martes, 19 de mayo de 2015

El viejo rocker

(Foto: rockland70.blogspot.com)

Con este relato rindo mi pequeño homenaje al mundo del primer rock and roll. 

                                              EL VIEJO ROCKER

B. aparcó su Cadillac del 57, color “baby blue” y comprobó otra vez la dirección. Por fin había dado con su ídolo. Localizar la casa de Cliff Galley había sido toda una tarea detectivesca, muchas horas invertidas, muchas llamadas realizadas, muchos favores cobrados. Sabía que era un poco atrevido presentarse así. Lo había intentado por correo postal, pero las cartas eran devueltas. La única manera era presentarse en persona, recorrer las casi cuatrocientas millas que había desde New York a Chesapeake, Virginia, jugándose el tipo conduciendo aquella reliquia. 

Un Cadillac similar al del protagonista (foto: Wikipedia)
Le habían advertido que el viejo era de carácter arisco, así que pensó que la simple visión del Cadillac le ablandaría. En el asiento del conductor llevaba convenientemente envuelto el disco de oro que tres meses antes le había entregado la RIAA por su sencillo “Rock in Paris”. Habían pasado más de treinta años desde que Elvis recibiera por primera vez el mismo premio, pero B. ni lo mencionó al recoger el galardón con manos temblorosas. En cambio, B. recordó la infinidad de tardes escuchando los discos de Galley, haciéndolos girar a treinta y tres revoluciones para reducir la endiablada velocidad de sus composiciones, transcribiendo pacientemente cada nota con su guitarra. Treinta canciones. Ese fue el escaso pero valioso legado de Galley. La mayoría acompañando al gran Eugene Cassady, el chico malo del rock and roll. Sí, Galley había sido su maestro, a partir de él había desarrollado su estilo y sobre aquellas estructuras habían ido surgiendo los temas que ahora le aupaban a lo más alto del estrellato. Nadie esperaba que una banda de rockabilly se convirtiera en un fenómeno masivo, pero había un hueco en el mercado y ellos lo aprovecharon. B. se sentía en deuda con Galley y por eso estaba allí, para rendirle tributo. B. pensaba que ese disco de oro, que brillaba sobre el asiento de cuero del Cadillac, era tan suyo como de Galley.   


Cliff Galley estaba leyendo el periódico en el salón, junto a la ventana, cuando vio acercarse el perfil de tiburón del Cadillac, que quedó detenido junto a su casa. Apartó la cortina con un dedo, lo justo para ver y no ser visto. Hacía mucho tiempo que no veía uno igual. Recordó a Eugene y su petaca negra siempre llena de bourbon, sentado en el capó de uno prácticamente idéntico, tarareando “Du-Ba Du-Da” y rememoró el momento en el que los dedos de su mano izquierda se deslizaron por el diapasón componiendo uno, dos, tres acordes y pellizcando rítmicamente las cuerdas con la mano derecha, para captar la esencia gamberra, llena de erotismo, del ritmo que Eugene extraía del rincón más creativo y depravado de su cabeza. Luego vinieron las grabaciones, las giras, los programas de radio y todo lo demás. En 1959 acabó todo y se retiró, pasando al anonimato.
El ruido de la puerta del conductor al abrirse sacó a Galley de su ensimismamiento. Observó atentamente al joven que acabada de salir del coche. El pelo amarillo brotaba de su cabeza como la esponjosa cola de un zorro. Sus brazos escuálidos, con la piel lechosa cubierta de tatuajes, asomaban por las mangas rotas de una chaqueta vaquera como los tentáculos de un pulpo. Cliff se fijó también en el gran aro plateado que pendía de su oreja izquierda y llamó a su mujer.
— ¡Mae!
Una anciana de sonrisa apacible trajinaba en la cocina. Acababa de sacar del horno unas galletas. Había utilizado unos moldes con formas,  que había comprado la noche previa en el centro comercial. Sobre la mesa de la cocina humeaban lunas, estrellas, soles y nubes sonrientes.
— ¡Mae!
La mujer suspiró y arrastró los pies hacia el salón. Descubrió a su marido agazapado junto a la ventana, espiando a través de la cortina.
— ¿Se puede saber que haces Cliff? —. El anciano ni se giró a mirarla.
—Trae el rifle.
— ¿Cómo has dicho?
—El rifle, Mae. Trae el maldito rifle, es otro de esos pollinos que se creen Gene Vincent. Yo le voy a enseñar a no meter las narices donde no le llaman.
—Cliff, por favor. —Mae se acercó a la ventana y miró—. Si es un chiquillo, ¿qué tendrá, diecinueve o veinte años? Espera a ver que quiere.
En ese momento B. atravesaba con paso firme el sendero de piedra que conducía a la puerta de la casa. Galley se levantó de golpe y corrió hacia el trastero. Descolgó el rifle y quitó el polvo del cañón de acero inoxidable con la manga de la camisa. Luego abrió la ventana y apuntó. B. se encontró de frente con el arma y se quedó paralizado. Levantó las manos tembloroso, sin saber qué decir.
La voz de Galley retumbó desde el cristal:
— ¡Fuera de mi propiedad!
Su mujer se acercó vacilante:
—Cliff, por favor.
El anciano chistó:
—Calla, no está cargada, sólo quiero que se vaya.
B. comenzó a desandar el camino sin dar la espalda a Galley. Cuando se vio algo más a salvo, dijo:
— ¿Señor Galley?, sólo quería darle las gracias. Soy B., guitarrista y cantante de The Black Cadillacs.
Galley gruñó, pero no dijo nada. Conocía a esa banda, buque insignia del revival del rock and roll. Qué sabrían ellos lo que era el rock and roll. Cuando Elvis hacia suspirar a América, esos pollinos estaban todavía manchando pañales, si es que habían nacido. Pero ese guitarrista, tenía buenos dedos. Cómo era la canción, “Rock in …”, los arreglos tenían mucha clase, Cliff intentó recordar el estribillo, y el cañón comenzó a moverse oscilante. B. se puso nervioso, pero no se atrevió a moverse. Entonces se abrió la puerta. Galley miró a su mujer, en el umbral, llamando con la mano al joven rocker y bajó el arma con fastidio.

Carl Perkins, uno de lo padres del género (foto: Amazon)
Mae condujo a B. a la cocina. El viejo de buena gana hubiera echado al rocker a culatazos, pero sabía que su mujer le pondría las maletas en la puerta si lo hacía. Así que se quedó en un rincón, con los brazos cruzados, sin disimular su fastidio. Mientras Mae preparaba un café al recién llegado, se acercó a la bandeja de galletas. Tocó un sol sonriente con la punta del dedo y se lo echó entero a la boca. Masticó deprisa, porque quemaba, la comisura de los labios se le llenó de migajas azucaradas. Fue a coger otra, pero una mano veloz le impidió repetir:
—Vas a dejar a los chicos sin galletas. Susan los trae mañana, ¿no te acuerdas?
Galley se retiró avergonzado a su rincón. Mientras, B. presenciaba la escena con estupor, moviendo la taza entre las manos. Sorbió un poco de café y comenzó a marearse, hasta que se desplomó.
—Por Dios bendito, Mae, ¿qué has echado en el café?
— ¿Yo qué voy a echar?, ayúdame, Harry el Sucio, la pobre criatura seguro que se ha desvanecido por el susto que tiene encima. A quién se le ocurre.
Galley lo agarró por la axila y lo arrastró hacia el sofá del salón. Pasados unos segundos, B. abrió los ojos. Mae abanicaba al joven rocker, que poco a poco iba recuperando el color. Galley le miró con firmeza:
—Lo siento, hijo. Este es un vecindario decente, aquí nadie sabe nada de mi pasado. Pero ya eres el tercero este año y estoy perdiendo la paciencia. Te voy a conceder unos minutos, para compensarte por lo de antes, pero no quiero que digas ni una palabra. ¡Aquí no vive Cliff Galley, Cliff Galley está muerto!, ¿me oyes?
B. asintió con la cabeza. De repente notó como un reguero viscoso le corría por la nuca, se tocó con los dedos y vio con incredulidad que estaban manchados de sangre. Mae se llevó las manos a la boca.
—Déjame ver, déjame ver. Te has debido golpear al caer. Espera, voy a por el botiquín.

Dos horas después. B. estaba sentado en el sofá, con la cabeza vendada como si fuera una momia. Gallup fumaba un cigarrillo junto a la ventana y le observaba.
—Yo era el mayor de la banda, también el más responsable. Nunca me metía en líos. Lo mío era la guitarra. Había aprendido un poco como todos, de oído. Tocaba en una banda local, amenizábamos eventos de todo tipo. Conocí a Eugene tras separarlo de una pelea con un granjero enorme. El tipo tenía arrestos. Sostenía una botella rota, borracho como una cuba y el granjero agitaba una silla dispuesto a romperle la crisma. Y se la hubiera roto, si no hubiera mediado. Fue el destino, supongo. El caso es que cuando se calmaron los ánimos, Eugene se empeñó en invitarme a un trago en un club a las afueras de la ciudad. Por supuesto, fuimos en mi coche. Mientras esperábamos en la barra, Eugene se puso a tamborilear, así, tara-ta-ta-tá, canturreando. Le dije que sonaba bien y me miró con cierta soberbia: amigo, soy el nuevo chico malo del rock and roll. Y llamó silbando a la camarera. Una rubia imponente se acercó fumeteando y nos sirvió dos cervezas sin preguntar. Eugene la agarró de la muñeca y le dijo algo al oído. Se marchó y al rato regresó con un cartel, en él figuraban varias artistas de postín de entonces y en pequeño, en letras sinuosas, dentro de una estrella, su nombre: Eugene Cassady.
B. escuchaba con atención, a pesar de que conocía algunos detalles de esa historia. Sabía que Galley había entrado a formar parte de la banda de Cassady por casualidad y que el músico había llevado las primitivas composiciones del salvaje rockero a otro nivel. Sin embargo, en esa época el público no valoraba especialmente a los instrumentistas. Todos los honores se los llevaba el cantante, como así sucedió. Además, en 1959 Galley despareció por completo de la escena musical y nunca se supo nada de él.
 B. escuchó con complacencia al anciano desgranando sus recuerdos. Galley rondaría los sesenta, pensó B. Quizá algo más, quizá algo menos. No estaba seguro. De repente se escuchó un ruido y Galley se levantó del sillón como un resorte. Después se acercó a la puerta, escrutó por la mirilla con el cigarro consumiéndose entre sus dedos y recorrió el salón a grandes zancadas. De una esquina surgió un gato enorme, que se enredó en las piernas de su dueño con gesto afable.
—Será mejor que vayamos abajo. ¡Mae, estoy con el chico en el sótano!
Mae apareció trotando desde la cocina:
— ¿Seguro que estás mejor, hijo?
—Sí, no se preocupe señora. Es sólo un rasguño.

B. y Galley descendieron las angostas escaleras enmoquetadas hasta el sótano. El anciano sacó una llave del bolsillo del pantalón y abrió una puerta disimulada en la pared. Antes de pasar dijo a B. que se colocara de espaldas, abriendo un poco las piernas. El muchacho palideció. Intentó localizar algún objeto contundente, por si las cosas se ponían feas.
—Abre bien las piernas, te digo. No te asustes, no soy ningún degenerado. Es sólo una medida de precaución.
El viejo se puso a tantearle meticulosamente, como si ejecutara un cacheo policial. Luego le hizo darse la vuelta, le palpó el pecho, la cintura. Le pidió que se quitara el reloj, los anillos y el pendiente de la oreja. B. accedió sumiso.
—Entiéndelo, apenas te conozco. Podrías llevar micrófonos ocultos.
— ¿Micrófonos, para qué?—se atrevió a replicar B.
—Ya te lo explicaré, ahora entra.


Gretsch Duo Jet, similar a la del relato (foto: http://www.gretschguitars.com)
Ambos pasaron a una pequeña habitación. Galley encendió una luz blanca. El fluorescente parpadeó unos segundos y al final se encendió. El suelo era de tarima y las paredes y el techo estaban aislados acústicamente. Había una estantería repleta de discos, un equipo de música, la famosa guitarra Gretsch Duo Jet color mostaza de Galley sobre un atril, varios estuches de guitarra apilados, un ruinoso amplificador Fender Tweed Deluxe, fotografías en blanco y negro, carteles de conciertos, botellas de cerveza vacías y un cenicero repleto de colillas. B. se fue animando. Simplemente se trataba del estudio de Galley, dedujo. Aunque no entendía las precauciones previas. Se acercó a la estantería y husmeó un poco. El viejo le miró complacido.
—Ves ese archivador verde, junto al Chantilly Lace de Big Bopper. Dámelo—B. obedeció—Ahora escúchame bien. Esto que te voy a contar es algo que sabe muy poca gente. Por eso quiero la máxima discreción. Si se divulga mi vida estaría en peligro—esto lo dijo en su susurro— y la tuya también.
B. tragó saliva. Le intrigaba el dichoso archivador verde, pero no quería que su vida peligrara por nada del mundo. Y menos después de vender su primer disco de oro y ganar su primer millón de dólares. Acercó el archivador a Galley con manos temblorosas.
Esto que tengo aquí es la verdadera historia del rock and roll.
Después se puso a pasar las hojas transparentes, con recortes de periódico amarillentos.
Carl Perkins. Un gran músico pero con poco carisma. Así justifican los críticos que no se convirtiera en una mega estrella como Elvis. Ya—Galley emitió una risa que pretendía ser irónica, pero que sonó como un graznido—.  En 1956 tuvo un accidente de coche cuando se dirigía al show de Ed Sullivan. Fractura de cráneo. Su hermano y su mánager, fiambres. No fue un accidente. Fueron ellos, un perfecto trabajo de sabotaje. Era un método recurrente. Lo mismo hicieron con Eddie Cochran, pero este tuvo peor suerte.
B. miró alucinado a su interlocutor, ¿de qué demonios hablaba el viejo? ¿Padecía algún tipo de trastorno paranoico?
Entonces estábamos bajo sospecha. Los guardianes de la moral nos consideraban poco menos que paladines del diablo. Decían que incitábamos al fornicio, que alternábamos con negros depravados, que cuestionábamos el orden racial. Consideraban que nuestra música abocaba a los jóvenes a la rebelión. Querían acabar con nosotros, barrernos del mapa. Eran fuertes. En nombre de la seguridad nacional consiguieron carta blanca. Esos años, entre 1956 y 1959 nos fueron quitando de la circulación poco a poco.
B. pensó en Eddie Cochran. Estaba casi seguro que había muerto en 1960 en Inglaterra, pero no se atrevió a interrumpir el alocado  discurso del anciano.
Algún día se sabrá. Fue una caza de brujas. Todos recuerdan a Joseph McCarthy y su empeño por desenmascarar a los simpatizantes del comunismo. En esa lista había músicos, es verdad, como Pete Seeger, pero yo te hablo de algo diferente. Por suerte en la década de los sesenta todo cambió, pero ya no había marcha atrás. Éramos reliquias y las bandas jóvenes nos fueron relegando a un segundo plano, aunque muchas nos copiaban descaradamente.
Galley comenzó a hojear el álbum. En una de las páginas, aparecía un recorte de periódico con una foto de Chuck Berry esposado.
—Lo has leído, verdad. Chuck hizo una fortuna esos años. Incluso se atrevió a abrir un club nocturno donde se pasaba todas esas ordenanzas sobre la segregación racial por el mismo forro. Así le pasó. Ellos pusieron el cebo en el anzuelo: una jovencita apache menor de edad. Y el bueno de Chuck picó como un incauto. Tres años a la sombra.
B. comenzó a encontrar algo de coherencia en el deslavazado discurso de Galley. Una conspiración para acabar con el rock and roll, para desprestigiar a sus intérpretes y creadores. Era una idea delirante, pero presentada así, de manera parcial, tenía algo de sentido.
La misma estratagema utilizaron con Jerry Lee Lewis. Falsificaron el certificado de edad de su prima. Lewis no mintió cuando dijo a los periodistas que tenía quince años. Estaba en la cresta de la ola, había hecho esa película en la que golpeaba un piano ardiendo. Y de repente, se acabaron las giras, se acabaron los contratos, se acabó el dinero. A deambular por Europa como si fuera un vulgar titiritero, él, uno de los padres del rock and roll.
Galley comenzó a alterarse. Se acercó a un mueble-bar, sacó dos copas, sirvió un dedo de Whisky a B. y llenó su vaso más de la mitad.
Con el sabotaje a los aviones fueron demasiado lejos. Richard lo comprobó en sus carnes el primero. Todavía no se había bajado del avión en llamas cuando ya estaba arrojando sus anillos al río Hunter y renegando del Tutti Frutti para refugiarse en los brazos de Dios. Luego regresó, animado por esos mequetrefes de Liverpool, pero su momento había pasado. Al bueno de Holly de nada le sirvieron sus gafas de pasta y esa sonrisa de niño bueno. Además tuvo la mala suerte de coincidir en un avión con Valens, para colmo un chicano y otros que no recuerdo. Un plato demasiado suculento. El resto es historia, ya lo sabes.


Noticia del trágico accidente que costó la vida a Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Bopper (foto: elquintobeatle.com)
Galley comenzó a sollozar apretando los puños. B. se atrevió por fin a abrir la boca, envalentonado por el whisky.
Es una teoría inquietante, pero le recuerdo que otros como Elvis no sufrieron percance alguno.
No es una teoría, son hechos contrastables, es historia. Algún día desclasificarán los documentos. Si no lo han hecho ya es porque estos artistas no han sido olvidados, se los quitaron de encima, los apartaron de la autopista del éxito, pero no pudieron destruir su legado. Descubrir la verdad levantaría demasiada polvareda. Rodarían cabezas, a pesar de todo el tiempo que ha pasado. La nueva administración de Kennedy, más progresista, dio carpetazo y la agencia secreta contra el rock and roll se disolvió. Y deja que te diga algo sobre Elvis. En 1958 fue enviado a la RFA. Le afeitaron la cabeza, como si fuera una vulgar rata de cuartel.
El anciano agarró entonces la Gretsch y encendió el amplificador. Esperó unos segundos a que la vieja maquinaria de válvulas del castigado Fender prendiera y ejecutó con descarnada pericia That´s All Right Mama. B. lo escuchaba fascinado, marcando el compás con el pie y ambas manos en los muslos. Al acabar Galley arrojó la guitarra al sofá. Una última nota quedó reverberando en el aire. Después apuntó con el dedo al joven rocker:
—Julio de 1954, Memphis, Tennessee. Allí estaban Elvis Aaaron Presley, Bill Black y Scotty Moore en las diminutas instalaciones de Sun Records, creando algo nuevo. Sensual, con actitud, impactante. Los jóvenes lo escuchábamos con la misma devoción con la que nuestros abuelos arrastraban sus pies a los mítines de esos predicadores bocazas. Nos sentíamos fascinados y atraídos porque hablaba en nuestro lenguaje, podíamos entenderlo y rebelarnos. ¿Qué fue de Elvis cuando regresó de la RFA? Le hicieron actuar con Frank Sinatra. Domesticaron a la fiera, convirtiéndolo en un artista de sobremesa. Después de 1959, no hay Elvis que valga.
El histórico single de Elvis que marcó el nacimiento del rockabilly. Si pinchas dentro hay un vínculo para escucharlo en Youtube (foto: eltranviafm.blogspot.com.es)
B. sintió lástima por Galley y sus delirios paranoicos. Al mismo tiempo, miraba casi con lujuria la Gretsch reluciente sobre el sofá y el Fender ronroneando. Se acercó y observó a Galley, que hojeaba el cuaderno con mirada perdida, pidiendo su aprobación. Pero el anciano parecía en estado de trance. Sin soltar el cuaderno volvió a acercarse al mueble-bar y se sirvió otro lingotazo. Miró entonces al chico y asintió:
—Puedes tocar un poco si quieres.
B. blandió la guitarra como si fuera un florete y comenzó a interpretar con extrema rapidez uno de los éxitos de Cassady con Galley a la guitarra.
—Eso es, pero no tan rápido—replicó el viejo complacido.
Cuando acabó, B. estaba exultante. Galley sonrió por primera vez, pero la risa rápidamente se fue disolviendo, hasta convertirse en una mueca desdeñosa.
—Esa fue mi última canción con Eugene. La utilizábamos para cerrar nuestros shows. Ya te he dicho que yo era algo mayor que el resto de la banda. Ya estaba  prometido con Mae, intentaba apartarme de los excesos típicos que ocurrían inevitablemente después de un concierto. Recogí mi guitarra y me acerqué a la camioneta para dejar el equipo, esperando que se enfriara todo un poco. Entonces dos sombras enormes se acercaron, una a cada lado, con el sombrero calado hasta la nariz. Abrí la puerta de la camioneta y dejé la guitarra ignorándoles. Me dejaron hacer. Cuando cerré el portón, uno de ellos me agarró del hombro. Intenté revolverme pero un puño enorme me impactó en la sien y perdí el conocimiento.
B. apuntó tímidamente:
— ¿Eran los de la agencia secreta contra el rock and roll?
Galley arrugó los labios varias veces y prosiguió:
—El traqueteo me espabiló pronto. Intenté moverme, pero me habían maniatado. Parecía que estaba en el maletero de un coche. Me revolví como loco, gritando. Hasta que el coche frenó y divisé desde abajo a mis captores abriendo el portón. Me sentí como un cordero indefenso ante el matarife. Me sacaron en volandas y me arrojaron en mitad del polvo. El más grande comenzó a enroscar el silenciador en su revólver. Entonces el más pequeño habló. Amigo Galley, sabemos que eres un hombre decente y queremos ofrecerte un trato. Tu amigo Eugene tiene los días contados. Me incorporé de rodillas y les miré aterrorizado, pero el grande debió malinterpretarlo, porque me propinó un puntapié en todas las costillas que me hizo rodar varios metros. El próximo lunes acércate a la escuela del condado. Hay un puesto de celador vacante. Catorce pagas, para toda la vida. Es tuyo. Si te olvidas para siempre del rock and roll. Desde el suelo vi como arrojaba el cigarro y restregaba el zapato encima hasta deshacer las hebras. El grande volvió a acercarse a mí, esta vez con una gruesa porra de goma. Retrocedí asustado. Cuando desperté, estaba amaneciendo. Conseguí llegar a la carretera y un camionero me llevó hasta mi casa. El lunes hice como me dijeron. Aceptaron mi solicitud en la escuela, donde he trabajado más de treinta años.
Un ruido estremeció de súbito a ambos. El anciano se abalanzó sobre un cajón, de donde extrajo un revolver. Introdujo dos balas y giró el tambor. B. abrió rápidamente la puerta y se precipitó fuera, Galley le apuntó tembloroso. La voz de Mae detuvo justo a tiempo el dedo de Galley cuando ya había retirado el seguro y estaba a punto de apretar el gatillo.
—Dios mio, Cliff. ¿Otra vez jugando a indios y vaqueros?
Se dirigió a B. con tono maternal:
— ¿Qué te pasa hijo? Sigues todavía muy pálido—le tocó la frente con delicadeza— Si estás ardiendo. Esta noche te quedas con nosotros, puedes dormir en el cuarto de Junior.
B. se dejó de nuevo conducir por la anciana, esta vez escaleras arriba, derrotado, incapaz de ofrecer ningún tipo de resistencia.

"El viejo rocker" recibió el primer accésit en el II Concurso de Relato Corto, Temática Libre de ZonaEreader (febrero de 2015), gracias a la votación de los propios lectores. 

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