martes, 22 de diciembre de 2015

Recapitulando: un año de lecturas (y felicitaciones navideñas)


Un año que acaba sirve para hacer balance. Esta tarea puede ser ingrata, porque el ser humano tiende a destacar lo malo por encima de lo bueno. Así, a veces un minuto de sombra engulle todas las horas de luz. En cualquier caso, es un año vivido y esta circunstancia conviene celebrarla y dejar de pensar en el ocaso, porque cada minuto cuenta. Durante estas fechas, como se puede comprobar, me hundo en absurdas meditaciones; a veces me embarro y es habitual que acabe deprimido, pidiendo la hora para retomar el trabajo y la rutina. Resumiendo, soy de los que no disfrutan la Navidad. Me siento más solo que de costumbre y me gustaría desaparecer, vaporizarme. Sueño con el desierto de Almería, siento fascinación. ¿Qué tal pasar unas navidades por allí, vagando como un eremita y hablando con las piedras? A lo mejor en el Cabo de Gata, que pilla cerca y tiene hermosas playas con dunas y arborescencias.  Sin embargo, con dos niños pequeños, el menor apenas un bebé (hoy ha dado su primer pasito: por momentos así merece la pena vivir y perdonad este latiguillo de intimidad, pero hay cosas que necesitan ser contadas) y el mayor consciente de su propia existencia (me canta “ding-dong, ding-dong, suenan las campanas de la iglesia”, tan angelical es su voz de niño, ¿qué clase de criaturas grabaran los estridentes villancicos de los supermercados?), tendré que ocultar mi cara de Grinch con una espesa peluca blanca y vestirme de Santa Claus (me gusta este apelativo más que el de Papá Noel).

Viendo que me paso de paréntesis voy al grano. Ya que este blog va sobre todo de literatura, quería compartir con vosotros, aparte de mi estado de ánimo como habéis podido comprobar, mis lecturas de este año. La intención era largar la lista completa (otro paréntesis: tengo poca memoria, lo anoto todo), luego pensé en seleccionar las tres mejores, o las cinco o las diez. Nunca las peores: soy positivo en esto y además, si no me gusta un libro lo dejo. Es lo que se llama economía lectora. En fin, al final voy a hacer una breve retrospectiva. 

Contando todos los libros leídos, me ha dado un poco de miedo. Resulta que soy un adicto, así que me guardo la cifra total. Comencé 2015 leyendo Carta de una desconocida y Leporella, de Stefan Zweig. No ha sido el único de este autor y han caído otros dos, aparte de engrosar mi interminable lista de pendientes.


Un pequeño paso para un hombre, un gran paso para un niño. 
Repasando me doy cuenta de que la novela corta ha ocupado buena parte de mis lecturas. Es lógico. Suelo leer un poco por las noches o después de comer. Algo los fines de semana. Los tochos se me eternizan y en esto puede mi naturaleza nerviosa. A pesar de todo, devoré con deleite Al Este del Edén de John Steinbeck y la primera parte de Los Miserables  de Víctor Hugo. Entre las citadas novelas cortas, además de Zweig y Unamuno (que después hablaré), me quedo con Celso Castro y su Afinador de habitaciones, Enrique Javier de Lara con Cerezas y Julián Ayesta con Helena o el mar del verano. Serían mis nominados. También dejo un hueco en mi corazón para la “falsa” autobiografía de Zelda Fitzgerald en Alabama song de Gilles Leroy.

2015 ha sido un año especialmente dedicado al relato corto o cuento (escoja cada cual la denominación que prefiera). En principio por afán autodidacta y al final, por puro gusto. Me cuesta elegir, pero de intentarlo, creo que Los girasoles ciegos de Alberto Méndez y 9 cuentos de Salinger estarían en mi Olimpo. En el cajón también podría subir Amistad de juventud de Alice Munro y Danilo Kis se queda en diploma olímpico. Mención aparte merece la relectura que he hecho de Manuel Rivas, escritor fetiche de mi adolescencia. Ya comenté lo vinculado que está a mi propia vida en Ella, maldita alma o Las llamadas perdidas, que junto al libro de Alberto Méndez leí las noches de hospital, con mi hijo pequeño recién nacido (el 23 de enero) dormitando y esperando la primera mañana de su vida.  

Hablando de relecturas, lo que he disfrutado con este placer tan goloso. El camino, al que dediqué un post, pero también Llamadas telefónicas de Roberto Bolaño y El extraño caso del Dr Jekyll y Mr. Hyde de R. L. Stevenson (siempre, siempre se aprende y se disfruta con los clásicos). 

Y sigo con los clásicos, le he hincado el diente a unos cuantos. Señora de rojo sobre fondo gris de Miguel Delibes consiguió emocionarme, lo leí en los breves ratos con mis hijos en el parque, bajo este sol de primavera que nos ha arrebatado diciembre. El diciembre mesetario, frío, neblinoso. Imperturbable en su escarcha. ¿Quién mató a diciembre? Por fortuna, la lectura de Unamuno, bajo la batuta de Mr. Barbusse me ha servido para quitarme un poco la modorra de este otoño primaveral. Abel Sánchez me sigue a todas partes y me ha ayudado a comprender (o a lamentar) muchas de mis experiencias pasadas. Con La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, he entendido por fin el potencial expresivo y poético de la novela corta. ¿Queréis más clásicos? Yo sí, nunca me canso. Lo que disfruté con La nausea de Sartre y Primera memoria de Ana María Matute. Llegado a este punto ya se nota lo ecléctico de mis lecturas. Muchas no las he podido reseñar. Mi escaso tiempo (de hecho ya me estoy pasando, son las doce y media y mañana toca diana pronto) obliga a ciertos sacrificios.

También ha habido hueco para la novela histórica. De todas, creo que me quedaría con El laberinto de Mujica Láinez. También En busca del unicornio de Eslava Galán y otra búsqueda, ésta más épica porque es En busca del fuego de J.H. Rosny (por cierto, lo compré en un mercadillo que había enfrente de mi hotel, después de una despedida de soltero. Cosas de la resaca: me vuelve más lector, si cabe).
Bodegón con libros y gato
Ha sido un año de conocer caras nuevas. Después de Cuatro por cuatro tengo más ganas de Sara Mesa y me fascinó la frivolidad poética de Milena Busquets en También esto pasará (siento debilidad por las mujeres, en el buen sentido). Por su originalidad me sorprendieron La ninfa inconstante de Guillermo Cabrera Infante y La maravillosa vida breve de Óscar Wao de Junot Díaz. En ese espacio de novela difícil de encasillar también estaría Hildur de Toni Montesinos.

Para acabar, unos momentos musicales: Naúfragosdel Rock and Roll de Agustín Torralba y la biografía de Billie Holiday Lady sings the blues y algo de viajes: Canta Irlanda, de Javier Reverte.

Gracias por tu paciencia, si has conseguido roer todo este turrón duro sin atragantarte. Solo me queda desear lo mejor a todos los que durante estos meses han sido alimentando este blog con sus comentarios y sus visitas (también al hipotético nuevo lector). Si he aprendido algo a lo largo de los años, es que en esta vida lo esencial es amar y ser amado.


Feliz 2016 a todos.

jueves, 17 de diciembre de 2015

"El desencanto" de Jaime Chávarri

Foto: filmaffinity.com
Hay un famoso experimento en el cuál se encierra a un niño junto a un caramelo, con la promesa de que si aguanta unos minutos sin comerlo tendrá como recompensa no uno, sino dos. Hay pequeños que resisten con arrojo y otros sucumben en cuanto se cierra la puerta. Al parecer, cuando estos conejillos de indias incapaces de controlar sus impulsos lleguen a adultos, tendrán más posibilidades de ser peores estudiantes. No he llegado a emular este experimento con mis hijos. Pero me divierte pensar que algún padre desquiciado, después de ver el programa en Redes o similar encierre a su hijo en el cuarto de baño con un caramelo: "en quince minutos vuelvo, tesoro". Y me imagino al padre temblando por el futuro de su pequeño. Pero volviendo al tema que quería tratar, si fuera sometido a ese experimento y en lugar de caramelos proyectaran El Desencanto de Jaime Chávarri caería sin remedio. Soy incapaz de rechazar las cosas que me atraen. Hace poco lo pusieron por televisión y comencé a verlo, diciéndome: “un rato solo, luego retomas el libro que estás leyendo o escribes un poco, aprovecha que los niños están durmiendo, aprovecha el silencio”. Fue inútil. Y después vienen los efectos secundarios: días y días pensando en la familia Panero.

No soy una persona que tome la iniciativa. Necesito que me busquen, que me tiren el anzuelo. En caso contrario, habría visto El Desencanto más de cien veces. Solo lo he hecho cuando el documental se ha cruzado en mi camino. Ya decía que como las chicas pudorosas, me siento siempre a esperar que me saquen a bailar. Pero luego me implico, me implico tanto que tengo que escribir como una suerte de auto exorcismo, si existe tal palabra. 


EL DESENCANTO (Versión : Español / Subtítulos : Sin subtítulos)
Felicidad Blanc y los hermanos Panero (foto: filmotech.com)
El Desencanto, para el que no lo sepa, es una película documental dirigida por Jaime Chávarri y estrenada en 1976, con lo que se dirige como un proyectil a su cuarenta aniversario. Y espero que se celebre como merece. Una obra que ha crecido con el tiempo, hasta convertirse en una película de culto y voy a utilizar el adjetivo, lo voy a hacer, a pesar de no ser ninguna autoridad, de no tener idea de casi nada: El Desencanto es una obra irrepetible. Irrepetible, porque sus artífices han muerto y aquel tiempo, aquella forma de vida está finiquitada. Irrepetible porque la exhibición de la propia vida es hoy tan generalizada que ha perdido su poder de seducción. Irrepetible porque la combinación de narcisismo, clarividencia, carisma, poesía y crudeza es en la práctica irrealizable: la familia Panero consiguió juntar el agua y el aceite.

La puesta en escena es muy sencilla, apenas dos escenarios: una vetusta mansión, casi vacía, porque los Panero, incapaces de ganarse la vida con las letras han tenido que vender todo su patrimonio, incluso los libros de su padre. Es palpable la sensación de ocaso, de fin de una época en las paredes desnudas de la casa vaciada para poder comer. El otro lugar es el Liceo italiano, la institución escolar donde los hermanos Panero adquirieron su vasta cultura.

Leopoldo María, Felicidad Blanc y Michi Panero (foto:pandora-magazine.com)
La película comienza con la inauguración de la estatua del padre, Leopoldo Panero, en Astorga, su ciudad natal. La figura del poeta aparece envuelta como una momia. Se le menciona y habla de él (Leopoldo María lo llama el “conejo blanco”), con frialdad y resentimiento. Es descrito como un padre indiferente y un marido que apenas ejerce como tal. Sin embargo, creo que la figura principal es la madre. Felicidad Blanc es inteligente, refinada, hilvana largos monólogos, recorre bucólicos parajes y se expresa de forma muy literaria. A mí me transmite soledad. Además es fría, reprime sus sentimientos, apenas si altera su tono de voz ante las imprecaciones (también desapasionadas y certeras) de su hijo Leopoldo María. Me resulta una mujer fascinante. De hecho, Jaime Chávarri afirma que se convenció de hacer la película después de conocerla.

El hermano mayor es Juan Luis. Aparece solo, excepto en una conversación con su hermano Michi en la que apenas cruzan las miradas. Expone sus fetiches con ridícula pomposidad y no logra sacudirse cierto aire aristocrático. Michi es el más locuaz entre cigarrillo y cigarrillo, que consume con elegante parsimonia. Una mente lúcida, que confiesa sin pudor su molicie. Un dandi que encaja con el prototipo de escritor sin obra. También el único en demostrar cierto apego emocional a su madre. Sin embargo, en el clímax de la película (a mí entender), se suma a la sedición que inicia su hermano Leopoldo María y colabora en el degüello. Es una larga charla en el parque, donde flota el resentimiento y Felicidad Blanc resiste con inhumana frialdad, apenas aprieta la mandíbula cuando su hijo le desvela sus experiencias sexuales en la cárcel. Y se justifica por haber internado a su hijo en un psiquiátrico y trata de llevar la conversación por otros derroteros, exprimiendo a Leopoldo María, preguntándole, recordando la infancia.

Y es que Leopoldo María atraviesa el documental como un rayo, no aparece sino hasta la mitad, disparando una andanada de frases lapidarias. Un portento que ya brillaba desde niño, pero cuyo talento acabó anegado por la locura. Sin embargo, en 1976 se encuentra en su cenit y su presencia en la pantalla es fascinante. "En la infancia vivimos y después sobrevivimos", sentencia, resumiendo certero la desilusión de vivir, el desencanto, la decepción: "el intercambio de humillaciones estructura la sociedad actual"; el desengaño, la decadencia, que son algunos de los hilos conductores de esta película. 
       
                

Así están expuestos los Panero. Se ha dicho que como personas y personajes a la vez. Siempre me pregunto si con brutal sinceridad o tras una máscara. O incluso si ese papel que interpretan se ha apoderado de ellos y lo han asumido como propio. En cualquier caso, me fascinan.

viernes, 11 de diciembre de 2015

"Hildur" de Toni Montesinos

Portada de la edición de Piel de Zapa
Hildur es una novela de Toni Montesinos "revivida" por la editorial Piel de Zapa (fue originalmente publicada en 2009) y ambientada en Islandia. El país nórdico, milagro verde entre el hielo gracias a la bienhechora influencia de la corriente del Golfo y donde Julio Verne ubicó la entrada al centro de la Tierra es hoy día célebre por haber resuelto su crisis financiera con volcánica determinación: mandaron a los políticos responsables a los tribunales y dejaron quebrar los bancos. En un país donde uno se puede asomar a las entrañas de la tierra, donde el sol de medianoche convierte los duermevelas en alucinadas pesadillas; en un país que se desliza, casi borbotea sobre la rocosa dorsal submarina del Atlántico como una balsa, no puede desarrollarse una historia de amor convencional. Tampoco encasillable. Así que Islandia condiciona a su protagonista (Hildur) y de una niña enamoradiza y algo dada a la ensoñación pasa a transformarse en una suerte de Orfeo, que emprende la búsqueda de Hans (su Hans) en el más allá de los libros, en las perturbaciones incorpóreas de la música, en el paisaje sobrenatural, de reminiscencias infernales de Islandia, que supura lava, laceran los glaciares y encaja los fiordos como cuchilladas.

Hay muchas capas en Hildur, como si se trata de un estratovolcán: algunas solidificadas, hieráticas y tensas; otras en cambio bullen burbujeantes. Es una novela de amor; como los amores clásicos, gestado desde la infancia y resuelto con ardor y erotismo juvenil. Con Hans e Hildur construyendo “una burbuja dentro del tiempo”, “pendientes como máximo del minuto siguiente”. Con un dramático desenlace. Pero también tiene una faceta ensayística. Se medita sobre el suicidio y el “arte del olvido”, sobre la identidad y el azar. Hay una reflexión acerca del conocimiento “del otro”, los puntales sobre los que se construye el individuo y sus máscaras.  


Espectacular imagen del "ring road", carretera que rodea Islandia (foto: islandia24.com)
La música recorre todo el libro y lo impregna, restalla en los momentos de mayor introspección y acompaña a la prosa. Así lo hace el piano de Hans acometiendo las variaciones Goldberg de Bach durante el funeral de su padre o el violín de Hildur con las estaciones de Vivaldi. Es la música evidente, porque se aludea ella. Pero hay también mucha música soterrada, en la sintaxis, en el ritmo que imprime Toni Montesinos a ciertos pasajes. He tratado de acompañarme de la música que menciona en su lectura y casi me parecía asistir a una especie de dueto. Sin duda Hildur está escrita con música y se deja mecer por ella.

Me ha llamado la atención el papel activo que asume el narrador, que observa a Hildur en la distancia y se involucra tanto que se cuela como una interferencia fantasmal (como una aurora boreal) en el relato. Incluso se autoinvoca: “yo, Toni Montesinos” por si el lector no había advertido ya que Hildur es él, y Hans y la sinfonía poética que se va desplegando a lo largo de sus páginas. Así lo advierte también el autor en una entrevista al respecto. Esto hace frecuente las digresiones, aunque sin perder nunca del todo el rastro de Hildur a la que el narrador acompaña como Virgilio guía a Dante por las inciertas veredas del infierno.


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Una aurora boreal en Islandia (foto: cazaimagenes.es)
Hildur es también literatura. Los libros acompañan el duelo, ayudan a comprender la vida y se convierten en nuestro espejo, porque leemos lo que somos. Hay numerosas referencias, una de ellas a Tolstoi, cuyo enigma no se llega nunca a desvelar del todo o quizá sí. Como don Quijote, Hildur se aferra a la lectura con el afán de reconstruir, de revivir y comprender a Hans. Finalmente sale de su letargo, en peregrinación, recorriendo el anillo de asfalto que rodea Islandia. No es su objetivo deshacer entuertos, pero le persiguen sus fantasmas y pugna por romper la barrera que separa a los vivos de los muertos como don Quijote serpenteaba entre la fantasía y la realidad en apariencia.

Dividido en tres actos, que me atrevo a llamar movimientos, Hildur no es una apuesta literaria convencional. Tiene un estilo denso, sin concesiones, donde predomina la prosa poética. Este tono general, abrupto y suave a la vez, se mantiene de principio a fin. Parece que la prosa de Toni Montesinos también se haya impregnado del paisaje islandés, pleno de antagonismos, de hielo y fuego. El narrador sigue a sus personajes, sus bifurcaciones y presenta los hechos flotando en un bruma de irrealidad. El lector sigue la historia de Hildur, a veces desorientado, tratando de anticipar lo que parece obvio; pero la salida fácil, lo previsible casi nunca llega. En mi caso, he sentido y padecido por Hildur. Por su viaje alucinado, siempre arrastrando la cadena de una culpa que se insinúa o yo al menos intuyo. Siempre privada de redención, abandonada a un duelo lacerante, en equilibrio sobre su propia vida; tantea la muerte, la presiente y tengo que decir que me hubiera gustado otra historia para ella. Pero no es mi Hildur y ahora que escribo lo comprendo.  

domingo, 6 de diciembre de 2015

CON MI PROFESORA DE MATEMÁTICAS, UNA TARDE DE DOMINGO

Resultado de imagen de con mi profesora de matematicas

La tarde comienza. Ella escribe en la pizarra con un rotulador negro. 

De vez en cuando gira su cabeza escrutando el fósforo aprobatorio de mis ojos, sobre la maraña de incógnitas que traza su mano de hada cartesiana. Entre la selva densa de su pelo reluce el fruto rojo de sus labios.

El seno, el coseno y la tangente son la triada sagrada de la trigonometría. 

Sin embargo, la única tangente parte de mis ojos hacia la curva de su cuerpo arqueado. Una promesa de amor sin tregua sobre la pizarra blanca.

La tarde es amplia, dos horas de un domingo.

Estamos solos.

Una escalera angosta conduce a la buhardilla donde imparte clases particulares.

Pienso.

¿Por qué sigue de pie, por qué deja que mis ojos voraces muerdan sus piernas?

Se acerca a mi lado, vislumbro el horizonte de su cadera, la falda que sólo tapa una porción de muslo. Disimulo ante el cuaderno mientras palpo en la imaginación sus piernas de cristal.

Por fin se ha sentado en la única y desvencijada silla. Acerca los codos a mi mesa, noto el batir de sus brazos y una vaharada de perfume al ubicarse.

Su pelo cae en cascada y siento deseos de apartarlo, buscar su mirada de luna ausente, descubrir lo que sus ojos están pensando: por qué los dos solos, por qué ese misterio, por qué un domingo, por qué el carmín y la falda.

Mientras repasa mi ejercicio posa los pétalos de sus uñas sobre mi hombro. Arrastra su respiración agitada la última incógnita y la aniquila con la goma de borrar.

Se acaba la tarde. La sombra de la noche se cierne sobre nosotros.

No acato la invitación de tocarla, ignoro el destello de su mano. No sé qué oscura fuerza me convierte en piedra.

La decepción hunde su pico, perforando su sonrisa gris con la que me despide: no vuelvas más.