jueves, 22 de junio de 2017

DOS AÑOS EN LA LLANURA

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Ya van dos añitos desde que empecé con el blog. Los antiguos egipcios creían que después de la muerte su espíritu se las tendría que ver con el tribunal de Osiris. Hasta allí era conducido por Anubis, el de la cabeza como el perrito procurador que antes se ponía en la bandeja trasera del coche, hablo de modelos tipo Seat 124 y así, no las pijerías crossover de ahora. Pues eso, que el espíritu era llevado a la presencia de Osiris y sometido a un cuestionario personal. Por si se le ocurría mentir, se colocaba su corazón en una balanza y el dios Tot iba tomando nota de cada respuesta. Si mentía, la balanza se desequilibraba y el Ammit, un bicho con cabeza cocodrilo, piernas de hipopótamo y cuerpo de león lo engullía sin pan ni sal y se acabó lo que se daba, ni inmortalidad ni vida ultraterrenal. Perdón si hay algún egiptólogo por los detalles que me he saltado o he escrito mal. Esta introducción viene porque después de dos años, no era mala idea someter mi corazón bloguero a similar interrogatorio. No tengo ningún monstruo a mano, salvo los de las noticias, ya sabéis: pirómanos, fanáticos religiosos, etc. Pero si las ventajas de vivir algunas horas a la semana en la blogosfera no pesaran más que los inconvenientes, me temo que perdería el juicio y Osiris me mandaría con mis lecturas y demás a cualquier rastrojo. Y es que después de dos años, he acumulado buenos argumentos a favor y algunos —pocos—en contra.

Empecemos con lo malo. La falta de tiempo. Literalmente, hay semanas que estoy desbordado. Tengo dos niños pequeños, ya lo sabéis, aparte del trabajo. En este rato que escribo el post el chiquitín ha quitado el tapón de la piscina y ha empantanado el patio. Mi mujer está que trina, así que después de este párrafo vendrá una pausa. 

¿Tantas y tan buenas sugerencias lectoras no os provocan ansiedad? Este síndrome, el del bloguero literario, es conocido por los médicos. El bolsillo también se ve afectado y eso que, por la experiencia de la crisis, que ha afectado gravemente a miembros de mi familia, me he transformado en un superviviente. Bibliotecas, mercadillos, son mi hábitat. 

Como conclusión, hay temporadas en las cuales me saturo y apenas logro publicar un post cada tres semanas. También mi seguimiento de otros blogs se resiente. La sensación de escribir y no saber si te leen y las puñeteras estadísticas de blogger, con sus ficticios internautas rusos, son otros síntomas habituales. Así que vamos con lo bueno.   

Lo primero es haber conocido a gente con la que comparto afición lectora y escritora. Después de un tiempo me resultan extrañamente familiares, a pesar de no conocerlas en persona (con una excepción), incluso de algunos sin saber siquiera su nombre real (aquí juegan con ventaja porque ellos si conocen el mío, tengo tan poca sal que ni se me ocurrió un alias). De esta relación nace un sentimiento de aprecio y respeto. De cierta amistad, en suma. Y aunque es extraño, para mí, que soy sensible y poco habilidoso socialmente, resulta conmovedor. Me ha pasado ya dos veces, perder el contacto con algún bloguero, por razones desconocidas y sentir desazón, hacerme preguntas del tipo, ¿por qué se habrá esfumado así? ¿Estará enfermo? ¿Se habrá hartado? ¿Lo acosaba algún troll y se ha visto obligado a echar el cierre? Por favor, si deciden cortarse la coleta, despídanse.

He crecido como lector, no hay duda. Ya no es cuestión solo de cantidad, que sí, luce mucho decir que he doblado e incluso triplicado el número de lecturas desde que tengo el blog. Es que hay autores y títulos a los que nunca me habría acercado por mí mismo. De estas lecturas saco bastante provecho, por cuanto puedo contrastar opiniones, recibir comentarios, investigar para escribir una reseña, pensar en lo que leo e incluso, atreverme con monográficos. ¿Cómo si no habría podido afrontar una relectura de El Quijote?

Mis reseñas creo que han ido mejorando. Aunque enseguida cualquier lector verá que no soy un especialista y que resbalo en ciertos temas, al menos espero que si pueda identificar el apasionamiento. Cuando leo tengo la sensación de que efectivamente estoy viviendo una experiencia, igualable a muchas reales (mejores) que he tenido. La literatura me ha enseñado tanto sobre las personas como la experiencia. La semana pasada resonaba en mi cabeza La muerte de Ivan Ilich, precisamente en un contexto similar y su recuerdo me ayudó a encauzar mis sentimientos. Era por citar un ejemplo.

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Aquí están algunos ejemplares de "Domicilio desconocido"
Y en cuanto a esta faceta de aficionado a la escritura recuperada en los últimos años, también se ha visto beneficiada, porque se aprende leyendo y escribiendo con sentido crítico. Llegado a este punto viene mi humilde obsequio a los amigos que frecuentan la llanura. Hace un par de meses quedé segundo en el VII Certamen Internacional de Novela Corta Giralda, que organiza la asociación Itimad de Sevilla. Es algo amateur, que nadie se asuste. No voy a contribuir al saturado mercado editorial de momento. Pero el caso es que me enviaron con una caja de libros y mi idea es regalárselos a quién lo demande, teniendo preferencia los seguidores del blog. Está el primer premio, el mío y el premio local en un único volumen. Mi novelita (apenas 70 páginas) no es nada del otro mundo. Releyéndola, ya editada, le he visto las costuras (es lo que tiene ser más lector que escritor). Pero en fin, igual que cuando uno va a la audición del conservatorio de su hijo y no le exige que sea Beethoven, pues espero que seáis comprensivos conmigo. Es un regalo que me hace mucha ilusión repartir aquí. Quién esté interesado tan solo tiene que enviarme una dirección de envío en el formulario de la derecha, garantizo la protección de datos. Sin coste alguno tendrás un ejemplar en casa en pocos días y si quieres, aunque esto me cuesta horrores, te lo dedico. Si por casualidad se acaban los ejemplares físicos te lo puedo enviar por email en PDF o EPUB. Y nada, solo me queda despedirme con un fragmento de Domicilio desconocido, ya veis que no me quemé los sesos con el título (soy un comercial nefasto, lo sé). Espero que sigamos por la llanura al menos dos años más. 

Necesitaba apagar el recuerdo de la voz de Nieves, que se había enquistado en mi cabeza y los pensamientos obsesivos que me zarandeaban. Esquivando a los conocidos, caminando furiosamente, me sorprendí un par de veces deletreando su nombre: N-i-e-v-e-s, casi un suspiro, casi una bala saliendo de mi garganta…

martes, 13 de junio de 2017

ESCRIBIR A MANO

Manuscrito de Gay Talese (fuente: https://richardgilbert.wordpress.com/tag/paul-auster/)
No hace mucho leí que Finlandia, cuyo sistema educativo encabezó en cuatro ocasiones el informe PISA, había decidido desterrar la escritura a mano de su currículum. Es decir, que en los colegios no sería obligatorio aprender a escribir con lápiz y bolígrafo y si mediante teclados y otros dispositivos electrónicos. Pero uno no puede fiarse, porque vivimos en la era del bulo (aviones fumiga-personas, vacunas letales y un largo etcétera) y la información es más sesgada y tendenciosa que nunca. Por suerte, la red de redes aunque ayuda a propagar falsedades, también ofrece el antídoto. Con un par de búsquedas en Google y visitando sitios acreditados todo se puede contrastar. Así me enteré de que el país nórdico no va a eliminar la escritura a mano. Lo que ocurre es que durante años han enseñado dos sistemas de escritura manual: una en cursiva y otra en letras de imprenta. El primero es el que dejarán de utilizar y será de carácter optativo y junto a la escritura de toda la vida introducirán el aprendizaje del teclado.

Bulos aparte, lo cierto es que cada vez se escribe menos a mano. En mi caso, aparte de la lista de la compra, apenas trazo un par de ideas en un pos-it o en sucio y después me pongo a trabajar en Word. Tengo asociado la labor de amanuense con mi época universitaria, donde muchos profesores (la mayoría) simplemente se dedicaban a dictar apuntes y quizá por ahí sobrevino algún tipo de trauma. El teclado me permite escribir más rápido, más seguro y me concentro igual, siempre que tenga Internet a buen recaudo. ¿Algún día los niños dejarán de escribir a mano y lo harán a través de máquinas? ¿Puede incluso la escritura y por extensión la lectura quedar relegada, en el ámbito educativo, a favor de otras tecnologías?

No está de más recordar que en España, hasta el último tercio del siglo XX no se consiguió alfabetizar a la mayoría de la población (alguno, pensando en el analfabetismo funcional, dirá que soy demasiado optimista). De hecho, según la UNESCO, en 2014 casi 800 millones de adultos en todo el mundo todavía no sabían leer ni escribir. Pienso en mi abuela materna, que aprendió siendo adulta, con grandes dificultades y de hecho nunca llegó a dominar del todo la caligrafía. Eso sí, luego se hizo una lectora de las buenas. Durante un tiempo, mientras su vista le fue alcanzando, compartía con ella alguno de mis libros. Por desgracia, a día de hoy apenas si puede sostenerse. Es curioso, porque no recordaba esta anécdota, ha sido escribiendo cuando ha brotado como por arte de magia. Imaginaos, un universitario compartiendo libros con su abuela. Una abuela manchega, claro está, no hablo de la matriarca de los Panero: bata negra, mandil, pelo blanco, grandes gafas de aumento, una vitalidad extraordinaria, metro cincuenta de estatura y un genio de mil demonios. Pues a esta abuela yo le prestaba libros de Manuel Rivas, porque era de su cuerda y le recordaba "como eran las cosas entonces".

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Por desgracia no hice ninguna foto a mi abuela leyendo, pero de tenerla sería algo así (fuente: http://conmikindleatodaspartes.blogspot.com.es)
Siguiendo con la escritura a mano y por encauzar el post hacia lo literario, su desaparición implica también la del manuscrito como tal. Tengo textos que he revisado (Word te lo chiva en sus estadísticas) en más de 300 ocasiones. Esto quiere decir que he abierto el documento y he agregado o lo he modificado todas esas veces, no me toméis por un maniático. Sin embargo, en el original no hay ni rastro de esta tarea. Todo está impoluto, como si acabara de salir de mi cabeza. No, mejor: recién salido de la imprenta. ¿Cómo sería este mismo texto escrito a mano? Lo imagino abigarrado, lleno de tachones, correcciones, anotaciones al margen y manchas de té verde. Tendría valor por sí mismo. Por eso traigo ejemplos de escritores célebres que escribían a mano fundamentalmente y hacían de sus manuscritos verdaderos bocetos de su obra, parte de sí mismos. Parte de su proceso creativo, que sus lectores han podido conocer a su muerte y alimentar con ello la mitomanía. La hoja de Word, reconozcámoslo, aplasta la magia con su asepsia.

En una exposición sobre manuscritos de escritores, a partir de los cuáles se había organizado una exposición en Argentina, el director, con buen criterio, decía lo siguiente: "Lo que nos permite un manuscrito es encontrar al autor en el momento mismo de creación de su obra" (fuente: diario El Comerio). En esa exposición se pueden ver algunos cuadernos de Cortázar, en los que incluye el dibujo de una rayuela, a partir del cual estructuró su famosa novela. 

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Cuaderno de bitácora de Rayuela, Julio Cortázar (en Pinterest)

Es frecuente encontrar dibujos o garabatos en estos manuscritos, por ejemplo Dostoievski perfila sus personajes y Proust incluye unos bocetos oníricos, quizá realizados durante momentos de parón en la escritura, antes de urdir una frase o pensando en la siguiente secuencia
. Y es que una de las ventajas de escribir a mano, según los expertos, es que se piensa más, se favorece la reflexión y me viene a la mente el libro Elogio de la lentitud, de Carl Honore, concebido precisamente contra las prisas de este mundo nuestro.

Manuscrito de Por el camino de Swann, de Proust (fuente: cultura.elpais.com)
Este es de Dostoievski, Los endemoniados (fuente: Wikipedia)

La caligrafía también nos dice mucho del autor. La mayoría son poco legibles y esto conduce a la idea de proceso creador como posesión, como trance. No se trata de escribir una instancia, se trata de atrapar esa idea que tienes en la cabeza que incluso puede que brote en un momento concreto y si no se hace rápido, con precisión, se corre el riesgo de que la idea se volatilice, se mezcle con el río del pensamiento y muera sin haber visto la luz. Así lo imagino yo, que soy un romántico.

ALL CAPS FOR EMPHASIS. We bet texting with George Orwell would be very overwhelming.

Extra points for sticker usage.

Lewis' doodles make your doodles look like child's play.
De arriaba a abajo: George Orwell, David Foster Wallace y Lewis Carroll. Os recomiendo consultar la fuente original donde hay muchos otros, pinchando aquí (fotos: Buzzfeed)

Quizá el contexto que en otras épocas favoreció lo manuscrito está cambiando y afrontamos nuevos formatos. Una vuelta a la oralidad, pero desde el audiovisual. O esos mundos virtuales con los que ya se está experimentando y que pueden incluso sustituir a la experiencia. La escritura puede acabar convertida en un simple pasatiempo, una forma de terapia, incluso en una excentricidad o postureo hipster. Cualquiera sabe. 

jueves, 1 de junio de 2017

DESASOSIEGO

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Salto al vacío, de Yves Klein (foto: blogearte)

Estoy delante de su casa. Para ser más exactos, estoy en el portal. Frente a mí, la hilera de botones del llamador me recuerda a los de la guerrera de un soldado. Pero estos no brillan como los de latón; son de un color marfil apagado por los sucesivos aplastamientos, por los dedos sucios que percuten cien veces al día, por la luz cetrina que apenas ayuda a discernir a qué vivienda corresponde cada uno.

El tercero. Letra d, de dedo. Sé que hoy está sola, me lo dijo ayer: mis padres se van mañana de viaje. O no me lo dijo a mí directamente, quizá fue un fragmento de su conversación que cacé al vuelo lo que llegó a mis oídos.

Saco el libro de Pessoa de la bolsa. Lo he dejado sin envolver porque quiero que parezca comprado por casualidad, para poder decirle: he ido a la librería y al verlo me he acordado de ti.

En realidad, he recorrido cuatro librerías buscándolo. En alguna de ellas querían anotar mi nombre y mi número de teléfono, me aseguraban que lo tendrían en menos de cuarenta y ocho horas. Pero no, tenía que ser esta tarde. Era mi salvoconducto, la excusa para llamar a su puerta, para comprobar si el estremecimiento de sus labios, un temblor que no agitaría ni el agua de un vaso es justo lo que parece. O lo que anhelo. Y es que cuando la tengo cerca desearía apretarla entre mis brazos, pero no para notar sus formas bajo la ropa. Lo que quiero es fundirme, como la espuma salada que se disuelve sobre la arena. Quiero que me impregne, que me empape, que se trabe en mi urdimbre.

Pensar en ella me causa desasosiego. Es una sensación parecida al odio. Dejo de percibir el mundo, incluso el aire que me envuelve. Por unos segundos desaparezco y vuelvo a materializarme en un futuro proyectado, hipotético; una sombra, como toda ensoñación. En ese espacio caleidoscópico la desnudo, la beso. Cuando vuelvo en mí, he recorrido cien metros, he cruzado un paso de peatones, he leído tres páginas de un libro, he acabado la comida del plato o estoy dentro del autobús para regresar a casa. Pensar en ella me secuestra, me engulle como un tigre oculto en la espesura.

Me habló de ese libro, que le había impresionado tanto; una antología, en realidad, ¡qué pena perderlo! y se transformó a mis ojos en la manzana de oro de las Hespérides, el fruto que me permitiría alcanzarla. La llave que abriría esa puerta herrumbrosa que a pesar de todo, a pesar del rubor de sus mejillas si el azar nos acercaba el uno al otro, en el ascensor o en clase, no había sido capaz de franquear.

Cuando duermo noto su aliento que me hiere en la espalda. La he imaginado de todas las formas posibles. Su vientre, su calor, nuestra lengua entrechocando, enredándose y su respiración jadeante, sus breves palabras expulsadas en una bocanada ardiente. El contacto con su piel me calcina. Esta es la verdadera pasión, el auténtico contacto que nos animaliza, el cuerpo como ventosa, como llama, como garra. No es ese sexo de cuerpos de piedra que apenas se rozan, solo se horadan, penetran y salpican. Yo no quiero eso, no la quiero de rodillas, ni a horcajadas; no quiero esa gimnasia, ese tedio, dentro y fuera, dentro y fuera, monótono, muerto, tan deprimente al final porque queda el fluido, la excrecencia, que rápidamente se diluye licuándose y hiede a cloroformo. Yo la imagino masticando, devorándome como el fuego.

Guardo el libro en la bolsa; no, lo saco. Frente a la hilera de botones, sin mover un músculo, estoy cada vez más nervioso. No me atrevo a llamar y para ganar tiempo me dirijo a una cafetería que está justo enfrente, desde donde puedo ver la puerta y me derrumbo sobre la barra. Cuando buscaba su libro, en la última de las librerías, estuve hojeando unos cuadernos de arte. Me detuve en uno de Yves Klein, cuya portada era una fotografía donde el artista se arroja al vacío. Suspendido en el aire, agita los brazos como si se arrepintiera en el último segundo y el asfalto, a tres o cuatro metros, parcheado, estéril, abriera sus fauces dispuesto a triturar sus huesos. El artista paladea esa fracción, ese instante en el aire en el que parece que va a echar a volar; pero por la lógica implacable de nuestro universo sabe que caerá irremisiblemente. Mirando la foto, sentí el deseo de que hubiera emprendido el vuelo o al menos hubiera caído flotando, oscilante como una hoja que se desprende de una rama.

Miro de nuevo su portal a través de la ventana y siento renacer el valor. Acabo el café, me tiemblan las piernas. Guardo de nuevo el libro. Antes he memorizado una cita, unas breves palabras que me sirvan de invocación, que abran esa puerta metálica, la reja de su castillo y me franqueen la entrada.

Fue la semana pasada cuando decidí que debía intentarlo. La profesora trazó la última equis. Acababa el curso para desempleados que nos había acercado por puro azar, al asignarse los ordenadores por orden alfabético. Así, al rozarme con el codo, y notar su cuerpo inclinado sobre mi pantalla para preguntarme una duda, al compartir la pausa para el café y juntar las espaldas o los hombros en el ascensor, esos breves puntos de contacto me fueron uniendo a ella como estrellas de una constelación. Son pistas, indicios, evidencias y estas constituyen mi esperanza, no sé si sólida o efímera, pero esperanza al fin y al cabo de que yo le atraigo tanto como ella a mí. 

El sosiego es conformismo. El sosiego es resignación. Y hoy fue el último día de clase, mañana regreso a mi ciudad. No tengo su número de teléfono, tan solo se donde vive porque una vez me ofrecí a acompañarla y ella aceptó. Hablamos un buen rato, sobre Pessoa y el lenguaje HTML. A menos que decida llamar y me abra, no volveré a verla más. Seré para ella una sombra, como cualquier otra, de las muchas que recorren de paso nuestras vidas. Abro el libro y leo al azar: el que sueña lo imposible tiene la posibilidad real de la verdadera desilusión, y me quedo con él abierto entre las manos, y así cruzo la calle otra vez hacia su portal, otra vez siento ese cosquilleo. Por fin llamo al timbre, que no suena. Desasosiego, el que causan los timbres que no emiten sonido alguno, tan solo una luz, esa luz que te convence de que alguien atenderá tu llamada. Pero no hay nada, ni un crujido, ni siquiera algún indicio de que ha descolgado.

Vuelvo a llamar; el tablero se ilumina, me siento como Klein arrojándose al vacío. Casi percibo mi caída, pero también puede que flote, que me descomponga en un fracción y me convierta en gas.

El pasado otoño envié este relato o lo que sea a la revista ALMIAR. Como tardaban en contestarme, deduje que no les había parecido nada del otro mundo y lo habían rechazado. Así que revisé, corregí en lo que supe o pude y lo guardé en una carpeta. Hace unas semanas me avisaron de que finalmente lo habían publicado y que el retraso de debía a cuestiones técnicas. Conclusión: tengo dos versiones, la de ALMIAR, que podéis leer aquí y esta. ¿Con cuál me quedo? (en caso de quedarme con alguna) Ni idea. 


viernes, 26 de mayo de 2017

"Reconstrucción" de Antonio Orejudo

Es en el Renacimiento, uno de los periodos más apasionantes de la historia, cuando se asientan las bases del mundo moderno. Visto en lo positivo, Europa brilla como un diamante y se prepara en la rampa de lanzamiento para iniciar su preponderancia. En la otra cara de la moneda, el viejo continente padece guerras de religión, intolerancia y fanatismo. La casi total devastación de la población nativa en América y el trasvase de millones de africanos, conducidos por la fuerza a las plantaciones de caña de azúcar, tabaco o algodón, también entran en la ecuación y matizan gran parte del optimismo. La cara o la cruz: podemos pensar en la cúpula de San Pedro y la imprenta de Gutenberg o en los barcos que cruzan el Atlántico con las bodegas repletas de hombres y mujeres encadenados y las hogueras donde crepita la carne de los heterodoxos. Bien, pues Antonio Orejudo sitúa su novela Reconstrucción en esta época apasionante.

El título, al principio, induce a pensar en algún artefacto posmoderno. Así lo creía yo, cuando después de leer un par de artículos del autor en Eñe, busqué en la biblioteca por si tenían algún libro suyo y me topé con este. Y puede que no fuera del todo desencaminado. Pero en principio, se trata de una novela histórica. Un tanto atípica, eso sí. Tanto que al final no estoy muy seguro de si le va bien esa etiqueta. En cualquier caso, los hechos transcurren entre 1533 y 1553, con las turbulencias provocadas por la reforma protestante como telón de fondo.

En la primera parte, que se titula conversación, se describe la rebelión anabaptista de Münster. Estos señores, los anabaptistas, se tomaron la reforma religiosa a la tremenda. Defendían el bautismo de las personas adultas y la comunidad de bienes. También estaban convencidos de la llegada del fin del mundo. En Münster crearon una comunidad ideal y resistieron un asedio de varios meses, hasta que fueron aniquilados por las huestes católicas, aunque entre calvinistas y luteranos no gozaban de mejor reputación. El protagonista es un tal Bernd Rothmann, que tiene el privilegio de ser la chispa que enciende la mecha, pero luego se queda al margen, superado por los propios acontecimientos.

El capítulo está armado como un largo monólogo, apenas interrumpido por un interlocutor que exige cuanto menos coherencia. Está aligerada del típico aparato erudito de la novela histórica canónica; se trata de una narración ágil, con las pinceladas precisas para lograr una ambientación creíble. Tiene picos de humor, no hay miedo al anacronismo, y se agradece su afilada ironía. Todo envuelto en un estilo nada ampuloso, sencillo, de frases cortas. Antonio Orejudo es filólogo, entre su currículum figura una edición anotada de algunas novelas ejemplares de Cervantes. La claridad de su estilo nos lleva, arrastra en la lectura.

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Tipos móviles de Gutenberg. La imprenta permitió la difusión de ideas y la universalización de la cultura. Es otra de las protagonistas de "Reconstruccion" (Foto: capachosdivertidos.com)

Reconstrucción es un libro donde, en contra de lo que se pueda pensar, todo el contexto político-religioso no pesa nada, es liviano, incluso entretenido. Antonio Orejudo logra hacer digestivo un hueso bien duro y eso solo puede ser una virtud. Sus fuentes son diversas, las cita al comienzo. Entre ellos están Stefan Zweig y Antonio Alcalá. Expone su deuda con estos autores, pero no con las obras en concreto, lo que no costaba tanto trabajo. Porque investigando, uno descubre que hay pasajes que son casi calcos. Bueno, pues en el caso de Zweig se trata de Castellio contra Calvino y el tal Alcalá es el responsable de las obras completas de Miguel Servet, nada menos.

Después de la utopía de Münster, que como he leído en algún sitio, al contacto con la realidad se convirtió en distopía, pasan veinte años y los hechos se trasladan a Lyon. El protagonista ahora es un orfebre que fabrica tipos de imprenta, Joachin Pfister. Aquí la novela cambia de registro por completo y se inicia una trama detectivesca que es como sigue. En manos de la inquisición francesa (hubo inquisición en Francia) cae el mayor compendio herético desde los tiempos de Lutero: La restitución del cristianismo, firmado por un enigmático MSV. Encarcelando aquí y torturando allá, la inquisición da con la pista de Pfister y como mal menor (para él), le piden que les ayude a descubrir la identidad del nuevo hereje.

Así que Pfister, supervisado por un peliculero agente del Santo Oficio que tiene la orden de matarle si intenta huir, inicia la búsqueda del misterioso MSV y tiene lugar la “reconstrucción” a la que alude el título. Con variedad de recursos narrativos, MSV se configura ante el lector primero como Michel de Villeneuve, un estudiante de medicina políglota y culto, que ha intuido el funcionamiento de la circulación menor de la sangre y, por lo que en realidad tiene la soga al cuello, la incoherencia, Biblia en mano, del dogma de la trinidad. Finalmente, como Miguel Servet, nacido en Huesca y pieza codiciada para calvinistas y católicos por igual, que inician una colaboración insólita para quemarlo en la hoguera.

Monumento a Miguel Servet en Annemase (Wikipedia)

En paralelo, lo que es uno de los puntos interesantes de esta novela y por eso digo que quizá no habría que desdeñar la etiqueta de posmoderna, se produce también la “reconstrucción” de Pfister y me callo por no fastidiar esta intriga, aunque se intuye enseguida. El personaje sufre una evolución, notable y que otorga profundidad al relato y lo convierte en algo más que una novela histórica. En ella hace un ejercicio de reconstrucción, de su propio pasado y asume su verdadera identidad, pasaje que supone la conclusión del libro.

En Reconstrucción, como novela de ideas, también hay una crítica al dogmatismo y una defensa de la libertad de expresión. Por desgracia, los defensores intransigentes de una ideología (religiosa o no) con frecuencia esconden motivaciones mundanas cuando no el mero interés personal detrás de sus actos. Los que no se pliegan al pensamiento único, son perseguidos o silenciados. Los que amenazan sus intereses, también.


Miguel Servet y acudo a Antonio Alcalá, aparte de ser un auténtico hombre del renacimiento, fue el primero en defender una libertad de expresión sobre la que ninguna autoridad, civil o eclesiástica, tiene derecho alguno. El primero, según el filósofo Marian Hillar, en expresar la idea de que era un crimen perseguir y matar por ideas. Tan (ingenuamente) convencido estaba que ni corto ni perezoso envió un ejemplar de su libro herético al arzobispo de Zaragoza y otro a Juan Calvino. Como agradecimiento por tan envenenado presente fue quemado dos veces: en efigie por los católicos y en persona por los calvinistas. Con madera húmeda, para que sufriera más. Antonio Orejudo pone en boca de uno de sus personajes las palabras de Castiello, que también recogió Zweig: todas las sociedades tienen derecho a defenderse, pero matar a un hombre, no es purificar una iglesia. Es matar a un hombre. Y añadiría Castellio: la defensa de una doctrina no es un asunto de jueces sino, de maestros.  

domingo, 21 de mayo de 2017

Sobre Dostoyevski y "Los hermanos Karamázov"

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Aunque ya había publicado su primera novela unos años antes, fue frente a un pelotón de fusilamiento, el 22 de diciembre de 1849, cuando nació el Dostoyevski escritor que todos conocemos. Por ese motivo, Stefan Zweig incluyó el episodio en Momentos estelares de la historia dela humanidad. No es para menos, porque la lectura de Los hermanos Karamázov me ha confirmado lo que tantos y tantos han dicho ya: que el autor ruso fue un punto de inflexión en la historia de la literatura y llevó el arte de contar a una nueva dimensión. La pena de muerte sería conmutada por el zar en el último instante. Todavía, eso sí, tenía por delante varios años de trabajos forzados en Siberia. Así se lo contaba a su hermano:

¿Será posible que no vuelva a coger la pluma? Creo que dentro de cuatro años tendré posibilidad de hacerlo. Te enviaré todo lo que escriba, si escribo. Dios mío, cuántas imágenes creadas por mí se extinguirán en mi cabeza, perecerán o, como un veneno, se mezclarán con mi sangre. Sí, pereceré si no puedo escribir. Más vale quince años de reclusión pero con la pluma en la mano.
Juan Eduardo Zúñiga: Desde los bosques nevados: Memoria de escritores rusos.

Acabada la lectura de Los hermanos Karamázov, no me he resistido a investigar sobre la novela y su autor, del que tan solo conocía vaguedades. En parte escribo este post para poner orden a todas esas notas e ideas propias o que he ido cazando de aquí y allá. Espero no ser demasiado prolijo y perdonad cierto desorden en mi exposición.

Podemos empezar hablando, por ejemplo, del punto de vista. Dostoyevski emplea un narrador ficticio, que en apariencia conoce de primera mano o por testimonios al clan Karamázov y es incluso testigo directo de algunos hechos, como el juicio de Dimitri. Así consigue dar una sensación de veracidad, interesante porque involucra al lector desde el primer momento. Sin embargo, en el capítulo El gran inquisidor ese narrador es desplazado por uno de los hermanos, Iván. Este lee a su hermano Aliocha un largo poema donde se imagina la segunda venida de Cristo en la Sevilla del s. XVI. Todavía humean los rescoldos por la quema masiva de conversos y al ser reconocido, Cristo es conducido a la cárcel inquisitorial, donde escucha impávido el alegato materalista del inquisidor. En el siguiente libro, el narrador vuelve a ceder el protagonismo, esta vez al starets Zósimo, que nos cuenta sus memorias por mediación de Aliocha. Los pensamientos de Iván y Zósimo son contrapuestos, irreconciliables. El drama familiar se transforma en el escenario de un pulso ideológico sobre dos formas de concebir el cristianismo, la idea de pecado, la libertad y la naturaleza del hombre.

Acabado el combate, regresamos al momento álgido de la novela: el asesinato de Fiódor, el interrogatorio a Dimitri, el juicio y su resolución. Aquí brilla, intercalada, la parte más optimista y luminosa: la mediación de Aliocha en las disputas de un grupo de niños. Dostoyevski está contando la vida de un santo, su ejemplo moral y se posiciona en la senda del starets Zósimo. Aliocha se dirige a los niños con estas bellas palabras:

Sabed que no hay nada más noble, más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen recuerdo, sobre todo cuando es un recuerdo de la infancia, del hogar paterno. Se os habla mucho de vuestra instrucción. Pues bien, un recuerdo ejemplar, conservado desde la infancia, es lo que más instruye. El que hace una buena provisión de ellos para su futuro, está salvado. E incluso si conservamos uno solo, este único recuerdo puede ser algún día nuestra salvación. Tal vez lleguemos a ser malos, incapaces de abstenernos de cometer malas acciones; tal vez nos riamos de las lágrimas de nuestros semejantes (…) Pero, por malos que podamos llegar a ser..., ¡aunque Dios nos libre de la maldad!..., por malos que podamos llegar a ser, cuando recordemos estos instantes en que hemos enterrado a Iliucha, y lo mucho que lo hemos querido estos días, y las palabras que hemos cambiado junto a esta peña, ni el más cruel y burlón de nosotros osará reírse en su fuero interno de los buenos sentimientos que han llenado su alma en este instante. Es más, tal vez este recuerdo le impida obrar mal, tal vez se detenga y se diga: «Entonces fui bueno, sincero y honrado» 
File:Dostoevskij 1876.jpg
Foto: Wikinedia Commons
Fiódor, el padre de los Karamázov, es un hombre odioso, hedonista, que ha maltratado a sus hijos y a sus mujeres. Despierta poca empatía y esto es esencial en el desarrollo de la historia. El genio de Dostoyevski nos hace aborrecerlo, tanto, que nos convierte en partícipes, casi cómplices, del crimen. Así enloquece Iván, que está convencido de haber matado a su padre por desearlo y por inconscientemente, dejar el camino libre a Dimitri y Smerdiakov. 

El deseo de matar o sustituir al padre es antiguo. La teogonía griega se fundamenta precisamente en el conflicto de los hijos con su padre: Cronos castra a Urano, y luego uno tras otro devora a sus hijos, hasta que Zeus se rebela. El padre de Dostoyevski era un médico alcohólico, déspota y violento. Las relaciones con sus hijos fueron difíciles, tormentosas, imagino que no muy diferentes a las de Dimitri o Iván con el cínico Fiódor. Como ellos, el joven escritor fantaseó alguna vez con la muerte del padre, incluso quién sabe, con su asesinato. Pero el crimen fue consumado por sus sirvientes. Dos años antes había muerto su madre de tuberculosis. Freud quiso ver en este parricidio frustrado el origen de la epilepsia del autor.

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En 2015 mi tocayo Gerardo Vera dirigió una adaptación teatral, que cosechó buenas críticas. Hay también una versión cinematográfica de Richard Brooks, con Yul Brynner en el papel de Dimitri.
En cualquier caso, la experiencia vital de Dostoyevski marcará su obra. Se crió entre los muros del hospital de beneficencia donde trabajaba su padre y estuvo en contacto con la degradación y el sufrimiento humano en toda su expresión física. Experiencias que normalmente le están vetadas a un niño. Mencionamos al principio que sobrevivió a un pelotón de fusilamiento y fue condenado a trabajos forzados en Siberia. En la cárcel tuvo que convivir con presos comunes, asesinos, ladrones, en una habitación maloliente donde se hacinaban treinta o cuarenta personas. Presos que sentían cualquier cosa menos aprecio por un aristócrata como Dostoyevski. Personas capaces de actos deleznables, pero también poseedoras de sentimientos nobles, generosos y valientes. Y es que la naturaleza humana es compleja. Por eso los personajes de Dostoievski no expresan un ideal, sino que testimonian el conflicto. Sufren, dudan, yerran y tratan de enmendarse. Hay verdadera humanidad en esta novela, no arquetipos. Los hermanos Karamázov no habla de la vida: es la vida.

Las relaciones amorosas de Dostoyevski, que no era una persona fácil por lo que he leído, tampoco fueron ajenas al sufrimiento. Como en la novela, donde el conflicto interno, la desazón, define a los personajes. En palabras del autor, el hombre ama el sufrimiento: siempre encuentra alguna razón para torturarse. Tres mujeres pasaron por su vida: la primera murió de tuberculosis; la segunda era veinte años más joven y su perfil me recuerda al de Grushenka. La tercera fue la definitiva. No fueron historias de amor insustanciales: hubo abandonos, infidelidades, reproches, etc. Mujeres capaces de una absoluta entrega amorosa y de la traición más vil en igual medida, actitud que ejemplifica el personaje de Katerina al final de la novela. Marilyn Monroe sentía devoción por Los hermanos Karamázov y trató por todos los medios de impulsar una adaptación, en cine o teatro, en la que ella encarnaría nada menos que a Grushenka. ¿No os parece que la actriz norteamericana encaja en ese perfil humano proclive a “amar apasionadamente, terriblemente, el sufrimiento” que describe Dostoyevski?

En Los hermanos Karamázov, el hedonismo y tendencia al despilfarro de Dimitri choca con unos principios aristocráticos donde lo que más importa es la salvaguarda del propio honor. Esta colisión le atormenta y es el motivo de sus arrebatos violentos, en escenas que quitan la respiración. Dostoyevski padeció similar arrebatamiento por su adicción al juego, descrita en El jugador. Sus viajes a Europa, de casino en casino, empeoraron su enfermedad. Al parecer, creía estar en posesión de un método infalible para ganar en la ruleta, lo que da idea del efecto distorsionador de la ludopatía incluso en personas de una inteligencia abrumadora. Se arruinó en varias ocasiones y lo curioso es que esto tuvo un efecto colateral en lo literario. Por ejemplo, engordando sus novelas. Al publicarse a menudo por entregas se beneficiaba de unos ingresos extra con los que lograba apaciguar a sus acreedores. De esta imperiosa necesidad nació el boceto de Crimen y castigo y se pergeñó El jugador.

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En sus manuscritos Dostoievski añadía todo tipo de dibujos y garabatos. Más ejemplos y la fuente original en libropatas.com
Los hermanos Karamázov gira en torno a una trama, la del asesinato de Fiodor. Se presenta a los personajes, tiene lugar el crimen, la investigación y el juicio. Entre medias, las historias intercaladas del starets Zósimo y los escolares. Se habla de novela psicológica y también de su contenido ético, filosófico, político y social. Su complejidad es de tal magnitud que, aunque he ejercido mi derecho (u obligación) como lector de entender, sobre todo quiero hablar, ya para ir concluyendo de mi derecho a disfrutar, a sentir, a conmoverme. Es la parte pasional, con frecuencia y no la cerebral, la que nos engancha a la literatura. De hecho, arrastrado por la vorágine de los Karamázov, la historia del gran inquisidor o del padre Zósimo, aún con toda su carga ideológica, se pueden ver como en un aparte.

Esta novela me ha engullido, literalmente. Su ritmo endiablado te arrastra como un torrente. Una vez que nos arrojamos al mar de los Karamázov, es imposible regresar a la orilla. He leído algunas partes con una tensión inaudita. Yo creo que si alguien intenta en ese momento acuchillarme por detrás la hoja se quiebra o dobla como si mi espalda fuera un escudo espartano. He tenido que parar la lectura porque estaba exhausto y necesitaba asimilar toda su carga de profundidad.

Dostoyevski concluyó la novela solo tres meses antes de su muerte. Esperaba darle continuidad, pero así se quedó. Creo que cualquier amante de la literatura debe leerla. Que no se deje amedrentar por sus mil páginas: es una tragedia monumental y así debía ser contada. Que se quede con la parte que más le convenga, con el drama psicológico, con la reflexión moral, social o religiosa. Dostoyevski decía que el hombre es un misterio y precisamente la literatura ayuda a ahondar en ese misterio. 

miércoles, 10 de mayo de 2017

"La vida negociable" de Luis Landero

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Leer La vida negociable de Luis Landero ha sido como quedar con ese viejo amigo del que nos sabemos todas sus historias, pero con el que, en cualquier caso, estamos a gusto. La sensación de familiaridad acude enseguida tras las primeras páginas. No es que ya lo haya contado —o quizá sí—, es también el recuerdo de la narración oral. Yo lo comparo con un embrujo: caes en una especie de sopor y la mente reconstruye, como si el narrador en lugar de hablar pintara y las palabras se fueran llenando de corporeidad. Así transcurren las páginas con Landero, raudas, se deshacen entre los dedos. Te dices, esto ya lo he leído, aquí me recuerda a El guitarrista o a Juegos de la edad tardía, pero sigues. Imagino que Landero tiene sus temas, sus obsesiones y por mucho disfraz de argumento, trama, giros fatales y demás que le quiera poner, afloran.

La historia está narrada en primera persona, en un tono de confesión o testimonial. Buena lombriz para cebar el anzuelo. Ese gusto por la historia personal, por narrar el drama ante un público, es antiguo de narices. Creo que Ulises ya lo practicó en la Odisea, para amenizar la cena al rey de los feacios, antes de regresar a su querida Ítaca. En nuestra era posmoderna, la telebasura cogió el relevo, con personas de la calle (¿o actores?) que se sientan en el diván del plato y enumeran sus desgracias. Luego el show añade o intensifica el morbo, pedida de matrimonio o perdón de los hijos, según toque.

Pues en la novela el que habla es Hugo Bayo, peluquero de profesión. La historia comienza en uno de esos momentos decisivos que cambian la vida de uno. Ese tema es recurrente en La vida negociable. Las encrucijadas, tantas vidas son posibles o eso parece. Porque Landero las enfrenta, en una particular antítesis, al destino: un cruel tirón de correa que devuelve, una y otra vez, a Hugo Bayo a su lugar y ocupación, que es la de barbero. ¿En qué quedamos? ¿Todo cambia en segundos, hay instantes que decantan nuestra vida hacia un lado u otro? ¿O estamos predestinados, por nuestros genes, por nuestro temperamento, por nuestras inclinaciones o por fuerzas desconocidas a ser lo que somos?

La historia de Hugo Bayo pasa por varias fases, donde flota cierto aire de parodia de otros géneros, por ejemplo el de la novela de detectives al final. Hay varios episodios brillantes. Entre ellos, me quedo con las peripecias del personaje durante el servicio militar, que incluyen escenas de un erotismo insólito. Tampoco quiero destripar mucho, solo decir que la historia tiene sus bajones, sus momentos tedio, sobre todo cuando Hugo entra en una deriva obsesiva y se pone a enumerar proyectos ridículos, poco creíbles, que ocupan páginas. Landero ridiculiza un tanto al protagonista, que desde luego no es un héroe y aunque podría pasar por novela de iniciación, porque asistimos al periplo vital de un personaje, desde su adolescencia hasta bien entrada la edad adulta, no parece que madure en ningún momento.

Los que escriben reseñas de forma profesional y saben de lo que hablan mencionan en esta novela una especie de cruce entre Cervantes y Quevedo, si esto es posible. Hay un toque cervantino, es verdad, especialmente en la relación tipo Quijote-Sancho que establece Hugo con su maestro barbero o por qué no, con la propia Leo. También es clara la alusión a la novela picaresca y el tono de caricatura de la mayoría de personajes. Me gusta que Landero escoja la tradición de nuestro Siglo de Oro como sustrato, aunque por mi ignorancia tan solo sea capaz de reconocer los mimbres. Y creo que por ahí engancha al lector, con su lenguaje pulcro y su argumento que no es sino destilación de muchos siglos de literatura en castellano. Espero no haberme pasado con esto.

Para acabar, os recomiendo esta entrevista que hizo una compañero bloguera (Marisa, de books and companies) a Landero, donde, no sé si por verse lejos de foros oficiales o porque es así de accesible, se explaya a gusto. 

miércoles, 26 de abril de 2017

PRÓXIMAS LECTURAS

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Quería haber escrito un post el día del libro. En mi ciudad, coincidió con el día de la bicicleta. Mil trescientos ciclistas se concentraron en la plaza de España y me pregunto cómo quedaría eso de reunir a mil y pico lectores, libro en mano, dejarlos su media horita hasta tenerlos a lo suyo, nada de poses y hacer una foto sobrevolando sus cabezas. Siento la tentación de buscar en Google por alguien ha podido llevar esta idea a buen puerto, pero recuerdo que tengo roto el ordenador desde hace días. Dispongo de parches, entre ellos un viejo portátil al que le conecto un teclado USB, con conexión poco fiable y la tablet de mis hijos, copada por ese demonio con cuerpo de ratón, Mickey Mouse. Y el móvil, mi criptonita, lo escondo lejos. Instalé el Whatsapp, sí, es una de mis pocas concesiones. Quité Telecinco de mi televisor, me he perdido un Mundial y una Eurocopa, creo, por esto, pero ahí está el dichoso icono siempre encendido. No le hago caso, pero insiste. Y bueno, pues leí algunas recomendaciones lectoras de blogs amigos, así para poner los dientes largos y yo, después de pensar, me decidí por hablar de un puñado de libros cuya lectura no admite más demora.

Sé que es una falta de respeto enrollarme tanto. Mañana (hoy) me entregan el ordenador reparado, cien euritos la tajada. El disco duro estaba hecho bicarbonato y no quiero hacer un símil con mi cerebro. Voy, voy. Estas son las lecturas que he elegido para los próximos meses, sin cortar con las previsibles interferencias. No habrá reseña porque las conocéis de sobra o sí, quién sabe.

Las letras hispánicas merecen su puesto de privilegio, entre tanta novela —buena o no— traducida. Y tengo un clásico pendiente, al que a lo largo de varios años le he ido dando mordidas, pero luego siempre se interpone algún otro y es un quiero y no puedo. Se trata de Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos: ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños. Ahí es nada. Yo creo que las ganas me han venido después de leer el último libro de Luis Landero y me he dicho: vamos con una novela picaresca de bellota, para quitarme el gusto a recebo. De este libro, siempre que lo abro, al azar, saco una pulpa jugosísima. No me quiero imaginar cuando lo lea completo. Veamos, por ejemplo: Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una dellas peligrara Narciso más que en la fuente. O esta otra, las hay por miles: Dicen que era de muy buena cepa, y, según él bebía, es cosa para creer.  

Con Guerra y paz, de momento no me atrevo, pero sí creo que es la hora de los Hermanos Karamazov. Tenía en casa un ejemplar que compré en un mercadillo con la letra tan pequeña que me lloraban los ojos, pero ya he conseguido una edición para ebook y no habrá quien me pare. De momento, he aprendido lo que es un startsy y cómo hacer un intrincado pero eficaz retrato psicológico de tres hermanos y un padre rufián. Cuando acabe, podré añadir una medalla a mi currículum lector, de las buenas, de las que pesan, tipo estrella de oro, cruz de hierro o laureada.

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Aunque padezco cierto desorden alimentario y como dicen en mi pueblo, ante una biblioteca o librería, me “ansío”, no me considero un mero devorador de libros. Trato de que las lecturas fermenten en mi cabeza y formen parte incluso de mi espíritu. Investigo después, reflexiono sobre lo leído. Lo comparto aquí. Por mi naturaleza impresionable, suelo implicarme demasiado, mis sueños se pueblan de personajes literarios. Mis reflexiones, parte de mis actos, también.

Necesito sentimientos exacerbados, dramatismo y brumosas pasiones, ver su daga que se interpone en el destino de los hombres. Las historias del gato y el ratón, a veces me aburren. Por eso tengo Bodas de sangre en mente, en una edición crítica, con todo su arsenal simbólico a mi disposición para que lo vaya desentrañando. Otro libro al que le he dedicado más de un restregón, pero sin entregarme hasta el final y conozco bien. Así que, en el caso de llegar hasta aquí estaréis pensando que asumo pocos riesgos, en lenguaje tipo coaching, que “no salgo de mi zona de confort”.

Bueno, pues un poco jugando al bingo, un poco psicoanalizándome, he puesto delante de la fila algunas de las recomendaciones que en los últimos meses he ido anotando de unos blogs y otros. Aquí puedo mudar en cualquier momento, por lo menos uno ya está encargado. El primero, que además estuve leyendo ayer, es una antología de Gloria Fuertes editada con gusto sublime por Blackie Books con el título de El libro de Gloria Fuertes. De verdad, pinchad aquí para ver el libro, aunque aviso de que habrá más de un flechazo. 

Tantas reseñas de Delphine de Vigan y tanto ponerla cerquita del Olimpo que no he podido resistirme. Me he decidido, eso sí, por su última novela Basada en hechos reales, por ese aroma a thriller literario entre dos aguas, realidad y ficción, frontera difusa que como lector me agrada. El caso es que no leo mucha novela negra, pero el hecho de que una tal Ottesa Moshfegh pase, en Mi nombre era Eileen, por pupila de Jim Thompson, me pone. ¿Inteligencia salvaje, pose punk? A ver si es verdad…

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Con esto tengo más que suficiente, de momento. De hecho, ya me he puesto a la tarea. Pero como soy de picar entre horas y por eso a pesar del Crossfit sigue el flotador perenne, he conseguido en ebook una descomunal Antología del cuento norteamericano. Richard Ford ha reunido más de sesenta relatos en mil y pico páginas. En nómina, nada menos que Carver, Cheever, Updike, Faulkner, el mismo Ford, Roth, Poe, Melville (si, el cuento incluido es el de Bartleby), y tantos primeras espadas que me están entrando escalofríos… 

lunes, 17 de abril de 2017

"Un par de ojos azules" de Thomas Hardy

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Thomas Hardy (1840-1928) publicó su primera novela en 1871, un año después de la muerte de Dickens. Durante un cuarto de siglo dio al imprenta hasta catorce, con relativo éxito; esta que acabo de leer, Un par de ojos azules (Ediciones del Bronce, 2001), es su tercera novela —la primera que firmó con su nombre real— y la que acabó por consolidarle como escritor. En los años finales viró hacia el teatro y la poesía. Compuso un largo poema épico, Los Dinastas, que le hizo entrar en alguna quiniela para el Nobel y dejó unas memorias inconclusas. Al buscar información sobre su biografía, me ha sorprendido encontrar grandes paralelismos en Un par de ojos azules y esto explica el subjetivismo que desprende la novela en algunos momentos. Thomas Hardy era hijo de un mampostero y su madre ejerció como cocinera y sirvienta. Con algo más de veinte años, se trasladó desde su Dorchester natal a Londres, para aprender el oficio de arquitecto: igual que Stephen, el amante despechado de Un par de ojos azules. Con el tiempo, lo dejaría todo por la literatura, al parecer alentado por su primera esposa, Emma Lavinia Gifford, con la que no tuvo hijos y que pudo servir de modelo para construir el personaje de Elfride, la heroína de Un par de ojos azules. Sin embargo, su mayor éxito fue con Jude el oscuro (1895), que también le granjeó fuertes críticas, especialmente entre los sectores más conservadores de la sociedad británica. Tanto que Hardy dejó de lado su faceta de novelista y regresó a su vocación de arquitecto y restaurador, publicando poesía esporádicamente.

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Thomas Hardy (foto: anglotopia)
La historia de Un par de ojos azules es bastante convencional. Se trata de un triángulo amoroso, con la joven Elfride Swancourt en el vértice y sus dos enamorados, el bisoño Stephen Smith, un aprendiz de arquitecto de origen humilde y Henry Knight, un hombre maduro (así es descrito, aunque tiene treinta y tantos) que realiza caústicas reseñas en una prestigiosa revista literaria de Londres.

Al principio, Elfride se enamora de Smith. Ambos viven con inocencia una pasión primeriza, que les desborda, pero que es desbaratada por el clasismo del padre de Elfride, que a pesar de sentir afecto por el joven, se niega en redondo a autorizar la boda por los orígenes plebeyos del muchacho. Es uno de los muchos pellizcos críticos de Hardy, el cual no parece muy a favor del matrimonio de conveniencia. Entonces Stephen Smith decide buscar fortuna en la India y regresar con buenas credenciales (y la billetera bien llena), lo que sin duda haría ablandarse al párroco Swancourt (guía de almas, pero que es presentado como un materialista de tomo y lomo, nueva puya de Hardy, está vez al estamento eclesiástico) su decisión.

Pero entremedias se interpone la fatalidad. El destino, cruel, inmisericorde. Y es que Elfride conoce a Henry Knight y cae rendida ante su inteligencia sin fisuras. Si Elfride se enamora al principio del joven Stephen, torpe, impulsivo, autodidacta, que la trata con devoción admirativa y ante el que se ve dominadora, ahora resulta que se vuelve la esclava sumisa de Knight. Curioso el volteo de un personaje que decide vivir sometida a un inteligente hombre maduro, que la trata con displicencia a ser la reina de un bisoño. En cualquier caso, el tal Knight es un tanto timorato en cuestiones amorosas y se deja enredar.

Para complicar el ovillo, Smith y Knight son amigos. De hecho, Knight fue el mentor de Stephen, y el muchacho lo admira sin reservas. Pero, por crueldades de la vida, desconocen que se han enamorado de la misma mujer. Como se va viendo, cualquier lector con callo podrá intuir los diferentes giros del argumento. No en vano estas historias amorosas se han contado infinidad de veces, con variaciones. En modo alguno rechazo el folletín, muchas grandísimas novelas están construidas sobre esta urdimbre. Y está el estilo de Hardy y ciertos temas tangenciales que hacen Un par de ojos azules una lectura muy provechosa, que he disfrutado y eso que es considerada una obra “menor”, aunque no por Proust, que la consideraba una de sus novelas favoritas.

Las descripciones del entorno donde se desarrollan los momentos álgidos de la novela, además de magníficas, están cargadas de simbolismo. Hay algo en el paisaje que anticipa la tragedia, que acompaña los pensamientos y conflictos internos de los personajes. Hay acantilados abruptos y tormentas, una naturaleza salvaje, indomable, como las pasiones que se apoderan de los hombres y mujeres, que convierten el éxtasis del amor en zozobra constante. El giro dramático del final también sorprenderá, aunque hay una negrura que parece anticiparlo y está jalonado por varios momentos de densa literatura gótica.

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Vista espectacular de los acantilados de Dover (foto: dogsharon.wordpress.com)
Una de las cosas que más me ha gustado es la construcción psicológica de Elfride. Encierra tantas paradojas, es voluble y no sé si aquí Hardy quiere establecer cierto paradigma de la naturaleza femenina, tan común en su tiempo. En cualquier caso, padece, como toda heroína romántica. Porque Stephen y Knight, ambos, proyectan en ella sus propios deseos, sus miedos, sus anhelos. Le privan de cambiar de opinión, blanden sobre ella el dedo acusatorio. La convierten en fustigadora de sus sentimientos, cuando son ellos los que se dejan anegar por las pasiones. Incluso Knight, que al principio representa el amor racional, frente al pasional de Stephen, acaba cayendo en su propia trampa, dando salida a angustias profundas y si sigo contando desvelo demasiado de la trama, así que paro aquí. Gran novela de Hardy, autor al que sin duda volveré.