jueves, 23 de noviembre de 2017

LA SEQUÍA DEL LECTOR Y SU LISTA DE ESPERA


En todo este mes de noviembre no ha caído ni una gota. Donde vivo, la gente se queja del agua: dicen que sabe mucho a cloro y en la ducha deja la piel como papel de lija. Las autoridades argumentan que es debido al bajo nivel del embalse. Es curioso cómo este cielo terrible de la llanura, sin nubes, de un azul amenazador ha acabado aplastando mi ritmo lector (desde luego, no quiero comparar en magnitud una cosa con otras, estaría bien. Pero como el blog va de libros...). Bueno, tampoco es correcto achacarlo todo al cielo. Si los anticiclones que, como gorilas de discoteca, disuaden al aire húmedo del Atlántico de darse un garbeo por la piel de toro, son los responsables de la pertinaz sequía, son otras ocupaciones las que me impiden leer y escribir. Aunque escribir sí escribo algunas noches, por limpiar mi cabeza de podredumbre que a la larga puede atascarla. Pero poco. Leer, pues un ratillo los fines de semana, aparte de las visitas furtivas a blogs amigos. El bagaje es escaso, mucho. Pero, en fin, al menos la lectura de La señora Dalloway ha sido profunda y provechosa.
Queriendo hablar de esa nebulosa que son las lecturas pendientes, que acaban tomando cuerpo en una lista interminable o en pilas de libros esperando su turno, me vienen a la cabeza los hongos y setas que afloran después de las lluvias de otoño y la gente que recorre el monte con un cesto para luego darse un festín o por puro afán andariego. Este año me parece que se les va a ver poco el pelo.
Vivo, haya sequía o no, en una alfombra de polvo. Setas hay pocas. Es curioso, porque apenas te mueves treinta kilómetros y te das de bruces con suelos fértiles que parecen merengue y humedales con flamencos, somormujos y ánades con el cuello azul. Qué hermoso es ver esos afloramientos en medio del llano, charcos donde las aves que cruzan los Pirineos hacen parada y fonda. Mención aparte merecen las Lagunas de Ruidera, mil años encantadas por Merlín, bendito sea, porque las aguas azul turquesa, el carrizo, las formas de la roca caliza, los álamos, las rugosas encinas, todo ese arsenal de naturaleza es digno de ver. Aunque también están siendo azotadas por la sequía y algunas se han secado.
Mi madre dice que cuando mi abuelo regresaba del campo, montado en su bicicleta de hierro macizo, con el pañuelo de hierbas anudado como un pirata y la azada y el escavillo atados en la espalda, en forma de equis, le traía paloduz y huevos de codorniz. Yo recuerdo que debajo de la boina también llevaba grillos, que metía en una caja de zapatos, hechos los respiraderos y luego le daba su dosis de lechuga, para que vieran que como entre humanos, no se vive en ningún sitio. Pero nada de setas.
Os habréis dado cuenta de que me tomo mi tiempo hasta ir al meollo, es curioso, porque me pasa solo escribiendo, cuando hablo soy más bien parco. Mi escritorio, por suerte y siguiendo con la metáfora del principio, es menos seco que la llanura donde fui a nacer y yazgo.  Una visita a la blogosfera, una lectura que lleva a otra, un puro relámpago y zas, libro que apetece. ¿Dónde lo apunto? El recurso de los post-it fue desterrado desde que mis hijos desarrollaron su psicomotricidad fina y aprendieron a abrir y vaciar cajones, usar pegamento, tijeras y rotuladores. Así que una cuartilla en sucio me vale, es mi cazamariposas.
No es nada atractiva, lo sé. Es aburrida y fea. Se va llenando y emborronando, hasta quedar lamentable. Cuando me viene una fiebre de orden, se rompe, va a la bolsa de papel para reciclar y o bien paso los títulos a limpio, a un cuaderno en condiciones o me olvido de la lista, uno que es voluble. Puede que algunas nunca sean leídas y las olvide. ¿Algún criterio? El caos.
Aunque pensándolo bien, podría ordenarlas por temas: está por ahí el famoso psicólogo conductista Skinner, que ideó una especie de sociedad perfecta parafraseando a Thoreau en el título, Walden Dos (lo tengo en epub) y Oliver Sacks, su autobiografía que compré en septiembre y todavía no he leído. ¿Suena sugerente, no? Hay libros a los que he llegado por otros libros, y añadas más contemporáneas, lo que decimos por aquí “vino joven”. Tengo en lista ni se sabe a Isaac Rosa. Un guiño a lo minoritario: Hasier Larretxea, poeta que recita acompañado de su padre eskolari (los que talan troncos) en plena performance y rarezas, ésta por sugerencia bloguera: Tainaron de Leena Krohn. Relatos, como no, Mariana Enríquez, Las cosas que perdimos en el fuego, La bandera inglesa, del Nobel Imre Kertesz y Los demonios exteriores de nuestro compañero David Rubio. Y más, me llegó ayer de Círculo de Lectores Tierra de Campos, del también cineasta David Trueba y tengo La Carcoma de Daniel Fopiani, Premio Valencia Nova de Narrativa. Para morderme las uñas con un Thriller, la literatura de género también está en su derecho.

Así voy llevando mi lista de pendientes, ¿cómo organizáis la vuestra? ¿Impera también lo heterogéneo como en mi caso? Seguro que sois más limpios…

viernes, 10 de noviembre de 2017

DILEMA NOCTURNO


El cambio de hora tiene a Miguel un poco desquiciado. Son sesenta minutos que dilatan la tarde y la traen de los pelos, quiera o no. Lo copiaron los ingleses de los alemanes, en tiempos de guerra. Pero la costumbre sigue, aunque en las trincheras ya ha crecido la hierba y nadie llora a aquellos muertos, que fueron muchos. Durante días a Miguel le cuesta conciliar el sueño, hasta que se impone la fuerza de la costumbre. Tener los ojos abiertos en la oscuridad es un derroche, ¿qué registra la retina?, ¿la nada? Tanta sinapsis por el sumidero. Pero aparte del juego de tenis que se traen con el reloj nuestras autoridades, algo más perturba a Miguel. Al menos hoy. 
Se tumba boca abajo, hunde la cabeza en el almohadón para forzar el cierre de los párpados, pero sus circuitos neuronales siguen alerta. Esta tarde le han llamado para invitarle a dar una conferencia sobre su especialidad, que es el patrimonio industrial y ferroviario, esos cadáveres llenos de óxido que sin embargo hicieron de partera del capitalismo. Es dentro de dos semanas. Doscientos kilómetros en línea recta, al noroeste de Madrid. Ha dicho que sí, que iría, ningún problema. Pero resulta que Miguel siente aprensión cada vez que se pone al volante, es un síndrome que tiene nombre de griego antiguo, de antes de Sócrates mínimo. Adentrarse en la capital con su coche le hace sentir como esos marineros del Medievo, cuando encaraban el vasto océano y temían el ataque de calamares gigantes o a las ballenas, pensando que se los tragarían como el que sorbe un fideo (ahora sabemos que no es posible, que las ballenas tienen la garganta del tamaño de un dedal).
En cualquier caso, Miguel se ha comprometido. Tendrá que ir, es una persona de palabra. Así que da vueltas en la cama, hace cálculos elementales (sumas y restas) y concluye en lo siguiente: deberá salir con tiempo, a las tres de la tarde o antes. Pero esa hora es terrible para mí, piensa, me suele entrar mucho sueño. Podría no comer o picar algo, un sándwich y té verde. Beber una Coca-Cola. O quizá sería peor, porque los gases le provocan retortijones. El sonido de sus tripas sería demasiado discordante. Miguel sigue con su particular centrifugado sobre el colchón. Por fin decide comer temprano y dar una cabezada antes de salir. Esta decisión también encuentra dificultades para abrirse paso en la espesura: seguro que por efecto de la tensión no podrá pegar ojo y será peor. Miguel sabe que debe salir con cierto margen. Una hora o más. Porque puede perderse, le ocurre a menudo: o equivoca la salida o duda al cambiar de carril y pasa de largo. Y luego está la cuestión del aparcamiento. ¿Habrá cerca un aparcamiento vigilado? Miguel visualiza la luna reventada al salir y la guantera revuelta. Algo bastante improbable, porque su coche es viejo, la tapicería está gastada y en la guantera solo lleva los papeles del seguro. No es ningún cebo tentador, pero en estos tiempos nunca se sabe. 
Miguel hincha la barriga y la deshincha lentamente, le han dicho que ayuda a calmar la ansiedad. En realidad, llegar no es nada difícil. Ha calculado el itinerario antes de irse a la cama en Google Maps. Hay que coger la A-4 casi todo el camino, luego tomar la salida 17 y un par de rotondas. Callejear un poco, pero no mucho. Lo peor es volver, se lamenta Miguel, porque será de noche, y por culpa de la miopía pierde mucha visión por la noche. Aunque su intervención dura una hora escasa, es el último ponente. Miguel duda si ir vestido para la ocasión o cambiarse en el aparcamiento, llevar la camisa y la americana en una percha colgando del asiento de atrás. Y el desodorante, que no se le olvide, porque con los nervios le da por sudar. Tiene un olor corporal fuerte, además, como alcanfor o suavizante para la ropa. No le han comentado si hay cóctel después, parece un acto más bien austero.
Miguel da otra vuelta en la cama, suspira y agarra a su mujer por detrás, tantea entre sus piernas, pero ella le aparta de un codazo. ¿Y si le digo que me acompañe? Miguel cree que le daría seguridad durante el viaje: es agradable tener a alguien con quién hablar. Recuerda que hay gente que comparte coche con desconocidos a través de Internet, para ahorrar gasolina. Con su timidez, solo imaginarlo le da pavor. Tampoco cree que el hipotético acompañante fuera demasiado cómodo a su lado, porque resulta un conductor pésimo, se le notaría que no sabe bien donde va. ¿Y al contrario? ¿Por qué no buscar a alguien que le lleve? Demasiadas combinaciones, demasiados desconocidos. Comparar opiniones, fotos de perfil. Conversaciones telefónicas, intercambio de mensajes, escribir en Whatsapp. Miguel teme hacer el ridículo y recibir luego la fusta de un comentario despreciativo, acabar claveteado o expuesto para escarnio en la picota digital. Le da un escalofrío, tira de la manta y mete dentro los brazos, encogiéndose.
Decide pedir a su mujer que le acompañe, si le dan el día libre en el trabajo y así pasan la tarde juntos. Pero una nube negra descarga el granizo de un presentimiento: ¿y si sufrieran un percance? Los accidentes ocurren. Casi dos mil muertos el año pasado en las carreteras, más de veinte cada fin de semana. Es viernes, habrá tráfico. Crecen las posibilidades. A Miguel se le hace un nudo en la garganta al pensar en sus hijos, desamparados. Durante un tiempo cada vez que cogía el coche pensaba en la muerte, incluso una vez, desquiciado por la inminencia de un viaje a Barcelona para una lectura en la UAB, escribió una carta de despedida y la dejó dentro del cajón del escritorio, sellada y firmada. A Kubrick le daba miedo volar y hacía todos sus viajes en coche. Menudo inconsciente, se dice Miguel, que descarta ir con su mujer. La ida está hecha, si me pierdo a la vuelta y acabo en Segovia o en Badajoz, pues aprovecho para hacer turismo. Turismo de madrugada, Dios. Me tocará pagar un hotel. Espero llevar el teléfono con suficiente batería, se lamenta Miguel. El número de su mujer es el único aparte del suyo que ha conseguido memorizar. ¿Siguen teniendo teléfono público los bares de carretera? Si no, cualquiera puede dejarle hacer una llamada con su móvil. La gente es amable, en general. Y todos dicen que tiene cara de buena persona…
Son más de las cuatro, pero Miguel no lo sabe porque se resiste a mirar el despertador. Recuerda que a treinta kilómetros vive su amigo Michel desde hace un año. La verdad es que lleva tiempo sin hablar con él. Podría avisarle para que le acompañara y luego cenar por ahí. Podría incluso quedarse en su casa y regresar a la mañana siguiente.  Lo más seguro es que le ponga alguna pega. Está enfrascado en su tesis, se sienta cada día a escribir, como si fuera a la oficina de nueve a ocho (horarios españoles). Solo sale a respirar aire puro cuando va a la biblioteca o al despacho de su tutor y dependiendo de los niveles de monóxido de carbono. A lo mejor le molesta perder una tarde y una mañana por su culpa, puede que ni le coja el teléfono. Desprecia la tecnología y tiene un viejo terminal del grosor de un bocadillo, con la pantalla de cristal líquido. 
Miguel ya ha descartado la opción del transporte público, el horario del autobús no le viene bien, lo miró en Google. En tren, tendría que bajarse en Atocha. Coger allí el cercanías o el metro. Después un autobús o un taxi. Demasiados trasbordos, se perdería. Miguel barrunta la posibilidad de llegar tarde. No está acostumbrado al ajetreo de la ciudad, a la gente corriendo, toda esa cantidad de gente. Esta mañana yendo al trabajo, durante cinco minutos, no se ha cruzado con nadie. Ni siquiera un coche. Vive rodeado de vacío, en apenas sesenta metros cuadrados (que tardará en pagar treinta años) y el choque de la multitud es demasiado para él. Le perturba. Es casi una conmoción. Es una aventura que entraña demasiados riesgos. Pero no quiere seguir dándole vueltas, necesita descansar.
¿A quién le puede importar el tema de mi conferencia?, se dice. Y quizá tenga razón. A lo mejor después de todo no van ni diez personas. Le ocurrió en aquel curso de verano sobre patrimonio industrial, donde descontando al concejal de cultura y al encargado de abrir y cerrar la biblioteca eran cinco. Al menos pudo ir en tren y la organización le recogió en taxi. Todo a cuenta de la teta del Estado.
Miguel acaricia de nuevo a su mujer. Su placidez le reconforta. Por fin se decide. Saldrá temprano, tomará un sándwich en el camino. Con su coche y para volver lo mismo. Que sea lo que Dios quiera. La cita es el viernes 15 de abril. Alto, se dice. Las gramíneas, el polen zumbando, entreverado con las partículas de diésel y carbonilla, letal. Los antihistamínicos le dan sueño, aunque dice en el prospecto que no, que está clínicamente testado. Pero Miguel se conoce, se promete llevar el coche al taller para que le revisen los filtros anti polen, o si no pasará la mitad de la conferencia sorbiendo mocos y estornudando.
Ha dado tantas vueltas que se ha quedado aprisionado entre las sábanas, parece envuelto en una mortaja. Recuerda ese cuento de Poe en el que un individuo cree haber sido enterrado vivo y en realidad sufre una pesadilla en el cubículo de su camarote. Un rayo de sol ilumina levemente la habitación, porque son las siete. Pero Miguel está satisfecho, ha resuelto el dilema. Ahora solo le queda pensar en cómo plantear la conferencia, pero eso lo deja para la noche siguiente…

Fotografía: Vincent Van Gogh, Old man in sorrow

viernes, 3 de noviembre de 2017

"Crónica de los Wapshot" de John Cheever

Crónica de los Wapshot es una de las dos novelas que componen La familia Wapshot y que se pueden leer por separado (mi caso) o en alguna edición conjunta. Esta reseña la escribí hace un par de años, pero la deseché porque no quedó muy allá. Ahora, aprovechando que estoy con los cuentos completos de Cheever en inglés y que, dicho sea de paso, ni escribo ni leo mucho, la recupero con algunos cambios.

Cheever es uno de los grandes del relato y en cierto sentido, Crónica de los Wapshot se podría leer como una serie de historias cortas. Con esto no digo que estemos ante una mera acumulación de anécdotas yuxtapuestas. Pero más que una novela canónica y estructurada, es un todo orgánico, con un nudo inicial a partir del cual crecen multitud de ramificaciones. Ese bulbo primigenio es la familia Wapshot, que vive en Saint Botolphs, un pequeño y paradisíaco pueblo de Nueva Inglaterra. Está formada por Sarah, una mujer implicada en la vida de su comunidad y Leander, su marido, que maneja un barco turístico. Tienen dos hijos, Coverly y Moses. La vida de los Wapshot es supervisada por la excéntrica tía Honora. Esta posee una gran fortuna que ha prometido legar a los muchachos, a condición de que formen una familia y tengan hijos. Es precisamente la partida de los dos hermanos para tratar de prosperar lejos de sus padres lo que pone en movimiento la maquinaria de Crónica de los Wapshot. Hasta aquí todo muy de manual, lo que ocurre es que la sucesión de hechos es de lo más imprevisible y lo que podría haber sido una novela de aprendizaje se convierte en algo mucho más poliédrico.  

La prosa de Cheever es precisa y cortante, estilo marca de la casa, aunque a veces muta hacia lo poético y descriptivo. Lo cierto es que se mueve con maestría por diferentes registros, completando un gran fresco que deja su impronta. Hay un sentido del humor algo absurdo, casi surrealista. Alterna momentos de total transparencia  y otros más opacos, con cambios fulgurantes, extrañas ambigüedades, confesiones y giros repentinos del destino.

Dentro de los personajes impactantes podría destacar —y perdón por entrar tanto en detalle— a la excéntrica tía Honora, que encuentra en su huerto una zanahoria que le recuerda al miembro de su difunto marido y se la regala a una vecina a la que ve con necesidad. Tronchante. La vieja Justina, ama y señora de la decrépita mansión de Clear Haven, me ha recordado a la Miss Havisham de Dickens. El episodio entero de la estancia allí de Moses, sus viajes a través del tejado para acostarse con su prometida, la crisis depresiva de ella, la súbita aparición de un exmarido que lo resuelve todo es memorable y como digo, podría funcionar como un relato aparte.

Me ha encantado también, y supongo que será una crítica a la clase media americana (el libro es de los 50 del siglo pasado), la narración de la nueva vida de Coverly junto a su esposa Betley en una ciudad residencial cercana a la base de cohetes donde trabaja. Las casas todas iguales, el mismo jardín, la misma sucesión de calles, la misma altivez y falta de confraternización, la hipocresía, el automatismo de la época contagiado a las relaciones humanas, todo es descrito en absoluto contraste con la paradisíaca Nueva Inglaterra de Saint Botolphs de donde procede Coverly. Cheever es un maestro para, a través de situaciones cotidianas y absurdas, mostrar las entretelas del alma, despojar a los personajes de su careta y dejar expuesta su vulnerabilidad. El ser humano es poco más que un pajarillo indefenso en una sociedad cínica, hipócrita y cruel.   

Mención aparte merece la irrupción de Leander como narrador, a la mitad de la novela. Extractos de su diario personal se superponen a las vicisitudes de Moses y Coverly. Con frases cortas, punzantes, casi telegráficas, aporta complejidad y estilo a la novela. Para mí marca la diferencia, aunque al principio resulte desconcertante. Yo es que soy así, como lector me gusta que me tiren de las orejas: odio el puré. Cheever no agota este recurso, sino que prescinde poco a poco de Leander, pero lo recupera al final, en una nota con sabios consejos para sus hijos de los que transcribo los siguientes: el miedo tiene el sabor de un cuchillo herrumbroso, no dejarle entrar en casa. Erguir la espalda. Admirar el mundo. Gozar del amor de una mujer dulce. Confiar en el Señor. Suscribo casi todo.

sábado, 21 de octubre de 2017

"Sostiene Pereira" de Antonio Tabucchi

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Sostiene Pereira es uno de esos libros que perduran una vez leídos. Gran parte de culpa la tiene su personaje protagonista, al que la maestría de Antonio Tabucchi da vida casi corpórea. Porque ¿quién dice que Pereira no haya existido, fuera olvidado y su alma, vagando en otra dimensión, se materializara en la imaginación del escritor italiano? Casi se sugiere en el epílogo, donde el propio Tabucchi cuenta cómo construyó o mejor dicho, como poco a poco se le manifestó Pereira, un ánima que erraba en el espacio del éter, que le visitaba durante ese privilegiado espacio que precede al momento del sueño. Cuando por fin tuvo la historia, después de meses de apariciones, temblando en la punta de sus dedos, fue cosa de escasas semanas de febril maquinación para darle vida. Y ahí sigue Pereira, encerrado en sus páginas y formando parte de la memoria de millones de lectores, lo que es también otra forma de vida alternativa a la de “la carne”. Si os dieran a elegir, ¿qué os parecería convertiros en un personaje literario, creado por un escritor a partir de su imaginación y experiencias propias y ajenas, formar parte del recuerdo de tantas personas, ser recreado en una película, vivir para siempre (mientras se siga leyendo)? El entrañable Pereira duda durante toda la novela de su ortodoxia católica, porque rechaza la resurrección de la carne: el alma sí, claro (…) pero toda esa carne, aquella que circundaba su alma (…) ¿para qué? Todo aquel sebo que le acompañaba cotidianamente, el sudor, el jadeo al subir a las escaleras ¿para qué iban a renacer?, pero seguro que no había pensado en esa posibilidad de resurrección a través de la literatura.

Pereira es un hombre que vive su madurez, viudo, obeso y con cardiopatías. Después de treinta años de carrera como cronista de sucesos, se ha retirado a la página cultural de un diario católico, donde traduce cuentos de autores franceses y ha ideado una sección de efemérides para escritores muertos. Pensando en que debería contar con un archivo, para responder rápido a una muerte inesperada, contrata a un joven de origen italiano, Monteiro Rossi, pero este resulta ser un inconformista, opositor al régimen, que le entrega efemérides impublicables. Aún así, a Pereira le atrae el muchacho, le parece que bien podría ser el hijo que nunca tuvo y lo protege. Pero el ímpetu idealista de su joven amigo irrumpe en su conciencia y le arrastra por caminos donde nunca había transitado. Y contar más no sería conveniente.

Sostiene Pereira es una lección de cómo construir una novela: unos pocos personajes pero bien definidos y memorables, un entorno físico (Lisboa y sus alrededores, de lo mejor del libro, cobra vida junto a Pereira) y espiritual, un contexto (Portugal durante la dictadura salazarista y en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, la guerra civil española de fondo también, quizá el aspecto menos conseguido), una trama que engulle al protagonista y lo transforma, que engancha al lector y un final que te deja helado, con una mezcla de sensaciones, con ganas de seguir el rastro a ese Pereira renacido, una vez tomado el mando de su multiplicidad de almas, definitivamente, un yo nuevo, inconformista, valiente, honesto e íntegro.

Porque sí, el título, el personaje, su acertadísimo andamiaje, pero Sostiene Pereira también es de esas novelas que pueden cambiarte la vida. Por su mensaje, claro y que remueve al lector. En la vida uno puede tratar de ser neutral, convertirse en piedra, mimetizarse con el entorno, o tomar partido, alimentar la conciencia y no desterrarla, enfrentarse a los hechos y manejarlos con la razón. Ese es el tema de Sostiene Pereira. Llega un momento en la vida en el que hay que hacerlo, y esto puede suponer un cataclismo en el orden cósmico que en la madurez construimos para guarecernos y sentirnos seguros. ¿A cuántos lectores no habrá conmovido Pereira? ¿Cuántos no habrán sentido que tienen que retomar las riendas de su vida? Ese poder transformador de la literatura, su capacidad para agitar nuestra alma, está en Sostiene Pereira. Su idealismo es lo que la dota de perdurabilidad. 

viernes, 6 de octubre de 2017

UN DISPARO DE NIEVE

Patio del Alter Hof, Munich (foto: historia-arte.com)

La vida es una sucesión de seísmos de magnitud variable. Pequeñas perturbaciones, apenas el zumbido de una mosca, un rayo que nos rompe en dos. Siempre es cuestión de un instante. Cierras los ojos y cuando los abres, todo ha cambiado. A mí me gusta imaginar al joven Hitler durmiendo en un banco, protegiéndose del frío con papel de periódico, en un parque público de Viena. Mirando con avidez el escaparate de una pastelería, donde brilla una bandeja de Apfelstrudel sobre la vitrina. Imaginar el momento en el que rasga en pedazos la segunda carta de rechazo de la Academia de Bellas Artes de Viena que trunca para siempre su carrera de pintor (cierto que anduvo varios años más dando tumbos por las tabernas vienesas, vendiendo postales y dibujos hechos por él mismo, pero me vais a permitir esta y otras licencias) y le pone en la senda de Munich, donde después de la Primera Guerra Mundial se unirá al NSDAP, el Partido Nazi que cambiará la Historia. Pensar en un futuro alternativo si Hitler hubiera sido admitido en la Academia es lo que se llama “historia contrafactual”. Probablemente, el nazismo hubiera arraigado sin él, existían los ingredientes y el sustrato que lo hacía posible. La ola de violencia política que asoló Europa no fue creación personal de Hitler. Pero, ¿quién puede saberlo?

Ese gesto tan prosaico, el director de la Academia garabateando su firma y confirmando el segundo suspenso del joven Hitler, ¿cuánto duró? ¿Un segundo? ¿una décima de segundo? A nivel atómico, cuarenta millones de muertos que dejó tras de sí la última gran guerra. Ahora, piensa en tu propia historia personal. Dicen que es un sufrimiento inútil rumiar el “¿qué hubiera pasado si…?”, pero, ¿quién no lo ha hecho alguna vez? Porque intuimos que la vida no se escora en un arco largo y lento, predecible y con sentido. Al contrario, hay momentos fatales, definitivos, una descarga que nos hace cambiar de rumbo. El resultado, no siempre está en el horizonte. La cosecha se recoge años después. ¿Recordó Hitler aquella tarde de Viena, aterido de frío, manoseando su decepción frente a una bandeja de Apfelstrudel? ¿Pensó en su carrera truncada de artista cuando las bombas cercaban la guarida del lobo, cuando notaba el frío, el sabor ferroso de su arma dentro de la boca, disparando la última bala de su vida? ¿Cerró los ojos y se imaginó dando las últimas pinceladas a un paisaje gótico, donde el viento agita las hojas amarillas de los árboles una tarde de otoño?

Si el rumbo de la vida oscila en tan breves segundos, si todo cambia sin posibilidad de enmienda, ¿cómo no sentir un vértigo terrible ante el mero hecho de existir? ¿Cómo no sentirse insignificante, una mota de polvo en la inmensidad del cosmos? A mí, de pensarlo, me invade una sensación de angustia incontrolable, casi pánico. Y creo que la creación humana que mejor refleja esta realidad es la poesía. Si habéis escuchado la célebre canción de Silvio Rodríguez, Ojalá, el estribillo dice:

Ojalá se te acabe la mirada constante 
la palabra precisa, la sonrisa perfecta 
ojalá pase algo que te borre de pronto 
una luz cegadora, un disparo de nieve 
ojalá por lo menos que me lleve la muerte 
para no verte tanto, para no verte siempre 
en todos los segundos, en todas las visiones 
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones

Para algunos, cada cual hace suyo lo que lee, es una canción de desamor absoluto, de un odio filtrado en imágenes de una belleza apabullante. Belleza y odio, qué contraste más perturbador. Su roce parece que pueda provocar una reacción en cadena. Bueno, yo creo que no es así. En esta canción, Silvio Rodríguez asume la huella de un amor que le ha marcado y querría olvidar, porque su impronta le duele. No podrá volver a tenerla nunca, y para su desgracia, tampoco podrá olvidarla. Así que estará siempre en su memoria, una herida de amor tan profunda que nunca podrá cerrarse. Silvio quiere sellar esa herida, deshacerse de una melancolía que le está ahogando. Ojalá pudiera olvidarte, borrarte del todo. Pero no puedo. Estás ahí, formas parte de mi vida, la marcaste a fuego y solo me vale la muerte, mi muerte, para “no verte nunca”.

Entre estos versos, hay una imagen tremenda, cuando dice: “ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve”. Aquí entro con el tema de los detalles, y ahora me diréis. Hay una leyenda urbana que mantiene lo siguiente, donde dice “nieve”, en realidad es “nievi”. Este señor era un francotirador soviético de la Segunda Guerra Mundial, mejor dicho, un héroe producto de la propaganda soviética. Así que hay quien mantiene que lo que Silvio escribió en un primer momento es un “disparo de Nievi”, es decir, una siniestra bala que sale de la bruma dirigida a su antiguo amor. Una sola letra y un verso potente, una imagen tan evocadora, se convierte en algo siniestro, vengativo, manchado de sangre. Incluso vulgar. Un contraste absoluto con la blancura, pureza y perfección de la nieve. ¿Será cierto? Imaginemos que sí (aunque el cantautor lo ha desmentido), que Silvio, que en ese momento hacía el servicio militar, escribió “Nievi”. Pero, como buen poeta, pronto vería el potencial de sustituir esa única letra. Una letra, un instante, lo cambia todo. En la poesía, como en la vida, como en la Historia.

          

viernes, 22 de septiembre de 2017

"Plomo en los bolsillos" de Ander Izaguirre

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Para mucha gente deporte y literatura no son ni de lejos la pareja perfecta. Yo, hasta donde puedo llegar, creo que hay notables excepciones. El boxeo, por ejemplo. Su dramatismo es carne de ficción consagrada desde que Jack London escribiera ese cuento increíble que es A piece of steak (Por un bistec), incluso me han hablado de un libro de Carol Joyce Oates titulado Del boxeo, que pasa por ser el mejor ensayo hecho hasta la fecha sobre este deporte. Sabemos de escritores ilustres que se daban a las doce cuerdas, como Hemingway —este parece que alardeaba más que otra cosa—y Norman Mailer en El combate dejó una crónica para la posteridad, el duelo que enfrentó a Alí y Foreman en Kinshasa, del que también recomiendo el documental Cuando éramos reyes

Y es que el deporte —cualquiera— es un trasunto de la propia vida y como tal, no puede quedarse al margen de la creación literaria. Por mi carácter, soy más dado a deportes individuales, por ejemplo el tenis y el ciclismo, disciplinas donde la lucha con uno mismo es si cabe más trascendente que la lucha contra el rival (esta frase resume toda mi vida). Deportes donde uno puede verse terriblemente solo, desahuciado, hundirse y no tocar fondo. Por eso cuando leo que Miguel Induráin declaró “he llegado muy lejos en el dolor”, siento que esa capacidad para el sufrimiento, para aguantar un minuto más sobre la bicicleta cuando todo tu cuerpo te está pidiendo, te exige que te detengas, es la mejor imagen de una lucha por la vida que nunca cesa.

Richard Ford, si no me falla la memoria, comenzó su carrera como periodista deportivo y en los periódicos hay buenos escritores, con un arsenal de recursos que ya quisiera más de un novelista. A mí, personalmente, me encantan las crónicas de tenis de Javier Sánchez en El Mundo y las de Carlos Arribas sobre ciclismo en El País. Precisamente este último enciende el prólogo de Plomo en los bolsillos, apasionado libro de Ander Izaguirre sobre —cito el subtítulo—“malandanzas, fanfarronadas, traiciones, alegrías, hazañas y sorpresas del tour de Francia”. Me interesé por Izaguirre después de leer un reportaje —premiado— acerca de Tadeo Casañas, un campesino de la isla del Hierro que aprendió a ordeñar las nubes. Así como suena, si os pica la curiosidad aquí está el link. Izaguirre (1976) es un escritor y periodista nacido en San Sebastián, especializado en crónicas de viajes y reportajes de corte social. También tiene su nido en la blogosfera y lo podéis seguir en “Periodismo con botas”. Con Plomo en los bolsillos ganó el III Certamen de Literatura Deportiva Marca. La dupla Marca-Literatura sí que chirria más que las uñas de Freddy Krueger en una pizarra de escuela, pero mis respetos si permitió sacar este libro adelante.

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El padre de la criatura (Foto: Diario de Navarra)

Plomo en los bolsillos se compone de una serie de estampas que recorren de forma cronológica la historia del Tour de Francia, desde su gestación hasta el fraude Armstrong y la mancha de aceite del dopaje, que dejó en blanco el palmarés de la ronda francesa entre los años 1999 y 2005 y de hirió de muerte la credibilidad del ciclismo profesional. El último capítulo, titulado “El arte de la derrota”, está dedicado a aquellos farolillos rojos ilustres, arte este, el de ser el último, que no está exento de picaresca. Hay un epílogo final, que rezuma amargura, donde Izaguirre nos explica cómo dejó la bicicleta.

Plomo en los bolsillos se lee como una extensa crónica periodística. De un sorbo, sin descanso, con la tensión de un descenso sin apenas pisar el freno, porque cuesta despegarse de sus páginas. Tiene la virtud del buen periodismo, el que coge de las solapas al lector y lo hunde, casi lo fagocita, en la lectura. Así era antes de que se extendiera el concepto de cultura rápida, instantánea y gratuita. Las crónicas periodísticas agitaban naciones enteras. En el pasado, cuesta creerlo, hicieron tambalear gobiernos, ensalzaron regímenes e incluso colaboraron en la guerra, por la paz —Vietnam— o la deflagración —Cuba—. Ahora me temo que tiene más peso una noticia o video falso que se convierta en viral a través de Facebook o Youtube. O Donald Trump en Twitter…

Los tiempos cambian, pero yo quería hablar de las virtudes de Plomo en los bolsillos y del talento de Izaguirre para transportarnos al buen, excelso periodismo. De hecho, fue la venta de periódicos la que impulsó el Tour de Francia. El padre de la criatura fue Géo Lefevre, redactor de L´Auto y su jefe, también periodista, Henry Desgrange. La carrera se rodeó enseguida de un aura épica por su dureza, especialmente al incluirse los puertos pirenaicos y alpinos en el trazado —antológico el relato de la expedición al Tourmalet, del que se incluye un cómic— y sobre todo, fue forjada por las crónicas periodísticas. Sirva este ejemplo al relatar los ataques de un tal Petit-Breton: “Cuando va a atacar, se pone de puntillas sobre los pedales y pega un grito aterrador, un grito que no es humano, un aullido de sirena atroz”. En esas primeras ediciones la picaresca de los participantes alcanzaba niveles risibles, al nivel de su entrega y capacidad de sacrificio, como los denominados isolés que eran ciclistas sin equipo, auténticos supervivientes cuya abnegación levantaba pasiones entre el público.

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Bartali y Coppi, dos rivales compartiendo una botella (foto: Publico.es)

Tampoco quiero contar todo el libro, pero hay episodios que me han emocionado. El del primer participante español (oficial), Vicente Blanco, el Cojo, que tenía dos muñones por pies. Eso no le impidió convertirse en ciclista, ganar el campeonato de España y se propuso disputar el Tour. Ahora bien, como era pobre de solemnidad —o por cabezonería o ambas cosas— tuvo que desplazarse en bicicleta desde Bilbao hasta París y en el momento de darse la salida —llegó la noche de antes— estaba tan extenuado y famélico que no aguantó ni la primera etapa. Cuando le preguntaron, declaró: “no pude hacer nada contra aquellas fieras bien alimentadas”.

Otro Vicente, Trueba, apodado “la pulga de Torrelavega” fue el primer rey de la montaña y compitió con solvencia en el Tour en 1932, que de hecho debería haber sido suyo. Pero las trampas y la arbitrariedad eran como el pan de cada día en aquellos tiempos, para que luego nos quejemos. Su mujer nonagenaria desveló a los periodistas el secreto de su marido: “la leche de sus vacas. Las ordeñaba el mismo. Entonces no conocíamos el dopaje ni nada, no habíamos visto nunca una aspirina”. Y bueno, no me resisto a poner otro fragmento de una de esas crónicas de antaño: “Cuando veo pasar a Trueba, siempre me parece que lleva en los bolsillos el certificado de defunción. Es el prototipo de niño mártir: tiene una mirada de gato mísero, apaleado y hambriento, pero en el momento que uno empieza a apiadarse de él, ataca…”.

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Miguel Indurain, ídolo de mi juventud, durante la famosa crono de Luxemburgo (Foto: Las Merinadas deportivas de Edu)

Así de intenso es Plomo en los bolsillos. Uno queda enterado de la caballerosa rivalidad de Coppi, primer ciclista moderno y Bartali, prototipo del hombre nuevo para Mussolini y que sin embargo se pasó media guerra pasando de contrabando pasaportes escondidos en los tubos de la bici y consiguió salvar la vida de más de 800 judíos. De esta hazaña, no dijo ni pío y todo se supo después de su muerte. Hay comedia, cuando Eddy Merckx, cuya ansia de triunfos le hizo recibir el calificativo de “el Caníbal”, esprintó viendo una pancarta, que resultó ser propaganda electoral del Partido Comunista. Hay tragicomedia, como la del primer ciclista musulmán (Kader Zaaf), que no pudo cumplir su sueño de ganar una etapa en el Tour porque bajo un sol de justicia un aficionado le tendió una botella que resultó ser vino de Corbières y el hombre, abstemio por su religión, agarró una borrachera de órdago. Hay tragedia, la muerte de Tom Simpson por una combinación de alcohol, estimulantes y ambición desmesurada o el final de Luis Ocaña y Marco Pantani. Y hay decepción, mucha, cuando se relata la historia de Armstrong, el “ciclista que nunca fue”.


Me apeo de esta reseña, donde hay un nutrido pelotón de spoilers aunque aún estoy encendido. Poco que objetar, salvo la amargura final, lo deprimente de la era Armstrong y la extraña ausencia de mi paisano Federico Martín Bahamontes. Mucho, en cambio, que leer y disfrutar con estas lecciones de vida y deporte, donde está condensada toda la esencia de nuestra contradictoria naturaleza humana.   

viernes, 15 de septiembre de 2017

"Rendición" de Ray Loriga

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Me sorprendió ver a Ray Loriga en Página 2. Mucho más que hubiera ganado el Premio Alfaguara. Rendición, cuyo título original era Victoria puede hacer alusión a, primero, los 160.000 euros de la bolsa y luego, a la renuncia de cierta corriente estética que hacía de Ray Loriga el escritor beat patrio por antonomasia. Hay poca cosa en Rendición del autor de Héroes y Trífero, del “escritor más moderno de España”, entiendo que es lógico porque los años pasan y el ardor juvenil se apaga, a veces para bien. En la entrevista lo vi inseguro, trabado, encogido en el asiento (luego en Youtube, entrevistado por Buenafuente parecía más en su salsa). Nada que ver con aquel escritor de la generación Kronen de Rayban, tupé, anillos con calaveras y tatuajes ante el que se rendían las jovencitas, aunque el atrezo sigue siendo el mismo, no lo es la percha. Pero este rollo no es para decir que no me ha gustado Rendición, al contrario. Lo único que, quitando frases lapidarias marca de la casa como “se obedece porque conviene y se duda porque se piensa”, no parece una novela de Ray Loriga. Al final voy a ser de esos aficionados que, como en la música, siempre quieren de su artista más de lo mismo, hasta la extenuación y tampoco es eso.

Vamos con Rendición. Ha sido descrita como alegoría, distopía orweliana con tintes kafkianos y cosas similares.  Está escrita en primera persona, en un estilo conversacional y este es su gran acierto para mí. La prosa es cristalina, muy sencilla, puede parecer un poco simple pero tiene su efecto. Engancha. Seduce. Fluye. Cada frase está engarzada y engrasada de tal manera que las páginas vuelan. A esto se le llama ritmo, y a mí, como escritor aficionado me impresiona. Y es que ojo, uno no engulle Rendición porque haya una trama frenética o al final de cada capítulo se deje aleteando una intriga y todos esos trucos del oficio que despiertan la gula del que lee. Es mérito exclusivo del narrador y por tanto, de Ray Loriga. Otro acierto de la primera persona en este tipo de novelas, es que el lector se siente tan desorientado y perdido como el narrador. Nada se le explica, más que a través de los ojos del que cuenta. Y puede ser como dice, o no. Nunca cede la duda.

El protagonista es un hombre que vive en el campo con su mujer, un advenedizo, en realidad. Porque resulta que primero fue jornalero, luego capataz y más tarde, al enviudar la jefa, se hizo dueño del cortijo. Su simplicidad y conformismo es lo que nos ofrece Ray. Hay una guerra lejana de la que no se dan detalles y ante la inminencia de la llegada del enemigo, el narrador, junto con su esposa y un niño sordo al que han encontrado vagando desorientado y del que no saben nada más, emprenden la huida hacia un refugio preparado por el gobierno (¿qué gobierno? No se precisa tampoco), la ciudad transparente. 

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Ray Loriga: "las redes sociales mejoran la pesadilla de Orwell. Somos delatores de nosotros mismos" (foto: RTVE.ES)

Aquí se puede hacer un corte absoluto en la novela, que cambia y nos sumerge en la descripción de una ciudad insólita, donde todo está ordenado, es higiénico e inoloro, la felicidad fluye sin cortapisas, quizá por efecto de alguna droga y desaparece la noción de lo privado. Las paredes son de cristal y por tanto, todo el mundo sabe todo del otro y se exhibe sin pudor. Se dice que Ray Loriga ha querido hacer una alegoría sobre nuestra sociedad actual, donde el ciudadano ha renunciado a su privacidad voluntariamente. No ha hecho falta una policía del pensamiento ni un gobierno totalitario; al contrario, ha sucedido en democracia y en el seno de la sociedad más igualitaria de la historia. Una fábula, por cierto, en la que los ciudadanos aprovechan su propia mierda como fuente de energía. No digo nada. 

Pero, ¿qué pasa con las personas que no encajan en este modelo de felicidad impuesta? Pues a ello se enfrenta el narrador, hasta su desenlace, vertiginoso, pero quizá el punto más flaco de la novela. Otra pregunta que creo plantea Rendición es hasta qué punto para lograr esa felicidad artificiosa estamos dispuestos a renunciar, ya no a nuestra intimidad, sino a nuestra idiosincrasia, a todo el equipaje que nos define como humanos y se llama vida, que incluye ira, frustración, tristeza, melancolía, todas cosas detestables pero que en el fondo nos equilibran y si están en nuestra maleta emocional es porque la evolución las ha requerido alguna vez para sobrevivir. Todo para lograr un bienestar perpetuo, un aparte hedonista, sin quebrantos, un “mundo feliz” como el que se vive en la ciudad transparente, donde hasta se ha logrado eliminar el olor corporal.

Así que aceptamos Rendición como un artefacto muy digno de Ray Loriga. Da gusto tenerlo de vuelta, aunque cambiado. Es una buena excusa, además, para releer Trífero o Tokyo ya no nos quiere. Yo lo he hecho este verano. Y tirando de otro hilo —el de la novela distópica— llegué a J. G. Ballard, autor conocido entre los amantes de la serie B como inspirador de la película Crash de David Cronenberg. No es mala idea acercarse a títulos como La sequía, Rascacielos y La isla de cemento para conocer las fuentes de las que ha bebido Ray Loriga (no tanto el citado Orwell) aunque casi toda su obra está descatalogada y haya que tirar de biblioteca. Por si acaso, lanzo el guante.

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