martes, 19 de mayo de 2015

El enjambre y el lobo

Dibujo realizado por un niño víctima de violencia de género (foto: especial Documentos TV-RTVE "Hijos de la violencia de género-Dibujando los miedos)

El Enjambre y el lobo trata un tema nada complaciente: la violencia en el hogar o también llamada de género, pero tomando como protagonista a un niño. Según la ONG Save The Children, los niños son los grandes olvidados, a pesar de que se estima que más de 800.000 niños en España sufren las consecuencias de esta violencia, desarrollando todo tipo de secuelas, entre ellas inseguridad, depresión, problemas de relación social y pesadillas. 



EL ENJAMBRE Y EL LOBO

El niño se desperezó en la cama y escuchó. Eran las siete de la mañana y la aurora iba coloreando con su luz los cristales de la ventana, todavía cubiertos por el velo opaco de la noche. Para el niño su cuerpo volvía a materializarse, envuelto en el edredón de microfibra y aunque sabía que era temprano, sentía deseos de bajar de la cama, sentir el suelo helado bajo sus pies y comer las galletas que estuvieran a su alcance en la cocina. Cuando por fin, con mucho sigilo, se decidió a salir y se encaminó de puntillas hacia el salón, le sorprendió la voz apagada de su madre.

Se quedó muy quieto y comenzó a desandar el camino para volver a su habitación y al menos calzarse las zapatillas de invierno con forma de cocodrilo. Su madre sollozaba, estaba seguro. Observó desde el umbral, porque la puerta estaba entreabierta. Sostenía una fotografía, que se acercaba a la cara con desesperación. Por fin, arrugó el papel y lo rasgó en dos mitades, que arrojó al suelo. Volvió a hundirse en la almohada, para ahogar el llanto que recrecía sin control. El niño se asustó y pensó que su madre estaba enferma, o enfadada con él por levantarse tan temprano y volvió a la cama.



El calor del sol comenzó a llenar la habitación. El niño empujó el edredón con los pies y se quedó quieto, tumbado boca arriba, escuchando. Le rugían las tripas, pero no se atrevía a moverse. La puerta del dormitorio de sus padres se abrió con un leve quejido y su madre salió arrastrando los pies en dirección a la cama del pequeño. El niño se hizo el dormido, hasta que sintió los labios trémulos posándose como una mariposa sobre su frente. Entonces abrió los ojos. Su madre le abrazó con fuerza y el niño se revolvió incómodo, porque le hacía daño. La expresión de la mujer se transformó, invadida por un fuerte sentimiento de inutilidad y arrojó al niño sobre la cama con despecho. El pequeño se quedó perplejo y se sintió culpable, pero no dijo nada.

***
El niño está ahora sentado en el sofá del salón, quieto como una estatua frente al televisor, tan absorto que apenas oye la puerta de la calle al cerrarse, sólo un pensamiento brilla momentáneamente en su cabeza como si fuera un relámpago: debe ser papá.
Pronto se desata la tormenta, el ruido llega desde la cocina como un enjambre de voraces langostas. El niño sube el volumen con el mando a distancia, pero las langostas saltan sobre el sofá, mordisqueando las orejas del pequeño. El niño se tapa con ambas manos y hunde la cabeza en el cojín. Así los gritos son sólo un susurro y tiene un poco menos miedo. Entonces nota la vibración del suelo, teme que sea el lobo de los cuentos y se esconde todavía más. La fiera deambula por el salón, los portazos hacen estremecerse las paredes, hasta que el eco de sus pezuñas se va apagando.
El niño levanta ligeramente la cabeza, reina la destrucción por todas partes. Vuelve a sus dibujos animados. Una cerdita rosa duerme arropada por sus padres, que le leen un cuento. Al niño le sorprende la manera amable con la que se hablan, piensa que en ese mundo de animales parlantes debe ser así y entonces siente grandes deseos de ser cerdito y se acerca a la cocina gruñendo como si lo fuera. Encuentra a su madre sollozando, tapándose la cara con ambas manos. Entiende que quiere estar sola y regresa al salón. Cuando por fin su madre aparece con la cena humeante en el plato, el niño abre la boca y comienza a tragar, pero una fuerza inexplicable le obliga a regurgitar el bocado. La madre no puede contenerse y llora buscando una explicación en el cielo, como la mujer que en el cuadro del Guernica sostiene un niño muerto bajo las bombas.

***
En el patio del colegio el niño siempre juega solo. Su maestra lo observa con preocupación. En la agenda anota: no atiende. El niño arrastra las manos por la arena trazando líneas sinuosas.
Una pelota entra en escena, el efecto del bote pierde fuerza hasta llegar rodando donde se encuentra el pequeño, que mira la esfera como si fuera un planeta recién caído del cielo, la coge y aprieta con ambas manos. Una niña se acerca corriendo y le pide la pelota. El niño la ignora. La pequeña vuelve a pedírsela con vehemencia y como no consigue ninguna respuesta, cambia de táctica y, con voz persuasiva, le invita a jugar. El niño se levanta y la empuja, la pequeña se queda parada, sorprendida, con los ojos brillantes calibrando lo que debe hacer y el niño vuelve a empujarla con rabia, insultándola. La maestra corre hacia ellos y los separa. El niño está ahora castigado en un rincón de la clase, pensando que sólo en el mundo de los cerditos, los niños juegan con las niñas.

***
El niño juguetea con la comida y la deja sin probar en el plato. Busca su mullido refugio cuando regresa el enjambre y después se encierra en su habitación. Se despierta en mitad de la noche. No consigue dormir, porque cree que si intenta contar ovejas aparecerá el malvado lobo y las aniquilará a dentelladas. Un ser monstruoso comienza a brotar del suelo y le mira con un solo ojo, su pupila inflamada como una brasa. El niño grita aterrorizado, pasos rápidos llegan hasta el dormitorio, se enciende la luz, pero no se calma, sino que redobla su grito. Junto al monstruo, dos cuajos sanguinolentos le hablan en susurros y luego se increpan entre ellos ignorándole.
Cuando una mano le saca de la cama, está temblando. Un cerco húmedo parece haber brotado como un manantial bajo las sábanas. El niño está de pie, su madre le cambia el pijama mojado y voltea el colchón, mientras el monstruo mueve la cabeza con sorna.

***
El niño sigue jugando solo. A veces molesta a otros niños. La maestra escribe en la agenda: sólo sabe solucionar los problemas mediante la fuerza. Es difícil penetrar en su coraza, romper su hermetismo, es incapaz de aprender nada.
En el recreo se quedan solos en el aula. Está otra vez castigado porque se ha reído de una niña que no era capaz de resolver un sencillo problema en la pizarra. Al sentarse le ha propinado un pequeño puntapié y el niño ha respondido con crueldad tirándole con fuerza del pelo. La maestra se acerca al pequeño y comienza a hablarle. Esta maestra es dulce, como si viniera del mundo de los cerditos parlantes, piensa. Le pide que dibuje cómo se siente. El pequeño agarra las ceras de colores y compone un oscuro torbellino, espantoso como un aullido: el enjambre. La maestra lo mira desconcertada. Luego dibuja una silueta humana de color negro y remarca los ojos de rojo, con tanta furia que la punta de cera se astilla desprendiendo pequeñas esquirlas: el lobo.

***
El niño deambula por la casa. Rebusca en los cajones y encuentra una fotografía de sus padres, rota por la mitad. Intenta juntar las dos mitades. El papel rasgado forma la silueta de un rayo, parece una falla tectónica que vaya a vibrar en cualquier momento, haciendo agitar los muebles y las lámparas.  Su madre se acerca por detrás y le abraza, pero el niño se revuelve con fiereza, siente sus huesos como afiladas aristas. La madre retrocede y el pequeño corre a su habitación.
La puerta queda entreabierta y a través de una rendija se desliza el gato de la familia. El animal restriega el hocico en el niño, que al principio le abraza complacido y se pone a hablarle. El felino cierra los ojos y ronronea. El niño rodea entonces su cuello con ambas manos y comienza a apretar, lenta, pero inexorablemente. El gato, al sentir la presión homicida en su tráquea, abre los ojos alarmado, se debate bufando, consigue desasirse y lanza un vengativo zarpazo que rasga la piel del pequeño. Éste comienza a gritar y dirige al gato, que se escabulle velozmente, escabrosas palabras en la lengua de los lobos.
La madre siente un escalofrío, mientras le cura con un algodón impregnado en agua oxigenada. Intenta explicarle que no puede tratar así al pobre animal, que se había acercado a él de manera amistosa. El niño se deja curar y se acurruca, esta vez sí, en el cuerpo caliente de su madre. Desea con todas sus fuerzas que no regrese nunca el enjambre. Está confundido. Recuerda los ojos asustados del gato, el vaho de protesta que emanaba de su boca, porque había intentado estrangularle a traición y ya no sabe qué está bien y qué está mal, que es normal en el mundo de los humanos y qué no lo es.  

***
La maestra se sienta en su mesa. El aula está vacía. Tamborilea con los dedos mientras mira la hora en su teléfono móvil. Por fin alguien llama a la puerta, es la madre del niño.
Se sientan frente a frente y se calibran con la mirada. La madre baja la cabeza con mansedumbre en menos de un segundo. Esta mujer vive sometida, piensa la maestra. Hablan del niño, de su extraño comportamiento. La madre se debate entre contarlo o no. La maestra la lleva a su terreno, porque empieza a comprender, escarba en el silencio de la madre, consigue leer en sus labios sellados, entiende cuando calla. Por fin la mujer comienza a agitarse, como un cohete que se prepara para la ignición. Creía que sólo me afectaba a mí, en realidad, estoy aguantando por él. La madre medita un instante. Nunca había pensado que su hijo fuera también una víctima. Ya ha tomado una decisión, pero le tiemblan las piernas porque mira hacia adelante y vislumbra el camino, difícil y tortuoso.

***
El niño intenta armar un rompecabezas. Las piezas se amontonan a un lado y les da vueltas con impaciencia. Hastiado, las aparta de un manotazo y se queda quieto mirando el hueco vacío.
El abuelo llega junto al pequeño. Doblando con extremada lentitud sus rodillas, hasta plegarse como una silla de playa, se sienta a su lado y escoge otra pieza, prueba a encajarla sin éxito. El niño le mira con asombro, le recuerda al abuelo cerdito y sonríe por la ocurrencia. Luego escoge otra pieza y la encaja en un ángulo. Los dos aplauden complacidos. Pasan los minutos y van componiendo el puzle. Un barco antiguo, rompiendo las olas con su afilada quilla, la vela hinchada por el viento, se aleja de una isla negra donde un monstruo de un solo ojo arroja iracundo una gran piedra. Se oye la puerta de la calle, el abuelo se incorpora y saluda a su hija con un beso. Los tres se sientan junto al puzle, como si fuera un tótem.

***
En el colegio la maestra manda callar con poco éxito. Se desploma en el sillón y mira muy fijamente en silencio a sus pupilos, hasta que poco a poco las voces van menguando y todos se remueven inquietos en sus sillas, porque quieren que empiece la clase. El niño pasa las páginas de su libro, indiferente. Su compañero de mesa se debate sudando ante una división imposible. La maestra observa como el niño estira el cuello y ayuda a su compañero, que le dirige una sonrisa. En el recreo los dos niños corren riendo el uno detrás del otro.

El enjambre y el lobo ganó el segundo premio en el  III Certamen Nacional de Relatos contra violencia de género que organiza el Ayuntamiento de Tomelloso (Ciudad Real)

2 comentarios:

  1. Como me gustaría, que este relato tuyo, tuviera vigencía ¡SOLO! por la calidad literaría, que sin duda tiene, y no por los hechos descritos, que desgraciadamente para todos acontecen diariamente.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sin duda, son experiencias que viven miles de niños a diario (y no me olvido de sus madres, claro). Una infancia feliz debería ser un derecho.
      Un abrazo.

      Eliminar