relevantes, pero desde el punto de vista de una persona del pueblo, corriente y moliente. La traducción, además, es obra de Manuel Azaña, presidente de la II República española, así que el tono castizo refuerza todavía más la impronta galdosiana. La primera es Historia de un quinto de 1813 (1864) y la otra es Waterloo (1865), en una edición antigua de Espasa Calpe, aunque están disponibles en la Biblioteca Cervantes Virtual.

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Son muy entretenidas, narradas en primera persona, costumbristas y de aventuras, hay de todo un poco. Tienen partes que han envejecido mal, como es lógico y otras que mantienen el pulso y la emoción con la que fueron escritas. El pobre José quiere casarse con su prima Catalina, pero a Napoleón se la ha puesto entre ceja y ceja dominar Europa. José se ha librado de las quintas porque es cojo, pero tras la debacle de la invasión de Rusia es llamado a filas. Asistimos a las cuitas del nuestro recluta, en marchas interminables y batallas cruentas donde los soldados se disponen como peones en un tablero de ajedrez y son barridos por la metralla o luchan como animales por salvar el pellejo. Estas guerras napoleónicas (que cubren un ciclo de veinte años) quedan tan lejos que uno pierde la perspectiva, pero historiadores serios estiman que el número de víctimas rozaría los seis millones (solo en España fueron medio millón y la campaña de Rusia costó la vida a 600.000 soldados del bando napoleónico, sumando muertos rusos nos vamos al millón), a los que habría que añadir mutilados. Esto en una población europea de 180 millones. Vamos, para tomárselo en serio. Y Erckmann-Chatrian se lo toman. Aunque nacieron con posterioridad a los hechos, es casi seguro que utilizaron fuentes orales para preparar sus historias, hay una carga de veracidad innegable.

Aparte de José, destaca el personaje del Señor Gulden, maestro y mentor, antiguo jacobino que representa la esencia del republicanismo que abanderaban Erckmann-Chatrian. La tía Gredel, con su pragmatismo, hace de contrapunto, especialmente en Waterloo. Porque la guerra en estas novelas es vista como un horror, como una perturbación en la vida de gentes sencillas que son lanzadas a matar a otras, sin motivo real, tan solo el capricho de una élite hambrienta de poder que ha traicionado los principios de una revolución loable. Sirva de ejemplo un fragmento de este encendido discurso del citado señor Gulden:

Si los que nos mandan, diciéndose enviados por Dios, para hacer nuestra felicidad en este mundo, pudieran figurarse al comenzar una campaña a cuántas pobres viejas e infelices madres van a desgarrar las entrañas por satisfacer su orgullo; si pudieran ver sus lágrimas y oír sus lamentos en el instante en que les dicen: ¡Tu hijo ha muerto...; no le verás más! Ha desaparecido bajo los cascos de los caballos, o destrozado por una bomba, o en un hospital lejano — después de sufrir una amputación —, abrasado de fiebre, sin consuelo, clamando como cuando era niño...; si pudieran imaginarse todo eso, creo que no habría ninguno tan bárbaro que se atreviese a seguir adelante. Pero no piensan en nada; creen que los demás no quieren a sus hijos tanto como ellos: ¡toman a las gentes por bestias! Se engañan: con todo su inmenso genio y todas sus grandiosas ideas de gloria, no son nada, porque un pueblo — hombres y niños, mujeres y ancianos — no debe hacer la guerra sino cuando atacan su libertad, como hicimos nosotros en 1792 (…)

Waterloo, la continuación de Historia de un quinto de 1813, es más larga y al principio, más tediosa por los amores (ingenuos para nuestros estándares actuales) de José y Catalina. Me parece notable la descripción de la restauración borbónica, el regreso de los emigrados y el cambio de chaqueta de los oportunistas (una abrumadora mayoría). De adorar a la diosa razón, gritar vivas al Emperador y acudir a misa en tromba, muchos pasan sin un pestañeo. También la situación en la que quedan los veteranos de guerra, que son tratados como sarnosos cuando no habían tenido más remedio que batirse en las guerras que dictaba Monsieur Bonaparte y defender el suelo patrio de rusos y prusianos cuando todo se viene abajo. El relato de la batalla de Waterloo y la retirada posterior es vibrante, a ras de tierra, José no ve a Napoleón más que de refilón. Pero es un relato bélico de altura.

Para acabar, no he podido dejar de pensar en el destino del traductor, Manuel Azaña y algunos pasajes del libro, que seguro tuvieron que venir a su cabeza en medio de la vorágine política que le tocó vivir. Por ejemplo, cuando el señor Gulden dice:
El amor de Dios, a la patria y la familia son una misma cosa. Pero lo que nos entristece alguna vez es ver que el amor a la patria se desvía para satisfacer la ambición de un hombre y el amor a Dios, para exaltar el orgullo y el espíritu de dominación de un corto número de personas.
Cuántas veces ideas nobles son manipuladas para servir fines egoístas. Desde luego, Erckmann-Chatrian sabían de qué va nuestro mundo.

jueves, 22 de marzo de 2018

"Taxi" de Carlos Zanón

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En Taxi, la nueva novela de Carlos Zanón, se relatan las idas y venidas de Jose sin tilde, alias “Sandino” por su devoción al triple de los Clash, “Sandinista”. De hecho, cada capítulo es nombrado como una de las canciones del disco. Treinta y seis, para ser exactos, a las que hay que añadir tres descartes, el número de catálogo, fragmentos de una frase y las iniciales del Frente Sandinista. ¿Detalle molón o rompecabezas?

Durante siete días y seis noches de insomnio, primera alusión mítica en un libro plagado de ellas, acompañaremos a Sandino en su Toyota Prius por las calles de Barcelona. Una semana donde parece concentrarse toda una vida, uno de esos momentos de crisis existencial que jalonan la madurez. Y es que Sandino huye de todos y de sí mismo, pero vuelve como un yoyó. Su mujer le espera para tener con él una conversación, algo serio, se entiende. Sobre todo, vista la promiscuidad de Sandino, que dice querer a su mujer y no desea perderla, pero aprovecha los intersticios que le deja el trabajo para dejarse caer en los brazos de sus numerosas amantes, presentes y pasadas. Por si no le bastara con eso, Sandino se pone nuevos retos y se enamora de “Llámame Nat”, una pija inalcanzable casada con un escritor y para la que trabaja como chófer particular dejando a sus hijos cada mañana en el colegio. La clásica historia de “me gustan todas, pero te quiero a ti”.

Zanón construye un personaje agarrado con uñas y dientes a su inmadurez. Todavía haciendo gala de un mote que le pusieron a los diecisiete años, revoloteando como un niño, dando vueltas en círculo en torno a la vida adulta sin atreverse a entrar. Uno se pregunta qué será de Sandino cuando se tope con la vejez, que en realidad tiene a la vuelta de la esquina, si seguirá tumbándose en la playa a ver los aviones remontando el vuelo desde el Prat. Y es que el personaje de Sandino es el plato principal de Taxi, que viene acompañado, sin embargo, de numerosa guarnición. Y es curioso, porque esta se sirve, como en las bodas, la una detrás de la otra. A los aperitivos les sigue el marisco, luego la carne, el sorbete, el consomé y acaba uno con los chupitos, café y postre. Si te dejas algo, lo recoge el camarero y no vuelves a saber nada más.


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Foto de Carlos Zanón durante la promoción de Taxi (fuente: Abc.es)
   
La novela comienza con la historia familiar de Sandino, el entierro de su abuela y una urna de cenizas con las que tiene algún que otro contratiempo. Aparece intercalado el diario olvidado de una niña huérfana, a través del cual se indaga en las raíces sociales del protagonista y un choque de clases que aflora al final. El taxi, las diversas anécdotas donde brilla el trabajo de documentación y una Barcelona nada turística de fondo, es un telón que para mí no es más que eso, decorado. Por mucho que haya un exmosso corrupto y dolido por unos cuernos o clubes donde se aturde a los borrachos con burundanga para sacarles las entrañas o marroquíes que pasan sin transición del hachís y el rap a la yihad. Pero como reclamo publicitario, decir que es un retrato de la Barcelona real, la gran novela sobre Barcelona y etcétera, seguro que funciona.

Entradas aquí y allá, clientes que arrastran su historia personal de desespero. Parece que el taxi es el mejor diván, o el mejor escritorio, porque sus usuarios lo mismo se sinceran, entran en catarsis que mienten y fabulan. Cuestión esta, la de la mentira, muy interesante y que Zanón trabaja en varios momentos nada secundarios. Luego se irá agregando una trama criminal, junto a las derivas sentimentales de Sandino, que eclosiona en un último tramo de delirio, con sus peleas, contusiones, careo mafioso, destrozos y por lo que parece, ningún muerto. Para acabar, vuelta a la calma. Sandino seguirá huyendo, sin querer llegar a Ítaca. Detrás quedan varios interrogantes sin resolver, pero da igual. Stop the world.

Taxi es una novela que se resiste a las clasificaciones. Tiene un adobo de novela negra, un buen tercio de páginas destinadas a este fin. En realidad, es una manera de tenernos enganchados. Un aditivo, el glutamato monosódico que potencia el sabor del relato. Pero no creo que sea la historia última que Zanón pretende en Taxi. Temas como la incomunicación, la búsqueda del amor, la mentira, el clasismo, el desarraigo, las relaciones familiares. Todos universales que otorgan una larga fecha de caducidad a Taxi. No es una novela ni mucho menos perecedera, de usar y tirar.

El estilo de Zanón ya lo conocemos. Es versátil y a la vez tiene su sello propio. Hay poesía encubierta o deliberada, hay momentos de ametralladora y pausas filosóficas. De completo ensimismamiento. Aún con sus resbalones, se mantiene en pie con gran dignidad. Me gusta, me conmueve. Cualquiera se siente a veces como Sandino, aferrado a su pasado, sin futuro, deambulando por el presente como si le hubieran echado burundanga en el vaso. ¿Y qué hacer? Tirar hacia delante, ayudar a los amigos. Vengarse y ser vengado. Tener sexo sin amor y amor sin sexo. Enamorarse, sobre todo de uno mismo y desear justo lo que uno no tiene en ese momento, en un bucle sin fin. Tomar decisiones estúpidas para meterte en líos y luego, ocupado en salir de esos embrollos, eludir el fondo de la cuestión, ¿qué hago con mi vida? Un kamikaze que quiere matarse y a la vez salir ileso, sin poder explicar esa paradoja. Ese es Sandino. Una novela al servicio de un personaje. Tan narcisista como empático. Tan preocupado por sí mismo como por los demás.

Post scriptum

Escribí esta reseña del tirón, después de acabar Taxi, hace un mes o así. Apenas si he corregido algunas repeticiones, de ahí su tono tan crudo. De paso, me he dado cuenta, sobre todo después del encuentro con Zanón el pasado 1 de marzo, que hay cuestiones nada desdeñables que pasé un poco por alto. Por ejemplo, en una entrevista en El Periódico, Zanón afirma lo siguiente:
A medida que va avanzando la novela Sandino va entendiendo cosas de la vida de su abuela, que es una novela en sí, y el paralelismo del desclasamiento en una sociedad como la de Barcelona que no se ve, pero es muy clasista. Su abuela llega hasta un punto en que esta integración en una familia que a priori era la suya se trunca, y a Sandino Llámame Nat le dice ‘hasta aquí’. Quería una novela que se saliese del marco y manchase la pared. Una sociedad clasista funciona creando la apariencia de que no lo es, hasta que te dejan claro que no eres de ellos.
En fin, que hay mucha miga en Taxi. Acabo con un nuevo link, porque Zanón, como cualquier escritor que se precie, siempre está con el cazamariposas preparado y sacó tema para su tira semanal en La Vanguardia a partir de una anécdota personal de uno de mis compañeros de trabajo, que entronca de paso con Taxi. Se titula Geppetto y las cien mil camisas. Lo podéis leer aquí. Me despido con mis mejores deseos para esta semana tan santa que se avecina.

viernes, 16 de marzo de 2018

QUE VIENE EL GRUNGE

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Cuando era niño, en la cocina de mi casa había una pequeña radio. Mi madre sintonizaba la emisora local, donde pinchaban una y otra vez los hits del momento. Al contrario que mis ídolos musicales, que crecieron escuchando jazz y rhythm and blues, lo mismo en la radio que en un burdel, la banda sonora de mi infancia fue más prosaica. Junto al reproductor de casetes siempre había alguna cinta con las mejores muestras de la canción melódica. Es lo que tenía mi padre, podía ser más bruto que una reja con vertedera, pero en el fondo era un romántico. En la cúspide de esta pirámide, como el embutido y la carne procesada, reinaba Isabel Pantoja. Viendo la portada de sus cintas, me parecía una señora guapa, con algo de barba y pecho prominente. Un alma cándida que cantaba letras de amor, la desamparada viuda de un torero. No imaginaba, con mis escasos cinco o seis años, que guardara el dinero negro en bolsas de basura.

Por allí andaba también Julio Iglesias, sobre el que sobran las palabras y un cantante que se hacía llamar El Puma. Desde niño he sido propenso a sufrir ataques de melancolía. Cuando me sobrevenía uno de ellos, me dedicaba a vagar por las eras desoladas, entre los brotes de trigo irredento, escuchando el eco lejano de los perros, inventando al compás de la música de la radio letras donde relataba mi vida sin sustancia.

Durante este periodo de aprendizaje hubo también flamenco al calor de la lumbre los domingos de invierno, la boca llena con un pedazo de longaniza cocinada entre las brasas, sorbiendo a escondidas de la bota de vino tinto. Redondeaban la función las sintonías de los dibujos animados, la música de los anuncios y las series de televisión. Mi favorita era la del Equipo-A, con el redoble de caja al principio, la melodía principal con las trompetas y después la guitarra eléctrica acompañada del piano, en fin, una pequeña joya.

Estos momentos musicales se llegaron a entremezclar con un incipiente deseo sexual, sobre todo cuando presencié de manera subrepticia la actuación de Sabrina, sobrecogido por el silencio de los adultos varones que en la habitación se hallaban petrificados frente al televisor. Las canciones infantiles eran positivas y luminosas, se memorizaban fácilmente y siendo ya mayor me divertía añadir palabras obscenas o modificar la letra a mi gusto. Con toda probabilidad me ayudaron a interiorizar la escala mayor natural.

Por supuesto, carecía de cualquier tipo de destreza musical. Según me han contado, en el colegio a mi madre le dijeron que tenía facilidad para entonar e inventar melodías y para el dibujo, porque reproducía de manera bastante fidedigna para mi edad todo lo que veía, incluido al profesor de la entonces llamada gimnasia. Abortada la posibilidad de aprender música de manera reglada, optaron por llevarme a dar clases de dibujo con una señora mayor, casada, pero sin hijos y que me acogió como el suyo propio, dedicándome mucho tiempo, pero sin lograr dar al mundo otro Antonio López. Murió en un accidente de autobús junto con su tía octogenaria, recuerdo ir al entierro acompañado de mi madre. Su casa fue demolida para levantar pisos y me pregunto qué fue de aquella foto de primera comunión que mis padres le regalaron y que colocó orgullosa en el aparador de la entrada.

Abriéndose paso junto con la adolescencia, bregando contra el techno-pop que pinchaban en las discotecas y el bochorno al ejecutar la coreografía del Saturday Night para poder arrimarse al racimo, en medio de todos estos elementos adversos apareció un día un compañero de colegio con una camiseta que me atrajo como un imán. En ella aparecía un bebé de pocos meses sumergido en una piscina, tratando de alcanzar un billete de un dólar prendido de un anzuelo. Estoy seguro que no fui el único si afirmo que aquello supuso un giro copernicano en mi idea de lo que la música era o debía ser. Me identificaba con Kurt Cobain, su voz desgarrada, la distorsión y el ruido, despertaba en mí emociones y sentimientos reprimidos. Aquella música era un espejo donde mirarme. El vacío y la banalidad del techno, las melodías almibaradas de la música melódica que escuchaba mi padre, por ejemplo, eran un apósito: algo extraño, castrante, sin vida. Pero Nirvana era como mi sombra, porque se proyectaba a partir de mí mismo y era un reflejo aproximado de lo que yo sentía. En medio de la tormenta adolescente, conseguí divisar un faro hacia el que nadar y ponerme a salvo, un punto de apoyo para dejar de bambolearme y descubrí que se llamaba música Rock y que había más y que Nirvana era algo nuevo, que calificaban como Grunge, qué sabía yo. 

Ese compañero de clase se llamaba Víctor. Había vivido en Madrid, era dos años mayor, iba en moto, llevaba un largo flequillo teñido de rubio con agua oxigenada y pendientes de aro. Andaba siempre con chicas detrás en procesión, como si fuera el flautista de Hamelín. En fin, cumplía todos los requisitos de cualquier chico malo, y por alguna razón permitía que hablara con él o compartiéramos un cigarrillo de vez en cuando. En otra de sus camisetas, con la efigie de la estatua de la libertad, descubrí que la mayor banda del mundo eran los Guns N´ Roses y que la gente llenaba estadios, miles de personas, ¡solo por verlos! También que el mejor grupo español, en opinión de Víctor, era Barricada y un grafiti en una tapia acabó de refrendarlo. Años más tarde estrelló su moto contra un muro, dejando un cadáver joven, condenadamente joven. Es extraño pensar que las personas que me iniciaron en el arte murieran de esa forma violenta, pero así es la vida, te estalla en las narices como una bomba si apenas rozas, con intención o sin ella, el cable equivocado.

jueves, 8 de marzo de 2018

"El ADN dictador" de Miguel Pita


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Además del terreno seguro de lo literario, me atraen las lecturas divulgativas, no solo de Historia, Filosofía o Antropología, donde tengo más puntos de referencia, también me gusta asomarme al mundo de la Biología y la Física. Hay autores valiosos, magníficos y el formato libro te permite ahondar más que el clásico documental cuyo efecto en muchas ocasiones dura lo que una nube de verano. Para el caso que nos ocupa hoy en la llanura, El ADN dictador, se trata de una eficaz introducción al mundo de la genética. Lo dice un lego en la materia que en ningún momento se ha sentido desorientado ni confuso con su lectura (de ahí lo de “eficaz”). Su autor, Miguel Pita, es doctor en Genética y Biología Celular. Imparte clases de Evolución y Genética en la Universidad Autónoma de Madrid y este bagaje docente intuyo que ha sido clave para ofrecer un libro instructivo y ameno a la vez.

El ADN dictador está estructurado en torno a cuarenta capítulos muy breves, que por separado podrían funcionar como artículos periodísticos (o un post). Estos capítulos tienen una entradilla con sugerentes ilustraciones, donde se lanzan preguntas que a todos nos asaltan de vez en cuando y ante las cuáles la ciencia puede ofrecer indicios de respuesta. Por ejemplo, el primer capítulo, que se titula “el microchip que llevamos dentro”, comienza así:
¿Somos por completo dueños de nuestro destino, o estamos condicionados desde que fuimos concebidos por nuestros padres? ¿Estamos sometidos al designio de nuestros pequeños dictadores, los genes? ¿Nacemos o nos hacemos?
Hay un tono didáctico muy marcado, como debe de ser. El hilo conductor es una mujer ficticia, Ale, cuyas dudas y observaciones cotidianas dan pie a muchos de los temas tratados. Los ejemplos, datos y cifras, a veces son meramente ilustrativos (el autor siempre lo advierte) y sirven para reforzar la comprensión de aquellas cuestiones más arduas. Pensando en esto, quizá no sea un libro para expertos, pero, ¿para qué quiere uno que le expliquen lo que ya sabe? La cuestión es cultivar la tierra inculta, no arar lo ya arado.

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El ADN dictador está bien estructurado y se mueve de lo general a lo particular. Después de ofrecer una panorámica general o introducir un concepto, por ejemplo, la nutrición, le sigue algo más concreto y sugerente, en este caso nuestra humana afición al dulce.

La selección natural es planteada a fondo, Pita trata de desmontar la tergiversación decimonónica que todavía persiste y que el define como “La (chorrada de la) supervivencia del más fuerte”. De gran interés son los capítulos dedicados a la deriva por azar. Ambos conceptos conducen al meollo de la cuestión, “el 2-ADN, la macromolécula que nos configura”. Es sugerente pensar, sobre todo por el difícil encaje con el reduccionismo-apisonadora actual, que cada persona es una de entre millones de combinaciones posibles. En concreto:
Tener el 2-ADN dividido en 23 pares de cromosomas quiere decir que para cada matrimonio hay 70.000.000.000.000 de posibles hijos distintos, aunque muy parecidos entre sí, que son las formas de combinar los 23 pares de paquetes (sin contar el sobrecruzamiento ni las mutaciones).
En el capítulo “la mutación es bella”, Miguel Pita nos enseña que las modificaciones casuales del ADN “son las culpables de la evolución, para bien y para mal”. Puede que una simple mutación esté en el origen de la expansión del neocórtex humano, un clic casual que encendió la mecha de nuestra inteligencia. De verdad que no entiendo por qué la gente se devana los sesos con las religiones, con lo fascinante que es la ciencia. Como es rutina en El ADN dictador, Miguel Pina trata de desmontar mitos respecto a las mutaciones, que serían pre adaptativas y no al revés.

Conocer que existe un nexo de unión entre todos los seres vivos del planeta es hermoso, hay una poesía que subyace, aunque enseguida venga un jarro de agua fría: los virus. Esos “supervivientes a costa ajena”.

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El autor (en la foto) aborda cuestiones que han hecho devanarse los sesos a cerebros de generaciones y culturas diferentes: el libre albedrío y la teoría de la tabla rasa. Una de las cosas que me gusta de este libro es que no ofrece respuestas categóricas. Se aportan indicios, pruebas, afirmaciones, con infinita prudencia. Se deja un campo para el debate y la reflexión. No es dogma y esta es diferencia esencial entre ciencia, religión e ideología (que no deja de ser una forma de religión, ya que el matiz se persigue como disidencia).

Hay que decir que Miguel Pina se moja. ¿Influye —que no determina—la genética en la infidelidad? ¿Y en la orientación sexual? ¿La monogamia tiene una base cultural o hay indicios en nuestra naturaleza? ¿El comportamiento reproductor de hombres y mujeres puede estar condicionado por sus células sexuales (la llamada varianza de fitness)? Hay unos capítulos muy interesantes respecto a lo que él llama “la pareja perfecta”, esto es, lo que el ADN nos señala a la hora de buscar una media naranja, que no es sino una vía de nuestro gen dictador para perpetuarse y saltar otra generación. Sin llegar a negar la maleabilidad de nuestra especie, fuertemente influida por su nicho cultural y con un cerebro, como explica Pita, bastante mentirosillo.

El amor, el miedo a la muerte y otros comportamientos inconscientes son tratados al final, creo que con menos consistencia o detalle que los anteriores. Quizá Miguel Pita creyó que el libro se alargaba demasiado (350 páginas de ciencia, buff, aunque yo las prefiero a mil de Ken Follet). O temía entrar en terrenos pantanosos. Expresión de los tiempos que vivimos, donde cualquiera puede sentirse ofendido y hay que hacer pasar todo (quepa o no) por el aro de lo que debe ser, es el epílogo final. Voy a citar un extracto, donde me apena que el autor deba pedir disculpas por si las moscas. El resto lo suscribo por completo y dejo así aleteando el mensaje sabio de un sabio para acabar.
Espero que la lectura no provoque reacciones adversas. La vida es un acontecimiento impresionante, aunque puede tener aspectos que no coinciden con los deseos expresos de las sociedades humanas contemporáneas. Querría que tampoco ofenda a nadie lo que escribo sobre comportamiento humano, pues no es mi mundo ideal, es el que observamos quienes dedicamos tiempo a analizarlo y describirlo (…) La biología es como es y la buena noticia es que podemos controlarla; no perdamos el tiempo criticándola ni desacreditando a quienes la estudian (…) Miremos hacia los lugares que necesitan un arreglo, y que nadie abomine ni reniegue de nuestra naturaleza, pues está en nuestras opciones atemperarla (…) El que abomine de algo, que lo haga de cuanto hacemos y dejamos de hacer con nuestras decisiones libres en nuestra sociedad y a lo largo de nuestra corta e insignificante historia.
Si te has quedado con ganas de más, una estupenda entrevista al autor aquí.

viernes, 2 de marzo de 2018

Encuentro con Carlos Zanón



Ayer tuve la suerte, junto a otros compañeros, de compartir buena parte del día con el escritor Carlos Zanón. El escritor barcelonés puso la guinda a un ciclo de lecturas en torno a los orígenes de la novela negra en España, que he ido dejando caer por la llanura. Ha sido inspirador y una buena oportunidad para hacer tribu. Uno puede poner el telediario (para colmo a la hora de comer), recibir sin paraguas el chaparrón de desgracias diario y el cuscurro de pan que son los deportes o la previsión meteorológica. Para dar la puntilla, quejarse de que el libro es un animal en peligro de extinción. Pero junto al fuego de otros lectores, esperando media hora de pie a que le firmen un ejemplar, viendo como en mitad del diluvio manchego sesenta personas llenan la sala para oír hablar de literatura, el mundo me parece “más amable, más humano, menos raro”.

Hubo un tiempo (creo que lo cuenta Posteguillo en su serie dedicada a los libros) en el que una turba lectora digna de los Sanfermines iba al puerto de Nueva York por si llegaba la última entrega de Oliver Twist, o se llenaba un estadio para escuchar poesía. El ser humano siente verdadera avidez por las historias, porque de hecho la imaginación es nuestro sello de distinción evolutiva (con permiso del Neandertal, extinto) y la capacidad de crear y creer en ficciones, junto a una extraordinaria flexibilidad para establecer redes sociales y cooperar unos con otros, es lo que nos ha puesto el mundo en bandeja (los pesimistas dirán que bajo la guillotina). Por eso yo veo la literatura y todo lo que la inspira como la orquesta del Titanic: morirá cuando se hunda el barco.

En su conferencia, Carlos Zanón ha puesto en valor la novela negra, acotando el género al margen de lo puramente detectivesco. En sus propias palabras, un género amplio, bastardo, de donde “es fácil entrar, pero también salir”. Que sea popular para Zanón es su gran baza. Porque al quedarse al margen de lo que se cree o denomina alta cultura, se libra del canon academicista y deriva en un sano eclecticismo.

Zanón ha definido la novela negra como una “mutación moderna del costumbrismo”, donde la crítica social y la violencia serían un componente ineludible. Me ha venido a la mente la afirmación de Juan Madrid, de que comenzó a escribir novela negra para poder contar la verdad y hacer por tanto una radiografía social. Además, plantea una cuestión incómoda. Antigua, como el anillo de Giges de la tradición platónica. El delito, el crimen, no es una parte extraña de nosotros. No está al margen de la sociedad, sino que convive, incluso es producto de ella. Cualquiera, en determinadas circunstancias, podría pasar de héroe a villano en un parpadeo. La novela negra siempre acaba mal. Sus personajes se ven envueltos en una red que les aniquila, de donde nunca salen indemnes.

                           

Aparte del tema, el escritor barcelonés se ha descolgado con cuestiones más de índole personal. Por ejemplo, nos ha contado que estuvo años tratando de publicar su novela Tarde, mal y nunca. En ella, aún tomándose como referente, decidió comenzar con algo insólito, una sensación que por suerte nunca había experimentado: golpear a una persona hasta matarla. Desde ese punto, se dejó llevar, creando una retrospectiva que ahondaría sobre las causas del crimen. Pero según nos contó, en ningún momento se dijo: voy a hacer novela negra. La novela, por fin publicada en un sello editorial modesto, cayó en las manos de un comercial con chispa al que se le ocurrió acompañar el típico ejemplar de promoción con una bolsa de macarrones. Por eso del “macarrismo” de sus personajes, se entiende. Entonces una periodista de El País pensó en su nevera vacía, vio el paquete de macarrones y de paso se llevó el libro. De ahí vino una reseña elogiosa usando la etiqueta de “novela negra” y el resto es historia. Al respecto, Zanón ha bromeado sobre los tópicos que rodean al género, influido por toda la mitología del cine en blanco y negro y sus estereotipos. Los “recortes” en capítulos accesorios que puede sufrir la novela si se traduce, pensando en un público que quiere chicha y no introspección. O las portadas de los libros. Por ejemplo, nos contó que para Yo fui Johnny Thunders se había pensado en una portada, descartada por el departamento de marketing porque en la cubierta de una novela negra, para ser vendible, debe aparecer “una pistola, un callejón oscuro o un coche”.

En fin, Zanón ha reconocido la parte conservadora y evasiva de este género (“una novela negra nunca puede ser aburrida”), su capacidad para combinarse con por ejemplo la novela histórica, intimista e incluso la ciencia-ficción. Pero también su singularidad, que reside en el punto de vista, porque muestra cada víctima como un trauma, cada muerte violenta como el fracaso de una sociedad. Aunque se ha contagiado del ritmo televisivo, añade un aporte que nos permite reflexionar y no solo engullir en bruto. Mientras el cine o la televisión han banalizado la violencia, de tal modo que hasta la persona más sensible puede asistir a palizas, tiroteos y matanzas delante de su pantalla sin pestañear, la palabra escrita logra otro matiz. Nuestra sociedad se ve más perturbada por cuestiones quizá peregrinas (recuérdese el debate sobre la cocción de la langosta en Suiza o las pasiones desatadas en torno a la palabra “miembras”) que por el sufrimiento humano. En esto, una parte de la novela negra constituye un revulsivo.

Además de entretener, Zanón es consciente de que una buena novela negra debe implicar también al lector, exigir que ponga de su parte. Este equilibrio es la clave para separar el grano de la paja. Además, otro aporte del género actual que es muy de nuestro tiempo es el tema de la soledad. El difícil encaje en un mundo donde no queda claro quiénes son los buenos y quiénes los malos, donde parece que no te puedes fiar de nadie y aún estando conectados, nos sentimos cada vez más solos.

Espero haber resumido bien la esencia de la charla. Ya entrando en lo personal, Zanón me ha resultado accesible, un conversador ingenioso y alegre, sin afectación alguna. Esa virtud creo que sabe trasladarla a sus novelas: son sencillas pero profundas. Como en sus personajes, aún en la edad madura, palpita dentro de él una brasa joven. Ha sido curioso oírle contar alguna anécdota, después de romper el hielo, algo que siempre se consigue en torno a una mesa y enseguida venirme a la cabeza una brizna de sus novelas. Como ha mencionado en la conferencia, todas las historias están ya contadas y el escritor añade básicamente los personajes, la ambientación y sobre todo, lo que hay de si mismo. Es un volcado, que pretende tocar la tecla del lector, que es capaz de verse como en un espejo. Para un lector, su autor nunca es un desconocido. Hay una complejidad misteriosa, una sensación única de deja vu. 

jueves, 22 de febrero de 2018

"Beso de amigo" de Juan Madrid y "Tatuaje" de Vázquez Montalbán


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Diversas ocupaciones me han hecho descuidar el blog. Quizá por ese motivo se han escapado un puñado de mis escasos seguidores, qué se va a hacer. Cosas de la blogosfera. En cualquier caso, sigo con el tríptico en torno a los pioneros del género negro en España. Si antes fue García Pavón ahora le llega el turno a Manuel Vázquez Montalbán y Juan Madrid.

En ambos casos sobran las presentaciones. Vázquez Montalbán fue una especie de torbellino hiperactivo, escribió y opinó sobre casi todo. Ha sido traducido (según El País) a más de 24 idiomas, Islandia, Noruega y demás países nórdicos incluidos (¿plantó Carvalho el huevo de la narrativa negra de aquellas latitudes?) y voy a pegar una breve descripción de Enric González en El Mundo, que le va como anillo al dedo.
Hablamos de un tipo enfermizamente tímido y de un tipo formidablemente ingenioso y divertido. Hablamos de un tipo que revolucionó la literatura negra, la literatura deportiva, la literatura política, la literatura gastronómica, la literatura a secas y la columna periodística.
Tatuaje fue la primera novela de la serie que protagonizó este detective singular, Pepe Carvalho. Antes hizo una incursión en Yo maté a Kennedy, pero aquí es donde se comienza a dar forma definitiva al personaje. Estamos en 1974, Franco tiene los días contados y España está a punto de sacudirse la caspa autoritaria. La novela, sin embargo, surge en principio de una cena etílica. Después de vaciar varias botellas de vino, Vázquez Montalbán se apostó con unos amigos que era capaz escribir lo que luego fue Tatuaje en tres semanas. 

La historia comienza con un muerto, faltaría más. Un joven con la cara desfigurada aparece flotando en la playa con un tatuaje que dice “he nacido para revolucionar el infierno”. El señor Ramón, capo de barrio descasado, le encarga a Carvalho averiguar la identidad del fallecido. Mientras tanto, una redada policial nunca vista pone patas arriba el Barrio Chino, ¿existirá alguna relación con el muerto? Sus pesquisas le llevarán a Ámsterdam y de nuevo a Barcelona.

Vázquez Montalbán va modelando lo que será su personaje fetiche. Un sociópata que se define a sí mismo como “ex-marxista, ex-policía y gourmet”. Precisamente este delirio por lo gastronómico y el contraste entre su refinamiento y comportamiento brutal en ciertas ocasiones es lo fascinante de Carvalho. Es un personaje ambivalente, curioso, rudo, desquiciante. No estoy muy familiarizado con el género negro, pero creo que Vázquez Montalbán agrega matices al arquetipo clásico y le aporta un barniz interesante. No me extraña que Enric González en su artículo aluda a esa metamorfosis autor-personaje.

Aparte de Carvalho en sí, cuya sola presencia aporta interés a Tatuaje, hay otras cuestiones de fondo. Las alusiones literarias, por ejemplo. Nuestro detective tiene la sana costumbre de prender su chimenea quemando un libro. Y no uno cualquiera, se trata de España como problema de Laín Entralgo y nada menos que El Quijote, ante el que siente algo de remordimientos por las bonitas ilustraciones del ejemplar en cuestión. ¿Es una puya de Vázquez Montalbán a la España eterna, un rechazo marxista hacia la alta cultura o un simple gesto provocador? En el propio Quijote las sobrinas de Alonso Quijano encienden una pira con las novelas que habían trastocado la mente del hidalgo y el impulso pirómano de Carvalho es casi de mitómano si lo miramos bajo esta luz.

Reciente adaptación de "Tatuaje" al cómic por Migoya y Seguín (fuente: https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20171106/carvalho-comic-tatuaje-migoya-segui-6375709)

El retrato de la sociedad tardofranquista es patente, aunque deformado al nivel de caricatura. La clase alta es tratada con un desdén absoluto, especialmente Teresa Marsé, guiño total a Últimas tardes con Teresa. La hidalguía y orgullo hispánico es despachado como un rasgo hipócrita y rancio, deleznable. Vázquez Montalbán solo parece apiadarse de los emigrantes españoles, “productores” según el eufemismo franquista que a pesar de las penurias no dejan de amar a su país. Hay una escena especialmente patética y tierna en este sentido, que no desvelo.

La principal debilidad de Tatuaje es la abrupta resolución de la historia. Además, Vázquez Montalbán deja varios cabos sueltos y un bouquet final de novela mal rematada. Esta al menos fue la impresión de la mayoría de los lectores. 

Toni Romano, el detective pergeñado por Juan Madrid es de otra pasta. Mientras Carvalho teoriza sobre la superioridad del pan con tomate respecto a la pizza o las miserias del menú del día patrio, a Toni Romano —bautizado como Antonio Carpintero, conserva su apodo de boxeador en homenaje a Rocky Marciano—le basta un bocadillo de queso y un paquete de cigarrillos. 

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La novela se titula Beso de amigo, la primera de una serie de ocho entregas. Juan Madrid también es conocido por sus guiones para televisión y su novela Días contados fue llevada al cine por Imanol Uribe. Película que por cierto es icónica de una época. En traducciones le va la zaga a Vázquez Montalbán, dieciséis según la Wikipedia.

En esencia, se trata de una adaptación patria bastante digna de la novela negra americana. Su protagonista es rudo, desarraigado, sin ambivalencias. No hay refinamiento alguno, salvo en su “pico de oro”. También tiene su colección de ex: ex­-policía, ex-boxeador. Y punto. Es firme, resuelto, habla con frases lapidarias (se podría sacar un buen ramillete de ellas), casi siempre con sarcasmo y parece, solo parece, poco dado a los sentimentalismos.
Nos cuenta la historia en primera persona, a lo Jim Thompson. Todo comienza con una rubia imponente (con sorpresa final) que encarga a Romano la localización de su marido, el cual tiene en su poder ciertos documentos comprometedores para cierto preboste. La cuestión de fondo es una trama inmobiliaria donde están implicados politicastros, hombres de negocios que aprovechan los nuevos vientos democráticos para llenar la buchaca y grupos de extrema derecha. Un contexto verídico que encuentra la inspiración en los tiempos de Juan Madrid como periodista de investigación. De hecho, el escritor afirma que las novelas le permitían contar todo lo que los periódicos, por presiones de diverso tipo, se negaban o no se atrevían a publicar.

Trama de corruptelas aparte, Beso de amigo tiene un interés notable. Se lee de un sorbo, es adictivo y entretiene. Se pueden poner peros, claro que sí, la trama principal se diluye, cae en la indefinición y el final es peliculero, deudor del cine macarrero, reactualizado por Tarantino. Pero es que quizá lo verdaderamente importante no es el tema en sí, sino el retrato de una época en transición. Una época en la que la homosexualidad y el travestismo estaban proscritos y se movían en la marginalidad. En la que los delincuentes de guante blanco, bien relacionados con las altas esferas, desplazaban a los chulos y extorsionadores de toda la vida. Un barrio, Malasaña antes de la "movida", sobre el que Juan Madrid toma una instantánea imperecedera. Un mundo que ve sus principios degradados, se olvida la lealtad, el honor, la amistad, todo en aras del dinero fácil. En este sentido, Toni Romano es un caballero de los de capa y espada, con principios, leal con los suyos. Méritos más que sobrados para darle una vuelta y pasar un buen rato de lectura noir.

La semana que viene, esta panorámica dará un salto de cuarenta años y se plantará en la época actual, con la conferencia de un autor que se fogueó con la etiqueta de “novela negra”, aunque Carlos Zanón se mueve en otras y variadas latitudes. Pero eso lo dejamos para el 1 de marzo, Dios mediante. 

viernes, 19 de enero de 2018

"El reinado de Witiza" de Francisco García Pavón


El reinado de Witiza (1968) es la primera novela larga protagonizada por Manuel González, alias Plinio, jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso. El personaje, sin embargo, tenía cierto recorrido en la obra de García Pavón y había protagonizado algunos relatos, el primero en 1953 y luego con continuidad desde 1965 hasta 1985. La serie, en total, constó de ocho novelas, tres novelas cortas y un conjunto de cuentos recopilados por Rey Lear en 2014. Le cabe el honor de inaugurar la literatura policiaca hispana. Aunque hubo una protohistoria del género, en las novelas de esta temática que publicaba con periodicidad semanal la editorial Bruguera y cuyos autores utilizaban seudónimos anglosajones, estas no hacían sino serializar los tópicos del género negro, sin barniz ni agregado local de relevancia y al decir de los entendidos, con escasa calidad estilística. De ello se queja el propio García Pavón, en el prólogo a los primeros cuentos de Plinio, cuando dice:
En España nunca creció de manera vigorosa y diferenciada la novela policíaca y de aventuras. Lectores hay a miles. Transcriptores, simuladores y traductores de las novelas policíacas de otras geografías, a cientos. Nuestra literatura de cordel y crónica negra cuenta desastres y escatologías para todos los gustos y medidas; sin embargo, al escritor español, tan radical en sus gustos y disgustos, nunca le tentó este género que, tratado con arte e intención, podía haber alumbrado muchas parcelas de nuestra vida y distraído a infinitos lectores. 
Yo siempre tuve la vaga idea de escribir novelas policíacas muy españolas y con el mayor talento literario que Dios se permitiera prestarme. Novelas con la suficiente suspensión para el lector superficial que sólo quiere excitar sus nervios y la necesaria altura para que al lector sensible no se le cayeran de las manos.
Vamos, que a García Pavón le tentaba el género, pero era consciente de que debía hilar fino para lograr ese equilibrio tan preciado que es un poco la piedra filosofal de todo escritor con pretensiones: el de una trama que enganche y una prosa con enjundia. En El reinado de Witiza, en palabras de Kiko Amat, hay “una trama adictiva, intrigante, sin más sordidez que la necesaria” y añadiría que de cierta complejidad. Hay giros inesperados, callejones sin salida, todo lo que se pide al género policiaco. Adobado con un lenguaje rico y sutil, cervantino en su impronta (el propio Plinio es definido como “la flor de la detectivesca”), con diálogos inteligentes, llenos de matices. García Pavón tiene siempre un as en la manga, una palabra que colarnos y lo hace con una habilidad sobrenatural. Uno no puede sino reflexionar sobre lo rico y hermoso —y añejo, porque es una forma de hablar y de escribir en desuso— que suena el castellano cuando lo rellenas como un pavo y en comparación, mucha literatura no parece sino inglés traducido.


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Antonio Casal (Plinio), liando un pito. Fotograma de la serie. 
Por ejemplo, se puede pensar o “darle vueltas al molino”, tener orígenes humildes o ser “carne de cepa”. Uno no permanece sentado en silencio fumando, “sino acluecado, perdido en sus humos” y Plinio, que es de carácter tranquilo, flemático se podría decir, es descrito como alguien que “en cuanto a ideas y criterios solía tener su alma en almario y no se dejaba arrastrar por esos ventisqueros de cabeza” y que, al resolver casos difíciles, “ha sacado ascuas muy grandes del fogón criminal”. Un léxico con un fuerte localismo, porque Plinio es Tomelloso y La Mancha por extensión, sus usos y costumbres. No se puede imaginar al jefe de la GMT fuera de su contexto, aunque haga incursiones a Madrid en otras novelas y aquí se mencione a su vez. Pero es un Madrid, por decirlo de algún modo, mancheguizado. Como señala David G. Panadero: “da la impresión que el escenario es el personaje más importante”.

Plinio es un detective cerebral, pero también un hombre de familia apegado a sus costumbres y un genial contrapunto al tradicional antihéroe de la novela negra. Aunque hace gala de una moral intachable, no es alguien por encima del bien y del mal. Al contrario, es comprensivo con las debilidades del prójimo, precisamente porque conoce de buen grado a sus semejantes y en ello, junto a sus famosas intuiciones o pálpitos, basa la resolución de sus casos. A Plinio se le toma aprecio por su combinación de humanismo y humanidad. No es un ángel exterminador, no es el sumo sacerdote de la virtud y por ello creo que su lectura es necesaria. El rapto de las Sabinas y Las hermanas coloradas, acabaron de redondear un híbrido, dicen, entre el Maigret de Simenon y el Montalbano de Camilleri, que cuenta con la ayuda de otro híbrido, esta vez de Watson y Sancho Panza, que es médico, pero de mulas: don Lotario, trocado el rucio por un Seat 600.

Pero vamos con la novela. Tras unos primeros compases donde se describe con maestría una tarde de junio, en la que “el cielo estaba de un gris gordo y obsesionante que aplastaba las casas y la torre, se metía por puertas y ventanas, amainaba pájaros y gritos, empozaba el pueblo” el engranaje de la novela echa a rodar con la aparición del nicho tapiado que Antonio el Faraón, corredor de vinos, tenía comprao y disponible en el cementerio. La sorpresa viene cuando al picar el tabiquillo del nicho, descubren dentro un cajón con el cadáver embalsamado de un desconocido. Para lograr su identificación, Plinio pedirá al fotógrafo del pueblo unos retratos y su difusión en la prensa. Esto y unos pregones para que el pueblo se acerque por si el muerto les resulta conocido, provocará toda una cascada de situaciones a cada cuál más berlanguiana.

García Pavón, como si hiciera pleita de esparto, irá entrelazando estampas costumbristas y pesquisas policiacas, haciendo desfilar una galería de personajes de esperpento. En las aventuras de Plinio hay menos ternura de la que uno puede encontrar en sus Cuentos Republicanos o Los liberales, porque se impone la sátira, picante, por ejemplo, en las tres aristócratas que acuden a reclamar el cadáver, su doble moral y las servidumbres de la autoridad civil y eclesiástica con las gentes de orden. En la mezquindad del prójimo cuando se trata de reconocer los méritos del vecino, “ante el hombre vivo que destaca el Juan particular se siente molesto. Cuando muere aquel, el Juan particular presume de paisanaje”. También un humor tirando a negro, cuando la popularidad del muerto crece tanto entre la gente del pueblo que un emprendedor rural decide hacer máscaras y venderlas en el mercado. Por allí merodea el tabloide de la época, El Caso, dejando claro el gusto ibérico por el morbo y lo grotesco.

       
La serie de Plino está en Youtube, por si queréis echarle un vistazo. Aunque la caracterización está bien lograda, falta todo el humor y gracejo de la novela. 

Y a salto de mata, se cuela una filosofía popular añeja, que quizá con los años ha enranciado, sobre todo cuando trata el tema femenino.  No quiero decir que cambiase nada de Plinio, ni un ápice. Cada uno es hijo de su tiempo y hay que ver las cosas en su contexto, no nos pase como a los del Teatro del Maggio de Florencia que cambiaron el final de Carmen por "machista". Imagino que dentro de treinta años habrá quien se eche las manos a la cabeza con ciertos comportamientos actuales que la mayoría encaja dentro de la normalidad. En cualquier caso, sirvan estos dos ejemplos puestos en boca del filósofo Braulio:
Cuando ciertos padres se ponen tan prósperos con sus hijos, y les dicen que bastante favor les han hecho con traerlos al mundo, me da una rabia… La faena, coño, ha sido traerlos a las galeras y tormentos que acopia la vida del más pintado… Como inocentes engañados debían tratarlos, y arrepentirse de haberlos metido en este berenjenal… Por eso, sin saber muy bien lo que me hacía, un servidor no se casó. Ni tuvo hijos en lo ajeno. Y ahora con mi conciencia tranquila de no haber embarcao a nadie en esta cardenchera… 
Lo que os digo. Las mujeres tenían que vivir solas en un barrio. De la plaza pa’l norte. Allí que chillaran, se pusieran verdes, dieran de mamar a los hijos y se lavaran las vergüenzas. Y los hombres, de la Plaza pa’l sur. Tranquilos, en sus negocios, su vino, sus pitos y su parla. Íbamos a vivir como Dios… A la hora de la fornicativa, el campanero tocaba la campana mayor y cada uno pasaba al norte a echar su mandao. Y después al barrio sur. No hay más cáscaras. Veríais qué paz.
Uno de los momentos más entrañables de las aventuras de Plinio son esas pausas de zen manchego, donde los hombres se esparcen, lían un cigarrillo y degustan un vino de tinaja, dejando su lugar al silencio.
Era tan bueno el fresco de la cueva, tan tragadero el blanco y aromático y viril el tabaco del señor veterinario, que los tres hombres tardaron mucho en romper a hablar. Allí permanecían acluecados, perdidos en sus humos, sus tragos y sus imaginativas.
El resultado, despachado de forma algo desdeñosa por otro de los fundadores de la novela negra en España, Vázquez Montalbán con “un mero estudio de costumbres en un pueblo de la Mancha”, tiene sin embargo un relumbre cervantino, un ritmo y un uso del diálogo que te lleva en volandas. García Pavón quiebra la indiferencia del lector página tras página, bien con una carcajada, bien con un gesto de intriga. Así que picando un poco es evidente que hay algo más que costumbrismo y si Vázquez Montalbán no lo quiso admitir, con poco que leyera lo tuvo que ver.


Algunos participantes del grupo de lectura, entre los que se encuentra un servidor. 
El personaje de Plinio alcanzó altas cotas de popularidad y se rodó una serie televisión en los años 70, aunque con el tiempo Pavón ha caído en el olvido. Acusado de conservador en lo político y costumbrista en lo literario, su éxito durante el tardofranquismo le pasó la minuta o quizá la historia de la literatura es así de caprichosa, pero sonroja comparar su prosa con escritores de su época y un poco posteriores que siguen en los altares. Hay quien puede ver el olvido de Plinio, frente a sus homónimos urbanitas como un capítulo más del tradicional ninguneo de la ciudad y la periferia al mundo rural de interior, que se percibe como simple, brutal y en decadencia. Ambientando sus novelas en Tomelloso, haciendo a su detective beber cazalla, lavarse con agua del pozo, desayunar café con churros y tener como lugarteniente a un veterinario de mulas, García Pavón hizo algo único, pero se ganó el menosprecio de los que consideran el campo un peldaño más abajo en la evolución o como mucho un vacío pintoresco para pasar los días de puente (dicho esto sin acritud). Sobre el tema os dejo este enlace.

Sin embargo, aquí en su pueblo García Pavón sigue vivo. Eso no significa que medio Tomelloso esté aferrado a un libro (ni siquiera un cuarto), pero sí que las andanzas del jefe de la GMT y don Lotario son apreciadas y conocidas. Además, entre los que matamos parte de nuestro tiempo escribiendo, García Pavón es un referente ineludible y una influencia de primer orden. En 2019 se cumplirán cien años de su nacimiento, toda su obra mayor ha sido reeditada por Rey Lear y una editora local, Ediciones Soubriet, así que no hay excusas.

                                               Resultado de imagen de diccionario de garcía pavón

Para acabar, todo el que se acerque a la obra del manchego y se sienta intrigado (o se llegue a calentar la cabeza) con su léxico tan particular, puede consultar el diccionario donde su hija, la también escritora Sonia García Soubriet, recopiló los vocablos y expresiones más peculiares de su narrativa, legado de la imaginación y capacidad del propio Pavón con no pocos neologismos y de un castellano castizo, de raíz manchego-tomellosera. Hay que ponerse en situación y pensar en el pobre traductor al que le tocó verter al sueco o al polaco (las novelas de Plinio han sido traducias a siete idiomas) palabras como “asura”, “cansinear”, “rompetoscas”, “almorchón” o “candorro”.