jueves, 1 de junio de 2017

DESASOSIEGO

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Salto al vacío, de Yves Klein (foto: blogearte)

Estoy delante de su casa. Para ser más exactos, estoy en el portal. Frente a mí, la hilera de botones del llamador me recuerda a los de la guerrera de un soldado. Pero estos no brillan como los de latón; son de un color marfil apagado por los sucesivos aplastamientos, por los dedos sucios que percuten cien veces al día, por la luz cetrina que apenas ayuda a discernir a qué vivienda corresponde cada uno.

El tercero. Letra d, de dedo. Sé que hoy está sola, me lo dijo ayer: mis padres se van mañana de viaje. O no me lo dijo a mí directamente, quizá fue un fragmento de su conversación que cacé al vuelo lo que llegó a mis oídos.

Saco el libro de Pessoa de la bolsa. Lo he dejado sin envolver porque quiero que parezca comprado por casualidad, para poder decirle: he ido a la librería y al verlo me he acordado de ti.

En realidad, he recorrido cuatro librerías buscándolo. En alguna de ellas querían anotar mi nombre y mi número de teléfono, me aseguraban que lo tendrían en menos de cuarenta y ocho horas. Pero no, tenía que ser esta tarde. Era mi salvoconducto, la excusa para llamar a su puerta, para comprobar si el estremecimiento de sus labios, un temblor que no agitaría ni el agua de un vaso es justo lo que parece. O lo que anhelo. Y es que cuando la tengo cerca desearía apretarla entre mis brazos, pero no para notar sus formas bajo la ropa. Lo que quiero es fundirme, como la espuma salada que se disuelve sobre la arena. Quiero que me impregne, que me empape, que se trabe en mi urdimbre.

Pensar en ella me causa desasosiego. Es una sensación parecida al odio. Dejo de percibir el mundo, incluso el aire que me envuelve. Por unos segundos desaparezco y vuelvo a materializarme en un futuro proyectado, hipotético; una sombra, como toda ensoñación. En ese espacio caleidoscópico la desnudo, la beso. Cuando vuelvo en mí, he recorrido cien metros, he cruzado un paso de peatones, he leído tres páginas de un libro, he acabado la comida del plato o estoy dentro del autobús para regresar a casa. Pensar en ella me secuestra, me engulle como un tigre oculto en la espesura.

Me habló de ese libro, que le había impresionado tanto; una antología, en realidad, ¡qué pena perderlo! y se transformó a mis ojos en la manzana de oro de las Hespérides, el fruto que me permitiría alcanzarla. La llave que abriría esa puerta herrumbrosa que a pesar de todo, a pesar del rubor de sus mejillas si el azar nos acercaba el uno al otro, en el ascensor o en clase, no había sido capaz de franquear.

Cuando duermo noto su aliento que me hiere en la espalda. La he imaginado de todas las formas posibles. Su vientre, su calor, nuestra lengua entrechocando, enredándose y su respiración jadeante, sus breves palabras expulsadas en una bocanada ardiente. El contacto con su piel me calcina. Esta es la verdadera pasión, el auténtico contacto que nos animaliza, el cuerpo como ventosa, como llama, como garra. No es ese sexo de cuerpos de piedra que apenas se rozan, solo se horadan, penetran y salpican. Yo no quiero eso, no la quiero de rodillas, ni a horcajadas; no quiero esa gimnasia, ese tedio, dentro y fuera, dentro y fuera, monótono, muerto, tan deprimente al final porque queda el fluido, la excrecencia, que rápidamente se diluye licuándose y hiede a cloroformo. Yo la imagino masticando, devorándome como el fuego.

Guardo el libro en la bolsa; no, lo saco. Frente a la hilera de botones, sin mover un músculo, estoy cada vez más nervioso. No me atrevo a llamar y para ganar tiempo me dirijo a una cafetería que está justo enfrente, desde donde puedo ver la puerta y me derrumbo sobre la barra. Cuando buscaba su libro, en la última de las librerías, estuve hojeando unos cuadernos de arte. Me detuve en uno de Yves Klein, cuya portada era una fotografía donde el artista se arroja al vacío. Suspendido en el aire, agita los brazos como si se arrepintiera en el último segundo y el asfalto, a tres o cuatro metros, parcheado, estéril, abriera sus fauces dispuesto a triturar sus huesos. El artista paladea esa fracción, ese instante en el aire en el que parece que va a echar a volar; pero por la lógica implacable de nuestro universo sabe que caerá irremisiblemente. Mirando la foto, sentí el deseo de que hubiera emprendido el vuelo o al menos hubiera caído flotando, oscilante como una hoja que se desprende de una rama.

Miro de nuevo su portal a través de la ventana y siento renacer el valor. Acabo el café, me tiemblan las piernas. Guardo de nuevo el libro. Antes he memorizado una cita, unas breves palabras que me sirvan de invocación, que abran esa puerta metálica, la reja de su castillo y me franqueen la entrada.

Fue la semana pasada cuando decidí que debía intentarlo. La profesora trazó la última equis. Acababa el curso para desempleados que nos había acercado por puro azar, al asignarse los ordenadores por orden alfabético. Así, al rozarme con el codo, y notar su cuerpo inclinado sobre mi pantalla para preguntarme una duda, al compartir la pausa para el café y juntar las espaldas o los hombros en el ascensor, esos breves puntos de contacto me fueron uniendo a ella como estrellas de una constelación. Son pistas, indicios, evidencias y estas constituyen mi esperanza, no sé si sólida o efímera, pero esperanza al fin y al cabo de que yo le atraigo tanto como ella a mí. 

El sosiego es conformismo. El sosiego es resignación. Y hoy fue el último día de clase, mañana regreso a mi ciudad. No tengo su número de teléfono, tan solo se donde vive porque una vez me ofrecí a acompañarla y ella aceptó. Hablamos un buen rato, sobre Pessoa y el lenguaje HTML. A menos que decida llamar y me abra, no volveré a verla más. Seré para ella una sombra, como cualquier otra, de las muchas que recorren de paso nuestras vidas. Abro el libro y leo al azar: el que sueña lo imposible tiene la posibilidad real de la verdadera desilusión, y me quedo con él abierto entre las manos, y así cruzo la calle otra vez hacia su portal, otra vez siento ese cosquilleo. Por fin llamo al timbre, que no suena. Desasosiego, el que causan los timbres que no emiten sonido alguno, tan solo una luz, esa luz que te convence de que alguien atenderá tu llamada. Pero no hay nada, ni un crujido, ni siquiera algún indicio de que ha descolgado.

Vuelvo a llamar; el tablero se ilumina, me siento como Klein arrojándose al vacío. Casi percibo mi caída, pero también puede que flote, que me descomponga en un fracción y me convierta en gas.

El pasado otoño envié este relato o lo que sea a la revista ALMIAR. Como tardaban en contestarme, deduje que no les había parecido nada del otro mundo y lo habían rechazado. Así que revisé, corregí en lo que supe o pude y lo guardé en una carpeta. Hace unas semanas me avisaron de que finalmente lo habían publicado y que el retraso de debía a cuestiones técnicas. Conclusión: tengo dos versiones, la de ALMIAR, que podéis leer aquí y esta. ¿Con cuál me quedo? (en caso de quedarme con alguna) Ni idea. 


20 comentarios:

  1. Gerardo, quedate con las dos, y con la siguiente y con la otras... porque me da la impresión que eres de los que siempre estas puliendo los escritos, fijate que he utilizado el termino pulir y no arreglar, me explico: haces piezas sin taras, para mas tarde abrillantarlas cada vez mas.
    Que me gusto la primera versión cuando la leí, y me gusta esta.
    Un abrazo.

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    1. Gracias, Pura. En eso tienes razón, soy un tanto maniático. Casi siempre creo que es para bien, pero nunca se sabe.
      Un abrazo.

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  2. Yo tampoco sabría decir cuál me gusta más. En cada frase se nota el cuidado puesto para buscar la palabra justa, el ritmo de las pausas, la armonía en el conjunto del párrafo. Me gusta mucho que dejes el final abierto, que parece el colofón a la cita de Passoa y que deja entrever tu amor por la buena literatura. Un abrazo y felicidades

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    1. Por eso dudo en llamarlo relato, buscaba más recrear un conjunto de emociones que construir una historia con introducción-nudo-desenlace. Te agradezco tu atenta lectura.
      Un abrazo.

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  3. No he leído la otra, pero esta versión que traes hoy me parece espectacular. Una descripción impecable de cómo surge una pasión y de las distintas tonalidades que va adquiriendo a medida que crece nuestro entusiasmo, nuestra ilusión por lo que aún no se ha hecho realidad.
    Enhorabuena porque te lo hayan publicado.
    Un saludo.

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    1. Gracias, Sofía. Esa es parte de la idea, todas las expectativas (a menudo infundadas) que desata el enamoramiento, junto a las inseguridades del narrador.
      Saludos.

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  4. Cualquiera de las dos versiones me gusta. hay algún detalle que me gusta más en una y alguno que me gusta más en la otra. Creo que es cuestión del gusto de cada cual. Por lo demás son muy similares.
    Pensaba que eran compañeros de instituto. Eso del viaje de los padres, no me dejó otra idea más que la de dos adolescentes. Al ver que son adultos, intuyo, o adjudico, algún comportamiento un tanto patológico.
    Muy bueno el relato. Lógico que lo publicaran.
    Un beso.

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    1. Bueno, personas jóvenes de unos 20-22 años, en todo caso. El matiz del que hablas es importante, porque el narrador desde luego vive la situación con una intensidad especial. En la primera versión, de hecho, había cierto grado de acoso que eliminé en la segunda. Pero, ¿hasta que punto una sensibilidad desatada es patológica? ¿Podríamos decir lo mismo de un exceso de racionalismo, de alguien frío y reflexivo? Serían como dos formas extremas de ver un personaje. Por mi personalidad, me cuesta menos ponerme en la piel del primero. Lo que menos concibo es la normalidad, propiamente dicha, a la hora de encarar el retrato de una pasión.
      Gracias por leer ambas versiones, tomo nota de tus apreciaciones.
      Un abrazo.

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  5. No sé que decirte, Gerardo. Casi me quedaría más con la primera versión pero probablemente me ha gustado más porque la he leído primero y con más disfrute lector mientras que en la segunda estaba en modo captar las sutiles diferencias con la primera. En cualquier caso me ha encantado el relato. Muy bien retratado ese desasosiego, el anhelo, la mezcla de esperanza con la punzada de miedo. Me ha gustado mucho el detalle de la cita de Pessoa y el de la fotografía del salto al vacío. Y tiene además frases preciosas, de esas que yo digo para enmarcar. Me ha encantado, en serio.
    Un abrazo

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    1. Esa fotografía es fantástica, he puesto el link con una explicación, porque tiene su carga conceptual. Sobre el libro de Pessoa, pues que te voy a decir...
      Te agradezco que hayas leído las dos versiones y tu opinión tan positiva.
      Un abrazo.

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  6. Buen relato, buen escrito y con el ritmo adecuado. Pinché en el enlace pero no supe localizar la diferencia (es cierto que está segunda versión la vi por encima). Un saludo.

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    1. Buenas, Ángeles. Simplemente eliminé algunos adjetivos y cambié o quité ciertas frases para reforzar la idea general, no una reescritura. Lo que se dice dar cera y pulir cera.
      Gracias por tu lectura, un saludo.

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  7. También pienso que debes quedarte con ambas versiones. O lo que te dicte tu corazón, que después de leerte estoy segura no se equivocará porque lo que es yo poco puedo decir (me has dejado sin palabras). Y me quedo especialmente con esto: El sosiego es resignación

    Un abrazo

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    1. Gracias, Ana. Paso demasiado tiempo escuchando al corazón, así que miraré más arriba, jeje.
      Un abrazo.

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  8. De las dos versiones me quedo con las dos porque son detalles los que las diferencian y en los dos casos el resultado es muy bueno.
    Espero que tu protagonista acabe flotando y no termine en el suelo, se merece un buen final por lo bien que se ha preparado ese encuentro.
    Me han gustado mucho los paralelismos que utilizas (manzana de oro-libro, reja del castillo-portero automático, etc).
    Qué terrible (y también maravilloso) desasosiego se siente cuando queremos acercarnos al ser amado sin saber si seremos correspondidos, pero hay que arriesgarse e intentarlo; tú lo has descrito de maravilla.
    Enhorabuena por esa merecida publicación.
    Un abrazo.
    P.D. Nunca hubiera imaginado que Pessoa y el lenguaje HTML pudieran estar en una misma conversación ;)

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    1. Si que es una extraña combinación, jaja. Pero verídica, porque se basa en una experiencia personal. Como dices, un miedo maravilloso al dar ese paso al frente, sin tenerlas del todo consigo. Más romántico que en Tinder, pero en fin...
      Un abrazo.

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  9. Hola Gerardo. Yo tampoco he sido capaz de ver grandes diferencias entre los dos, aunque si que es verdad que he estado más atenta a esta versión. Creo que hilas muy bien el desasosiego del protagonista ante esa "cita" con el amor y el libro de Pessoa y esa frase tan maravillosa. Aunque tenga el final abierto yo creo que se puede llamar perfectamente relato. Un relato genial, por cierto.
    Un fuerte abrazo.

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    1. Ese es el tema, la desilusión, el riesgo de intentar dar un paso con tan pocas evidencias, un poco también cierta ansiedad del protagonista, que se siente desbordado. Son emociones intensas porque hay quien lo vive así. Me alegro que te guste.
      Un abrazo.

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  10. A mi me ha encantado el texto (como el resto, opino que las diferencias son mínimas) y además soy una admiradora de Pessoa. El desasosiego es una sensación, un sentimiento incluso, que nos mantiene en tensión, alertas, inquietos. Es propio de quien duda, de quien no tiene certezas. Tú lo reflejas muy bien en este relato.

    Un abrazo!!

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    1. Pessoa sabía como nadie llegar hasta lo profundo y es lo que emana de sus textos, da mucho que pensar. Me alegro que te guste mi pequeño homenaje.
      Un abrazo.

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